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Tomando la palabra
Un nuevo liderazgo

Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Hoy más que nunca, El Salvador precisa de líderes audaces con vocación de servicio. En definitiva, nos urge un nuevo liderazgo.

En estos dorados tiempos, que un candidato presidencial gane las elecciones en primera vuelta es una proeza política y casi un prodigio divino. Ciertamente, para que ese milagro suceda, tienen que ocurrir, en forma paralela, una serie de circunstancias concretas y de difícil conjunción a lo largo del proceso electoral: una campaña proselitista estupenda, una valoración favorable de las propuestas políticas, una asistencia masiva de votantes y, ante todo, que los atributos personales del candidato hayan conectado plenamente con la opinión pública.

No es necesario ser un experto para llegar a este razonamiento, pues resulta evidente que el factor humano es muy significativo en la decisión del electorado. En efecto, está comprobado que en una elección presidencial prima la figura del candidato sobre los colores del partido. Por lo tanto, muy al contrario de lo que suele suceder en una elección municipal y legislativa, la gente, a la hora de votar, no especula tanto con el famoso “voto de castigo” como desearía la oposición, sino que apuesta por la mejor opción disponible.

En este sentido, las cualidades humanas de los contendientes juegan un papel preponderante a la hora de captar los votos de nuevos simpatizantes. Aspectos como la honestidad personal, la cualificación profesional y la coherencia ideológica constituyen puntos medulares para conseguir la confianza del electorado más indeciso o escéptico. De hecho, esos atributos se presuponen y exigen en el perfil de cualquier serio aspirante a ocupar la primera magistratura del país. Indudablemente, si un candidato no cuenta con esos elementos, mejor que ni se presente a competir por el puesto.

Ahora bien, al margen de lo anterior, el principal atributo que define a un excelente candidato es el liderazgo indiscutible que sabe ejercer ante sus correligionarios y colaboradores inmediatos. El liderazgo bien entendido puede guiar y transformar los destinos de una sociedad como la nuestra. En otras palabras, el líder que necesitamos no sólo debe tomar decisiones, sino que debe dejar tomarlas y apoyarlas. Es decir, asumir la responsabilidad de sus acciones y la de sus subordinados.

Sin embargo, no estoy hablando aquí de un “superhombre” o de un ser dotado de una inteligencia superior. Más bien, me refiero al líder como una persona cercana, accesible, que se hace querer y se deja seguir. Asimismo, hablo de aquel que tiene las ideas claras, que trabaja duro, que sirve a los demás con empeño y que no teme equivocarse, porque sabe aprender y sacar provecho de sus propios errores.

Es más, su razón de ser no consiste en manejar un poder unilateral o exclusivo a nivel nacional, puesto que en la medida que la estructura democrática aumenta y se complica, deja de tener sentido la existencia de un centro único de poder. Efectivamente, el éxito de un líder reside en influir de manera decisiva en los equipos de dirección que gobierna, porque son éstos los que en realidad gestionan el poder político de una nación.

Por lo tanto, el gran reto del futuro Presidente consistirá en invertir los recursos que sean necesarios para conformar equipos de alto nivel intelectual, que sean capaces de configurar y ejecutar a la perfección los planes estratégicos del nuevo Gobierno. Con esta perspectiva en mente, al valorar el talante profesional y político de las actuales fórmulas presidenciales, saltan a la vista sus limitaciones individuales y las de sus respectivos partidos. Veamos algunas razones.

En primer lugar, los líderes no se improvisan. Como bien reza el dicho, “los líderes no nacen, se hacen”. La continua selección y formación de dirigentes de elite constituye un imperativo para los partidos que aspiran gobernar una nación o que pretenden preservar el poder en las instituciones que dirigen. En gran medida, este aspecto ha sido siempre el “talón de Aquiles” de los partidos salvadoreños. No nos engañemos, buena parte de los cuadros actuales de dirigentes políticos son fruto del compadrazgo y oportunismo personal, más que de una estratégica labor formativa de futuros líderes.

En segundo lugar, los líderes no improvisan. En esta dirección, Jay Blumler, experto británico en comunicación política, admite abiertamente que “el profesionalismo político se ha convertido en la capacidad de no dejar nada al azar, de no omitir ningún detalle, de no hacer ninguna declaración espontánea, de no dejar a ningún periodista sin informar, de explorar todas las oportunidades y de anticiparse a todos los obstáculos”. Sin embargo, en la realidad política salvadoreña, es usual observar las reacciones de emergencia de nuestros políticos ante cualquier tema conflictivo que se les presente.

Asimismo, los verdaderos líderes suelen ser empáticos. Es decir, escuchan antes de hablar y se ponen en los zapatos del interlocutor. Además, no humillan al enemigo vencido. En todo caso, son conscientes de sus propias limitaciones y tienen el coraje de superarlas con humildad, esfuerzo y entusiasmo.

Ojalá que el candidato que resulte ganador en las próximas elecciones presidenciales esté dispuesto a trabajar por el país, sepa escoger a la mejor gente disponible y dedique todas sus energías a cumplir con honradez con los planes prometidos. Hoy, más que nunca, El Salvador precisa de líderes audaces con vocación de servicio. En definitiva, nos urge un nuevo liderazgo que sirva de válido referente para la futura clase política nacional.
*Doctorando en Comunicación Pública de la Universidad de Navarra, España.

 

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