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Por
las discos del barrio Zurita
Discos.
La fiesta se termina cuando los asistentes calculan la salida del
último microbús hacia sus viviendas - Los bailadores
son empleadas de maquila o del comercio informal.
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| Entretenimiento - Por no más de dos
dólares, decenas de personas tienen derecho a una tarde
de música y baile. Foto José
Luna |
Es noche de viernes, pero igual puede ser sábado o domingo,
o cualquier día, menos lunes y martes. Son las 8:00 de la noche.
Las pistas de baile o discotecas que funcionan en el barrio Zurita
están a reventar.
Entramos en una de las que funciona a un costado del Mercado Ex Cuartel,
siempre en el área del Zurita. Allí, los empleados de
zonas francas o del comercio o empleo informal van a sacudirse el
estrés.
En la entrada permanecen varios vigilantes y tres mujeres. Los primeros
registran a los hombres; ellas, a las mujeres.
El ingreso sólo cuesta un dólar, aunque esto depende
del día y del caché de la disco. Pero en esa zona, los
cover no pasan de los dos dólares.
La pista está en la segunda planta. Por los peldaños,
hombres y mujeres bajan con cuidado por los barandales, ya que están
borrachos. Si los pasamanos no estuvieran, muchos amanecerían
con un moretón en el rostro o sin algún diente.
Una que otra mujer con zapatos de tacón se dobla el tobillo,
mientras los vigilantes, con sus macanas al cinto, están atentos
al tráfico sobre las gradas.
En las pistas caminan de un extremo a otro para recoger envases vacíos
y velar porque nadie altere el orden. Si esto sucede, cogen al bochinchero
de manos y pies y lo expulsan del lugar.
A la entrada de la pista, el olor a sudor mezclado con el humo de
tabaco y el aliento cervecero forman una peculiar mezcla, a la que
los parroquianos ya están acostumbrados.
La pista está topada. Cruzarla hasta el bar significa recibir
un pisotón o un codazo de quienes se contonean como poseídos.
Y aunque dos ventiladores grandes están cerca del bar, no son
suficientes para refrescar el salón.
Un puñado de bailadores se arremolina cerca de los aparatos.
Es gente cuya ropa está pegada a la piel, debido al sudor.
Para caminar entre esa muchedumbre, uno debe resignarse a salir empapado
sin haber bailado.
El sudor de los demás obliga a poner la mano sobre el envase
de soda o cerveza para evitar que un gota desperdigada, nos salpique.
En tanto, canciones como La Golosa y ritmos similares hacen contonearse
a muchos.
Una silbadera de tres tonos inunda el salón cuando un hombre
sube a una tarima, en la que el aviso es claro: sólo
mamis. A él parece no importarle la rechifla.
También fútbol
Para aumentar el ritmo, el animador o disc jokey (DJ) hace gala de
su mejor recurso de animación: el fútbol nacional. No
oculta su predilección por el Alianza.
De la liga española, no se sabe si es del Barza o del Real
Madrid. Ante la frase Verdá que el domingo le vamos a
dar riata al Balboa, se escucha un griterío como respuesta.
Y así se mantiene por varios minutos. Luego se pavonea.
Dice que es el abuelo de los DJ. O sea, más que tata,
reitera.
Luego cambia el ritmo de la música. Pura cumbia. Muchos se
hacen espacio para bailar. Por extraño que parezca, una pareja
se gana la mirada de muchos: se trata de un hombre con pelo canoso
y una mujer también con cabello gris. Ella sonríe, aunque
le hace falta una pieza dental.
Más allá, un cipotón evidentemente
ebrio, mueve el cuerpo y pega grandes brincos, frente a un espejo
grande y cuadrado. Casi nadie se fija en él, quien , al parecer,
tampoco pretende llamar la atención de nadie.
Y así también bailan varias mujeres jóvenes,
cuyo vientre se desparrama entre la pretina del pantalón y
la blusa recortada arriba del ombligo.
Se mueven frente a otro espejo. Bailan sin pareja. Llegan solas, pero
tampoco les gusta departir con desconocidos.
De repente, una señora de pelo corto, entra molesta al recinto.
Con la mirada esculca cada rincón de la pista. Busca a alguien.
Se abre paso y más allá encuentra a una joven. Le grita
palabras groseras y, luego, ambas salen a la calle a arreglar sus
diferencias.
Más tarde, la algarabía termina cuando los bailadores
calculan la salida del último microbús que les llevará
hasta su casa, en Apopa, Soyapango, San Marcos y otros lugares próximos
a la capital.
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