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Sentido
común
Educación con E mayúscula
Meter
al vaivén electoral y al discurso populista el futuro de
tanto niño es una barbaridad sólo comparable con lo
que ha ocurrido en el sector salud.
El mundillo de la política partidaria continúa con
sus rituales: filias para unos, fobias para otros; gustos de un
lado, disgustos del otro; unos en titulares, otros entre paréntesis.
O sea, lo del gasto. Lo de siempre. El típico folclor de
las campañas políticas criollas.
En medio del bailongo político, el país sigue su marcha.
Los problemas siguen siendo los mismos y no cambian, así
los candidatos se desgalillen prometiendo la mar y sus conchas.
Nadie se cura de una diarrea con 12 mgs de promesas. Tampoco se
alivia el analfabetismo o se generan empleos con tres inyecciones
de prometedera intramuscular. Los achaques de nuestra sociedad se
alivian con acciones concretas.
Hace un año, criticábamos en esta columna la decisión
del Gobierno de implementar una reforma de salud que, además
de inconsulta y antipopular, era inconveniente para el país.
El deslizón le costó a El Salvador largos meses de
inestabilidad, y al Gobierno y a su partido, las elecciones de marzo.
Lo único bueno de aquel zafarrancho es que, aparte de que
la gente entendió mejor las verdaderas intenciones de ciertos
dirigentes gremiales ahora vestidos de rojo profundo,
expuso la necesidad de emprender una reforma integral en el sector
salud, consensuada y consultada, que no dejara desprotegida a la
gente menos favorecida. El asunto sigue pendiente.
Aprendida la experiencia, ahora el Gobierno ha agarrado al vuelo
un tema que introdujo en la agenda el mismo candidato presidencial
de ARENA: eliminar la cuota voluntaria en las escuelas. Ciertamente
la Constitución de la República obliga al Estado a
impartir la educación parvularia, especial y básica,
completamente gratuita. Esa es una realidad. Pero otra realidad
es que la colcha gubernamental no alcanza para paliar otras necesidades
que las escuelas cubrían con estas cuotas. Entonces ¿qué
hacemos? Se quita la colaboración voluntaria
que ya era obligatoria y que golpeaba el bolsillo de los padres
pero ¿quién paga, entonces, esos otros gastos?
La mica no está para tafetanes. La educación de los
salvadoreños, tampoco. La respuesta gubernamental a un tema
que amenazaba con meterse a la Osterizer de la campaña ha
sido no sólo oportuna e inteligente, sino por demás
justa. Lo anunciado como Bono de la gratuidad educativa,
en el que el Estado dará $10 por estudiante al principio
de cada año, tomando como base la matrícula final
del año anterior, resuelve un problema que pudo activar una
crisis similar a la del sector salud.
La medida tiene varias ventajas: primero, alivia la carga económica
a la familia salvadoreña; luego, permite a las escuelas nacionales
continuar con sus proyectos de calidad y desarrollar mecanismos
de autonomía con los que seguramente mejorará su capacidad
de gestión; también asegura un aumento de matrícula
en la Educación Básica, tan importante para el país,
e introduce un factor de retención de alumnos que permitirá
que éstos permanezcan todo el año en la escuela.
Finalmente, se inicia la introducción de una especie de voucher
educativo, con el que el padre de familia tendrá la
tranquilidad de poder llevar a su hijo a cualquier escuela, con
la seguridad de que dicha escuela recibirá un bono de $10
por hijo ni siquiera por familia para ayudar a la educación
de su prole.
Muerta la cuota obligatoria, ya no hay excusa para que en muchos
centros educativos públicos se niegue la matrícula
a aquellos niños y jóvenes a cuyos padres no les alcanzaba
para cubrir esa colaboración voluntaria. Eso
nos alegra. También nos alegra el énfasis que hoy
ha puesto el Gobierno en fortalecer aún más el gasto
en educación. Igualmente vemos con buenos ojos que se haya
desactivado una posible crisis de las que se alimentan los partidos
políticos para llevar agua a su molino.
Meter al vaivén electoral y al discurso populista el futuro
de tanto niño es una barbaridad sólo comparable con
lo que ha ocurrido en el sector salud. Ciertamente que todo esto
está sujeto a manipulación política ¿qué
no lo es?. A lo que no deberían estar sujetos, ni la
salud ni la educación de nuestros connacionales, es a la
vileza y mezquindad política con la que algunos insignes
personajes de la vida pública salvadoreña tratan estos
temas.
Hoy, pues, el Gobierno ha aplicado detergente a las veleidades político
partidarias del momento, y ha sabido encontrar una salida justa
e inteligente a un problema que es de todos: la educación
de los salvadoreños. Bien por eso.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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