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El
supremo papel de la cámara de cine
La
hebra que separó esa curiosidad llamada manivela captadora
de imágenes de lo que es el cine como arte, en el sentido
estricto de la palabra, gira exclusivamente alrededor del momento
liberador de la cámara.
Recuerden a Mèliés, el mago parisino, rodando la
manivela desde un punto fijo. Lo que variaba era el escenario, pero
aquel aparatejo fotográfico estaba fijo, cual espectador
en una sala de teatro. Luego vino la circunstancia y el experimento;
por ejemplo, un operador de Lumière fue quien inventó
el travelling en 1896, cuando instaló la cámara a
bordo de una góndola en Venecia.
El travelling que recorre de un extremo a otro de la pantalla es
una de las palabras más comunes y corrientes en el mundo
del cine y la televisión. Haceme un paneo, vos,
se escucha entre reporteros de TV.
Sin embargo, en 1900, un presunto miembro de la escuela de
Brighton fue el encargado de liberar la cámara en su
totalidad al variar los encuadres a discreción del operador.
De repente, la cámara es el ojo móvil del espectador
o es el punto de vista del héroe o protagonista del filme.
Así el aparatejo tiene vida y razón propia dentro
de la historia que muestra, que cuenta, al transformarse en una
criatura movible que integra el ritmo del drama.
De pronto, el éxito y el fracaso del cine gira en torno al
papel reivindicador o revelador de la cámara.
Los ejemplos emblemáticos vienen poco a poco a lo largo del
siglo XX. Los geniales Luis Buñuel y Salvador Dalí
rebanan un ojo en Un perro andaluz (1929) y consiguen un impacto
visual denominado primerísimo primer plano -en lenguaje técnico-
pero que te enchina la piel en castellano.
Luego, los míticos primer planos de Alfred Hitchcock en Psicosis
(1960), en la escena de la ducha cuando aquel rostro despavorido
ve la muerte; o en El Padrino (1972) de Francis Ford Coppola cuando
un tacón del zapato de la víctima rompe el cristal
del parabrisas mientras el asesino estrangula al marido traidor
de Connie Corleone.
Y qué podemos decir del hito de Ciudadano Kane (1941) de
Orson Welles cuando el ojo de la cámara (a bordo de una grúa)
atraviesa el rótulo que advierte el ingreso a la propiedad
del magnate Charles Foster Kane unos minutos antes que pronuncie
la palabra mágica rose... ¿No la recuerdan?
Pues que alguien la traiga a la memoria, ¿no?
Pero sí es triste que pocos hilen el éxito de las
balas trazadoras de The Matrix-Revolutions (por muy bodrio que sea)
con esa innovación que no tiene límites. La magia
del cine gira en torno al punto de vista. Entre más fantástico
sea el papel de la cámara, aquel producto dejará una
huella imborrable.
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