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Tomando
la palabra
Un nuevo liderazgo
Hoy
más que nunca, El Salvador precisa de líderes audaces
con vocación de servicio. En definitiva, nos urge un nuevo
liderazgo.
En estos dorados tiempos, que un candidato presidencial gane las
elecciones en primera vuelta es una proeza política y casi
un prodigio divino. Ciertamente, para que ese milagro suceda, tienen
que ocurrir, en forma paralela, una serie de circunstancias concretas
y de difícil conjunción a lo largo del proceso electoral:
una campaña proselitista estupenda, una valoración
favorable de las propuestas políticas, una asistencia masiva
de votantes y, ante todo, que los atributos personales del candidato
hayan conectado plenamente con la opinión pública.
No es necesario ser un experto para llegar a este razonamiento,
pues resulta evidente que el factor humano es muy significativo
en la decisión del electorado. En efecto, está comprobado
que en una elección presidencial prima la figura del candidato
sobre los colores del partido. Por lo tanto, muy al contrario de
lo que suele suceder en una elección municipal y legislativa,
la gente, a la hora de votar, no especula tanto con el famoso voto
de castigo como desearía la oposición, sino
que apuesta por la mejor opción disponible.
En este sentido, las cualidades humanas de los contendientes juegan
un papel preponderante a la hora de captar los votos de nuevos simpatizantes.
Aspectos como la honestidad personal, la cualificación profesional
y la coherencia ideológica constituyen puntos medulares para
conseguir la confianza del electorado más indeciso o escéptico.
De hecho, esos atributos se presuponen y exigen en el perfil de
cualquier serio aspirante a ocupar la primera magistratura del país.
Indudablemente, si un candidato no cuenta con esos elementos, mejor
que ni se presente a competir por el puesto.
Ahora bien, al margen de lo anterior, el principal atributo que
define a un excelente candidato es el liderazgo indiscutible que
sabe ejercer ante sus correligionarios y colaboradores inmediatos.
El liderazgo bien entendido puede guiar y transformar los destinos
de una sociedad como la nuestra. En otras palabras, el líder
que necesitamos no sólo debe tomar decisiones, sino que debe
dejar tomarlas y apoyarlas. Es decir, asumir la responsabilidad
de sus acciones y la de sus subordinados.
Sin embargo, no estoy hablando aquí de un superhombre
o de un ser dotado de una inteligencia superior. Más bien,
me refiero al líder como una persona cercana, accesible,
que se hace querer y se deja seguir. Asimismo, hablo de aquel que
tiene las ideas claras, que trabaja duro, que sirve a los demás
con empeño y que no teme equivocarse, porque sabe aprender
y sacar provecho de sus propios errores.
Es más, su razón de ser no consiste en manejar un
poder unilateral o exclusivo a nivel nacional, puesto que en la
medida que la estructura democrática aumenta y se complica,
deja de tener sentido la existencia de un centro único de
poder. Efectivamente, el éxito de un líder reside
en influir de manera decisiva en los equipos de dirección
que gobierna, porque son éstos los que en realidad gestionan
el poder político de una nación.
Por lo tanto, el gran reto del futuro Presidente consistirá
en invertir los recursos que sean necesarios para conformar equipos
de alto nivel intelectual, que sean capaces de configurar y ejecutar
a la perfección los planes estratégicos del nuevo
Gobierno. Con esta perspectiva en mente, al valorar el talante profesional
y político de las actuales fórmulas presidenciales,
saltan a la vista sus limitaciones individuales y las de sus respectivos
partidos. Veamos algunas razones.
En primer lugar, los líderes no se improvisan. Como bien
reza el dicho, los líderes no nacen, se hacen.
La continua selección y formación de dirigentes de
elite constituye un imperativo para los partidos que aspiran gobernar
una nación o que pretenden preservar el poder en las instituciones
que dirigen. En gran medida, este aspecto ha sido siempre el talón
de Aquiles de los partidos salvadoreños. No nos engañemos,
buena parte de los cuadros actuales de dirigentes políticos
son fruto del compadrazgo y oportunismo personal, más que
de una estratégica labor formativa de futuros líderes.
En segundo lugar, los líderes no improvisan. En esta dirección,
Jay Blumler, experto británico en comunicación política,
admite abiertamente que el profesionalismo político
se ha convertido en la capacidad de no dejar nada al azar, de no
omitir ningún detalle, de no hacer ninguna declaración
espontánea, de no dejar a ningún periodista sin informar,
de explorar todas las oportunidades y de anticiparse a todos los
obstáculos. Sin embargo, en la realidad política
salvadoreña, es usual observar las reacciones de emergencia
de nuestros políticos ante cualquier tema conflictivo que
se les presente.
Asimismo, los verdaderos líderes suelen ser empáticos.
Es decir, escuchan antes de hablar y se ponen en los zapatos del
interlocutor. Además, no humillan al enemigo vencido. En
todo caso, son conscientes de sus propias limitaciones y tienen
el coraje de superarlas con humildad, esfuerzo y entusiasmo.
Ojalá que el candidato que resulte ganador en las próximas
elecciones presidenciales esté dispuesto a trabajar por el
país, sepa escoger a la mejor gente disponible y dedique
todas sus energías a cumplir con honradez con los planes
prometidos. Hoy, más que nunca, El Salvador precisa de líderes
audaces con vocación de servicio. En definitiva, nos urge
un nuevo liderazgo que sirva de válido referente para la
futura clase política nacional.
*Doctorando en Comunicación Pública
de la Universidad de Navarra, España.
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