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Meditando
Fórmula para hacer llover
Qué
diferentes han sido las cosas cuando los hombres han reconocido su
insignificancia y se han puesto al abrigo de la voluntad y el poder
del Creador.
La luz sobrenatural de un eclipse, la majestuosidad de una erupción
volcánica, el poder arrasador de un huracán y la violencia
destructora de un terremoto son manifestaciones de la naturaleza
que, desde tiempos inmemoriales, han producido sentimientos de impotencia
y maravillado a los seres humanos.
Sin embargo, en muchos casos, el hombre ha pasado de esa actitud
contemplativa y reverente, a un verdadero delirio por controlar
las potencias de la naturaleza.
Hechiceros, científicos y gobiernos, por igual, han utilizado
todas sus capacidades para lograr canalizar la energía contenida
en un rayo, disipar o desviar un tornado, predecir un terremoto
o hacer llover. Todos se han enfrentado al fracaso más rotundo.
Un artículo de Henry Fountain, aparecido en el periódico
New York Times y reproducido por El Diario de Hoy, da cuenta de
los enormes esfuerzos e inversiones realizados por los hombres en
su obsesión por controlar la lluvia.
Enumera teorías como la del biógrafo y moralista griego
Plutarco, quien en el Siglo I d.C., postuló que las lluvias
siguen a las batallas militares.
A principios del Siglo XIX, el gran conquistador Napoleón
llegó a creer que disparando al aire se podía atraer
la lluvia.
El Siglo XX trajo consigo la propagación de pociones mágicas
y métodos estrafalarios como el acelerador de humedad,
de Charles Hattfield, con el cual este charlatán logró
sacarle buen dinero a incautos agricultores.
En los años 30, el tema de hacer llover cobró mayor
seriedad cuando el premio Nóbel de Química Irving
Langmuir realizó investigaciones sobre la técnica
del bombardeo de nubes. Desde entonces, los experimentos se han
multiplicado por miles, en la mayoría de casos, a un costo
millonario y con los mismos resultados frustrantes.
Algo parecido ha venido sucediendo con la predicción de terremotos,
que lo mismo ha ensayado el uso de ratas y monos mentalistas, que
sofisticados aparatos de detección. Lo cierto es que hasta
el día de hoy, ningún humano, con sus propios recursos,
ha podido anticipar dónde caerá un rayo o retroceder
un segundo en el tiempo.
Ni siquiera hemos logrado ir más allá de nuestra cercana
Luna o explorar las profundidades del océano; muchos siguen
congelados, esperando ser revividos, y continúa abierto el
debate sobre el origen del hombre y del universo.
Más bien, esta manía por controlar la naturaleza sólo
demuestra que la humanidad sigue afectada por el mismo pecado que
llevó a Luzbel a organizar una rebelión en el cielo,
o a Adán a comer el fruto prohibido: usurpar el lugar que
sólo le corresponde a Dios.
Es el mismo delirio que inspiró al poeta mexicano Jaime Sabines
cuando escribió: Ahora puedo hacer llover, enderezar
las ramas torcidas, levantar a los muertos.
Hágase la luz, digo, y toda la ciudad se ilumina. ¡Qué
fácil es ser Dios!.
Es la misma arrogancia que llevó a los científicos
de principios del Siglo XX a asegurar que pronto no habría
aspectos físicos relevantes que pudieran descubrirse, y no
mucho tiempo después surgieron la Teoría de la Relatividad,
la Teoría Cuántica y la Teoría del Caos, todas
con sus propios misterios todavía por resolver.
Qué diferentes han sido las cosas cuando los hombres han
reconocido su insignificancia y se han puesto al abrigo de la voluntad
y el poder del Creador.
Esta actitud le permitió a Moisés abrir el Mar Rojo
para liberar a su pueblo. La misma que hizo que el Sol y la Luna
se detuvieran un día completo, para que Josué culminara
con éxito una de las batallas más importantes de su
vida.
A Elías le facultó para hacer llover sobre una tierra
sedienta luego de tres años de sequía. Gracias a esta
disposición, cayeron los muros de Jericó, cinco mil
fueron alimentados con unos pocos panes y peces, sanaron enfermos,
Pedro caminó sobre las aguas y Cristo resucitó de
entre los muertos, el mismo que dijo: Si puedes creer, al
que cree todo le es posible.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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