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Una lección permanente
Chemita “El Bombo”

Joaquín Cisneros*
El Diario de Hoy
joaquincisneros@navegante.com.sv

La singular pareja de mendigos pasaba el día sin mayores tropiezos, pero en la noche se acomodaba en los portales del centro de la ciudad, que incluía la Alcaldía Municipal.

Chemita “El Bombo” era el apodo con el cual los vecinos de la comunidad habían bautizado al recién llegado, y, de paso, representativo indiscutible de la mendicidad local.

Vestía invariablemente un saco negro, largo, medio destruido y sucio por la acción del tiempo; poseía un violín, casi al final de su vida útil, con el cual interpretaba su destemplada música.

Y otra persona, que era su invariable compañera de vida e infortunio, recibía las limosnas con las que los moradores retribuían sus interpretaciones musicales.

Chemita “El Bombo” llegó un día al pueblo, posiblemente de otras vecindades aledañas, y sin protocolos estudiados se instaló en las calles, los portales y la plaza pública, haciendo de estos sitios el hogar permanente a su desheredad.

De hecho, la mendicidad no necesita carta de presentación, y además la ley no tiene jurisdicción sobre ella, toma los espacios vulnerables de la comunidad y de esta manera se enfrenta a la vida sin ninguna autorización.

La asociación Chemita “El Bombo”, según la creencia difundida en el lugar y en la época de este relato —medio siglo anterior al presente—, era que procedía de la ciudad cabecera del departamento de La Paz, Zacatecoluca, lo que era razonable suponer, porque las ciudades que alcanzan su mayoría de edad son más propensas a la falta de humanidad y con ello escasea el techo, abunda el dolor, disminuye el sustento y muere la fe; luego, al agotarse el mercado de la compasión, la mendicidad también emigra en busca de otros lugares más asequibles al existir.

La pareja constituyó en aquella época muy lejana un acontecimiento muy notorio en la comunidad pueblerina, porque en ese conglomerado social nunca había existido la mendicidad, por tanto, aquel cambio inesperado causaba extrañeza, aunque nadie, por supuesto, estaba en disposición de repudiar aquel estado de cosas, más bien todo pasaba por ser un acontecimiento extraño en el lugar y creador de un sentimiento de aversión a la desheredad.

Nunca se supo a ciencia cierta de dónde le provenía su singular apodo. Algunos opinaban que lo trajo consigo cuando arribó al pueblo y, posiblemente descubierto por alguien que transitaba en los pueblos aledaños; otros, sin embargo, creían que fue en su nuevo domicilio, Santiago Nonualco, donde fue bautizado y así reconocido por los moradores de aquel pueblo sencillo, que ahora ya tiene pretensiones de nueva ciudad, porque ya dejó en el pasado la calle empedrada, la languidez provincial y además cuadruplicó la educación local.

La singular pareja de mendigos pasaba el día sin mayores tropiezos, pero en la noche se acomodaba en los portales del centro de la ciudad, que incluía la Alcaldía Municipal. Nadie se ofrecía, por supuesto, a ofrecer el portal de su propiedad, debido a la ausencia de higiene de aquellos huéspedes.

La mendicidad en nuestro medio es una debilidad de nuestro sistema social, y a fuerza de realidad se convive con ella sin más recurso que lamentar los dolorosos sucesos que como el de Chemita “El Bombo”, se mutiplica en proporción del tamaño de la ciudad.

Nunca se supo cuál fue el paradero de Chemita “El Bombo”, pero sí recuerdo con mucha frecuencia el gesto que tuvo en cierta oportunidad.

Él dio a una persona invidente parte de lo que él había colectado con su singular modo de pedir. Alguien le dijo, como una manera de reflexión burlesca, que estaba dando en aquel momento lo que a él le haría falta.

En su restringido lenguaje, Chemita contestó: Yo puedo ver, en cambio, mi amigo no ve y no tiene quien le ayude.

Los que observamos aquel suceso quedamos sorprendidos de aquella actitud de alta humanidad que el hombre común no alcanza a comprender, sin embargo, la nobleza de aquel gesto constituyó para aquella comunidad una lección permanente.

*Lic. en Contaduría Pública.

 

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