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La revolución antihumana
La destrucción de la paternidad

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lmfcuervo@navegante.com.sv

En E.U. y en Europa, dentro de estos últimos diez años, se alzan, cada vez más, voces y estudios competentes, revalorizando el papel del padre.

(Tercera parte)

La lucha contra la maternidad y el crimen perfecto, silencioso, sin dejar huellas, de los abortos disfrazados como anticonceptivos, de los que hablé en mis dos anteriores artículos, se completan con la desaparición del varón en su función insustituible de padre. No es un problema sólo de la sociedad salvadoreña. Afecta a toda nuestra cultura cristiano-occidental, a países desarrollados y subdesarrollados.

Rebobinando la “película” de esta destrucción de la paternidad, la más antigua de las causas es el divorcio de los matrimonios con hijos, y la preponderancia a que los jueces fallen a favor de que los hijos queden bajo la custodia de la madre. El rol del padre entonces se limita a las obligaciones económicas —mal cumplidas en nuestro medio— y, a veces, al derecho de “papá-visitante”.

La segunda causa, como “el abate contra zancudos”, ataca a las “larvas” de futuros padres: los adolescentes varones, donde los pésimos estereotipos del machismo tradicional se refuerzan con lo que les llega —TV, Internet, cine, etc.— de la contra-cultura de los países desarrollados y de campañas y funcionarios de organismos internacionales. Su resultado: el falso “sexo seguro”, que fabrica mamás adolescentes y papás que no quieren saber nada del hijo que engendraron. Su “premio”: aumento progresivo del Sida y de otras enfermedades de transmisión sexual. A esta destrucción de nuestra sociedad se añade después el feminismo radical —verdadero antifeminismo— denigrando la maternidad, rechazando la figura varonil y paterna, a veces hasta el odio o el desprecio, y favoreciendo la homosexualidad, bajo pretexto de “género”.

En los países ricos se da un paso más, débil aun en los países pobres, porque requiere alta tecnología biológica: los bancos de semen, con donantes anónimos, la inseminación artificial de mujeres solteras que prefieren depender del Estado más que de un marido. En toda la América Latina, abundan los hijos que poco saben de sus padres. Han sido criados por su mamá e incluso por su abuela. Pero en los países ricos, un número creciente de niños, no es que desconozcan quién es su papá, ¡es que no le tienen ni le han tenido nunca! Han tenido un progenitor, claro, pero eso ha sido sólo una cosa: una dosis de semen de varón anónimo. Ni siquiera su madre sabe, ni le importa, quién era el que le fecundó.

Todavía se viene insinuando otro ataque mayor: el que proviene de los falsos “matrimonios”: las parejas de gays o de lesbianas y su pugna por que se les vaya reconociendo el falso derecho a criar hijos.

El libro de la socióloga francesa Evelyne Sullerot “Quels péres, quels fils? (versión española: “El nuevo padre”. Ediciones B. Barcelona , 1993) y el de David Blankenhorn, fundador y presidente del Institute for American Values, “Fatherless America” (Basic Books, New Cork, 1995), tal vez fueron los primeros que dieron las voces de alarma y plantearon la necesidad de revalorizar las virtudes varoniles y el papel insustituible del padre en la educación de los hijos ¡y de las hijas!, para un saneamiento de la sociedad.

Después vendrían muchos otros. Uno de los últimos, “El eclipse del padre”, de Paul Josef Cordes. Como siempre es más fácil decir lo que está mal que los remedios para ese mal, la crisis que padecen los varones de nuestra cultura y el aniquilamiento de su función paternal ya están perfectamente descritos.

Para Blankenhorn, el individualismo egoísta es el único y verdadero responsable de esta situación. “El culto al ‘yo primero’, en virtud del cual cada uno da prioridad a sus necesidades individuales, supone el rechazo de las responsabilidades y compromisos propios del matrimonio y la familia”.

Para el psiquiatra español Enrique Rojas, en su libro “El hombre light”, este prototipo del varón a la moda es el que entiende la libertad como falta de compromisos estables, tiene como finalidad vital el goce ilimitado, donde todo es momentáneo, efímero. Llama amor a lo que sólo es goce sexual o, a lo más, a cierta ligazón sentimental pasajera. La mujer pasa a ser, así, un objeto más de los muchos otros que se pueden adquirir y desechar —como la caja de fósforos vacía o la colilla del cigarrillo—. Los hijos también son otro objeto. Procura no tenerlos o, si acaso los tiene, son muy planificados, cuanto menos sacrificios exijan, mejor.

Ya no son un don, un regalo de un amor conyugal estable y generoso, sino algo calculado para satisfacer el amor propio de ser fecundo y de lo que sea socialmente bien visto. Y él mismo es objeto de sí mismo; lo importante es la belleza, mantener la juventud y el atractivo corporal, a como dé lugar, con un narcisismo alimentado por los estereotipos culturales, los cosméticos y la publicidad comercial.

Para Brad Stetson, director del David Institute, dedicado al estudio de temas sociales, la raíz del ocaso de la paternidad en EE.UU. está en la mentalidad femenina “pro-choice”. Si la mujer a la que dejó embarazada es la que va a elegir si tener ese hijo o abortarlo, sin tener para nada en cuenta su opinión sobre lo mismo, es lógico que el hombre se desentienda de sus obligaciones paternales, pues su hijo sólo va a ser socialmente suyo cuando ella lo decida.

Las estadísticas sobre las causas de alteraciones psicológicas en la conducta de los jóvenes muestran que es más grave la ausencia del padre que el nivel de pobreza de la familia.
Felizmente, en EE.UU. y en Europa, dentro de estos últimos diez años, se alzan, cada vez más, voces y estudios competentes, revalorizando el papel del padre. Con ello se clarifica también el papel de la mamá y el perfil de cómo debe ser una familia sana, verdadera, auténtica.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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