Turismo
 
Inicio del Sitio Lunes 17 de Noviembre
 

 

 
 

Por las discos del barrio Zurita

Discos. La fiesta se termina cuando los asistentes calculan la salida del último microbús hacia sus viviendas - Los bailadores son empleadas de maquila o del comercio informal.

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com

Entretenimiento - Por no más de dos dólares, decenas de personas tienen derecho a una tarde de música y baile. Foto José Luna
Es noche de viernes, pero igual puede ser sábado o domingo, o cualquier día, menos lunes y martes. Son las 8:00 de la noche. Las pistas de baile o discotecas que funcionan en el barrio Zurita están a reventar.

Entramos en una de las que funciona a un costado del Mercado Ex Cuartel, siempre en el área del Zurita. Allí, los empleados de zonas francas o del comercio o empleo informal van a sacudirse el estrés.

En la entrada permanecen varios vigilantes y tres mujeres. Los primeros registran a los hombres; ellas, a las mujeres.

El ingreso sólo cuesta un dólar, aunque esto depende del día y del caché de la disco. Pero en esa zona, los “cover” no pasan de los dos dólares.

Lea además

 

Los que se encargan de sacar a los borrachos
La invitación a bailar en una de estas discos puede parecer grotesca, para quien jamás ha entrado a una de ellas.
La pista está en la segunda planta. Por los peldaños, hombres y mujeres bajan con cuidado por los barandales, ya que están borrachos. Si los pasamanos no estuvieran, muchos amanecerían con un moretón en el rostro o sin algún diente.

Una que otra mujer con zapatos de tacón se dobla el tobillo, mientras los vigilantes, con sus macanas al cinto, están atentos al tráfico sobre las gradas.

En las pistas caminan de un extremo a otro para recoger envases vacíos y velar porque nadie altere el orden. Si esto sucede, cogen al “bochinchero” de manos y pies y lo expulsan del lugar.

A la entrada de la pista, el olor a sudor mezclado con el humo de tabaco y el aliento cervecero forman una peculiar mezcla, a la que los parroquianos ya están acostumbrados.

La pista está topada. Cruzarla hasta el bar significa recibir un pisotón o un codazo de quienes se contonean como poseídos.

Y aunque dos ventiladores grandes están cerca del bar, no son suficientes para refrescar el salón.
Un puñado de bailadores se arremolina cerca de los aparatos. Es gente cuya ropa está pegada a la piel, debido al sudor.

Para caminar entre esa muchedumbre, uno debe resignarse a salir empapado sin haber bailado.
El sudor de los demás obliga a poner la mano sobre el envase de soda o cerveza para evitar que un gota desperdigada, nos salpique.

En tanto, canciones como La Golosa y ritmos similares hacen contonearse a muchos.
Una silbadera de tres tonos inunda el salón cuando un hombre sube a una tarima, en la que el aviso es claro: “sólo mamis”. A él parece no importarle la rechifla.

También fútbol

Para aumentar el ritmo, el animador o disc jokey (DJ) hace gala de su mejor recurso de animación: el fútbol nacional. No oculta su predilección por el Alianza.

De la liga española, no se sabe si es del Barza o del Real Madrid. Ante la frase “Verdá que el domingo le vamos a dar riata al Balboa”, se escucha un griterío como respuesta.

Y así se mantiene por varios minutos. Luego se “pavonea”. Dice que es el abuelo de los DJ. “O sea, más que tata”, reitera.

Luego cambia el ritmo de la música. Pura cumbia. Muchos se hacen espacio para bailar. Por extraño que parezca, una pareja se gana la mirada de muchos: se trata de un hombre con pelo canoso y una mujer también con cabello gris. Ella sonríe, aunque le hace falta una pieza dental.

Más allá, un “cipotón” evidentemente ebrio, mueve el cuerpo y pega grandes brincos, frente a un espejo grande y cuadrado. Casi nadie se fija en él, quien , al parecer, tampoco pretende llamar la atención de nadie.

Y así también bailan varias mujeres jóvenes, cuyo vientre se desparrama entre la pretina del pantalón y la blusa recortada arriba del ombligo.

Se mueven frente a otro espejo. Bailan sin pareja. Llegan solas, pero tampoco les gusta departir con desconocidos.

De repente, una señora de pelo corto, entra molesta al recinto. Con la mirada esculca cada rincón de la pista. Busca a alguien. Se abre paso y más allá encuentra a una joven. Le grita palabras groseras y, luego, ambas salen a la calle a arreglar sus diferencias.

Más tarde, la algarabía termina cuando los bailadores calculan la salida del último microbús que les llevará hasta su casa, en Apopa, Soyapango, San Marcos y otros lugares próximos a la capital.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal