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La
revolución antihumana
La destrucción de la paternidad
En
E.U. y en Europa, dentro de estos últimos diez años,
se alzan, cada vez más, voces y estudios competentes, revalorizando
el papel del padre.
(Tercera parte)
La lucha contra la maternidad y el crimen perfecto, silencioso,
sin dejar huellas, de los abortos disfrazados como anticonceptivos,
de los que hablé en mis dos anteriores artículos,
se completan con la desaparición del varón en su función
insustituible de padre. No es un problema sólo de la sociedad
salvadoreña. Afecta a toda nuestra cultura cristiano-occidental,
a países desarrollados y subdesarrollados.
Rebobinando la película de esta destrucción
de la paternidad, la más antigua de las causas es el divorcio
de los matrimonios con hijos, y la preponderancia a que los jueces
fallen a favor de que los hijos queden bajo la custodia de la madre.
El rol del padre entonces se limita a las obligaciones económicas
mal cumplidas en nuestro medio y, a veces, al derecho
de papá-visitante.
La segunda causa, como el abate contra zancudos, ataca
a las larvas de futuros padres: los adolescentes varones,
donde los pésimos estereotipos del machismo tradicional se
refuerzan con lo que les llega TV, Internet, cine, etc.
de la contra-cultura de los países desarrollados y de campañas
y funcionarios de organismos internacionales. Su resultado: el falso
sexo seguro, que fabrica mamás adolescentes y
papás que no quieren saber nada del hijo que engendraron.
Su premio: aumento progresivo del Sida y de otras enfermedades
de transmisión sexual. A esta destrucción de nuestra
sociedad se añade después el feminismo radical verdadero
antifeminismo denigrando la maternidad, rechazando la figura
varonil y paterna, a veces hasta el odio o el desprecio, y favoreciendo
la homosexualidad, bajo pretexto de género.
En los países ricos se da un paso más, débil
aun en los países pobres, porque requiere alta tecnología
biológica: los bancos de semen, con donantes anónimos,
la inseminación artificial de mujeres solteras que prefieren
depender del Estado más que de un marido. En toda la América
Latina, abundan los hijos que poco saben de sus padres. Han sido
criados por su mamá e incluso por su abuela. Pero en los
países ricos, un número creciente de niños,
no es que desconozcan quién es su papá, ¡es
que no le tienen ni le han tenido nunca! Han tenido un progenitor,
claro, pero eso ha sido sólo una cosa: una dosis de semen
de varón anónimo. Ni siquiera su madre sabe, ni le
importa, quién era el que le fecundó.
Todavía se viene insinuando otro ataque mayor: el que proviene
de los falsos matrimonios: las parejas de gays o de
lesbianas y su pugna por que se les vaya reconociendo el falso derecho
a criar hijos.
El libro de la socióloga francesa Evelyne Sullerot Quels
péres, quels fils? (versión española: El
nuevo padre. Ediciones B. Barcelona , 1993) y el de David
Blankenhorn, fundador y presidente del Institute for American Values,
Fatherless America (Basic Books, New Cork, 1995), tal
vez fueron los primeros que dieron las voces de alarma y plantearon
la necesidad de revalorizar las virtudes varoniles y el papel insustituible
del padre en la educación de los hijos ¡y de las hijas!,
para un saneamiento de la sociedad.
Después vendrían muchos otros. Uno de los últimos,
El eclipse del padre, de Paul Josef Cordes. Como siempre
es más fácil decir lo que está mal que los
remedios para ese mal, la crisis que padecen los varones de nuestra
cultura y el aniquilamiento de su función paternal ya están
perfectamente descritos.
Para Blankenhorn, el individualismo egoísta es el único
y verdadero responsable de esta situación. El culto
al yo primero, en virtud del cual cada uno da prioridad
a sus necesidades individuales, supone el rechazo de las responsabilidades
y compromisos propios del matrimonio y la familia.
Para el psiquiatra español Enrique Rojas, en su libro El
hombre light, este prototipo del varón a la moda es
el que entiende la libertad como falta de compromisos estables,
tiene como finalidad vital el goce ilimitado, donde todo es momentáneo,
efímero. Llama amor a lo que sólo es goce sexual o,
a lo más, a cierta ligazón sentimental pasajera. La
mujer pasa a ser, así, un objeto más de los muchos
otros que se pueden adquirir y desechar como la caja de fósforos
vacía o la colilla del cigarrillo. Los hijos también
son otro objeto. Procura no tenerlos o, si acaso los tiene, son
muy planificados, cuanto menos sacrificios exijan, mejor.
Ya no son un don, un regalo de un amor conyugal estable y generoso,
sino algo calculado para satisfacer el amor propio de ser fecundo
y de lo que sea socialmente bien visto. Y él mismo es objeto
de sí mismo; lo importante es la belleza, mantener la juventud
y el atractivo corporal, a como dé lugar, con un narcisismo
alimentado por los estereotipos culturales, los cosméticos
y la publicidad comercial.
Para Brad Stetson, director del David Institute, dedicado al estudio
de temas sociales, la raíz del ocaso de la paternidad en
EE.UU. está en la mentalidad femenina pro-choice.
Si la mujer a la que dejó embarazada es la que va a elegir
si tener ese hijo o abortarlo, sin tener para nada en cuenta su
opinión sobre lo mismo, es lógico que el hombre se
desentienda de sus obligaciones paternales, pues su hijo sólo
va a ser socialmente suyo cuando ella lo decida.
Las estadísticas sobre las causas de alteraciones psicológicas
en la conducta de los jóvenes muestran que es más
grave la ausencia del padre que el nivel de pobreza de la familia.
Felizmente, en EE.UU. y en Europa, dentro de estos últimos
diez años, se alzan, cada vez más, voces y estudios
competentes, revalorizando el papel del padre. Con ello se clarifica
también el papel de la mamá y el perfil de cómo
debe ser una familia sana, verdadera, auténtica.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
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