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Sentido común
Educación con “E” mayúscula

Ricardo Rivas
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Meter al vaivén electoral y al discurso populista el futuro de tanto niño es una barbaridad sólo comparable con lo que ha ocurrido en el sector salud.

El mundillo de la política partidaria continúa con sus rituales: filias para unos, fobias para otros; gustos de un lado, disgustos del otro; unos en titulares, otros entre paréntesis. O sea, lo del gasto. Lo de siempre. El típico folclor de las campañas políticas criollas.

En medio del bailongo político, el país sigue su marcha. Los problemas siguen siendo los mismos y no cambian, así los candidatos se desgalillen prometiendo la mar y sus conchas. Nadie se cura de una diarrea con 12 mgs de promesas. Tampoco se alivia el analfabetismo o se generan empleos con tres inyecciones de prometedera intramuscular. Los achaques de nuestra sociedad se alivian con acciones concretas.

Hace un año, criticábamos en esta columna la decisión del Gobierno de implementar una reforma de salud que, además de inconsulta y antipopular, era inconveniente para el país. El deslizón le costó a El Salvador largos meses de inestabilidad, y al Gobierno y a su partido, las elecciones de marzo. Lo único bueno de aquel zafarrancho es que, aparte de que la gente entendió mejor las verdaderas intenciones de ciertos dirigentes “gremiales” ahora vestidos de rojo profundo, expuso la necesidad de emprender una reforma integral en el sector salud, consensuada y consultada, que no dejara desprotegida a la gente menos favorecida. El asunto sigue pendiente.

Aprendida la experiencia, ahora el Gobierno ha agarrado al vuelo un tema que introdujo en la agenda el mismo candidato presidencial de ARENA: eliminar la cuota voluntaria en las escuelas. Ciertamente la Constitución de la República obliga al Estado a impartir la educación parvularia, especial y básica, completamente gratuita. Esa es una realidad. Pero otra realidad es que la colcha gubernamental no alcanza para paliar otras necesidades que las escuelas cubrían con estas cuotas. Entonces ¿qué hacemos? Se quita la “colaboración voluntaria” —que ya era obligatoria y que golpeaba el bolsillo de los padres— pero ¿quién paga, entonces, esos otros gastos?

La mica no está para tafetanes. La educación de los salvadoreños, tampoco. La respuesta gubernamental a un tema que amenazaba con meterse a la Osterizer de la campaña ha sido no sólo oportuna e inteligente, sino por demás justa. Lo anunciado como “Bono de la gratuidad educativa”, en el que el Estado dará $10 por estudiante al principio de cada año, tomando como base la matrícula final del año anterior, resuelve un problema que pudo activar una crisis similar a la del sector salud.

La medida tiene varias ventajas: primero, alivia la carga económica a la familia salvadoreña; luego, permite a las escuelas nacionales continuar con sus proyectos de calidad y desarrollar mecanismos de autonomía con los que seguramente mejorará su capacidad de gestión; también asegura un aumento de matrícula en la Educación Básica, tan importante para el país, e introduce un factor de retención de alumnos que permitirá que éstos permanezcan todo el año en la escuela.

Finalmente, se inicia la introducción de una especie de “voucher educativo”, con el que el padre de familia tendrá la tranquilidad de poder llevar a su hijo a cualquier escuela, con la seguridad de que dicha escuela recibirá un bono de $10 por hijo —ni siquiera por familia— para ayudar a la educación de su prole.

Muerta la cuota obligatoria, ya no hay excusa para que en muchos centros educativos públicos se niegue la matrícula a aquellos niños y jóvenes a cuyos padres no les alcanzaba para cubrir esa colaboración “voluntaria”. Eso nos alegra. También nos alegra el énfasis que hoy ha puesto el Gobierno en fortalecer aún más el gasto en educación. Igualmente vemos con buenos ojos que se haya desactivado una posible crisis de las que se alimentan los partidos políticos para llevar agua a su molino.

Meter al vaivén electoral y al discurso populista el futuro de tanto niño es una barbaridad sólo comparable con lo que ha ocurrido en el sector salud. Ciertamente que todo esto está sujeto a manipulación política —¿qué no lo es?—. A lo que no deberían estar sujetos, ni la salud ni la educación de nuestros connacionales, es a la vileza y mezquindad política con la que algunos insignes personajes de la vida pública salvadoreña tratan estos temas.

Hoy, pues, el Gobierno ha aplicado detergente a las veleidades político partidarias del momento, y ha sabido encontrar una salida justa e inteligente a un problema que es de todos: la educación de los salvadoreños. Bien por eso.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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