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El supremo papel de la cámara de cine

La hebra que separó esa curiosidad llamada manivela captadora de imágenes de lo que es el cine como arte, en el sentido estricto de la palabra, gira exclusivamente alrededor del momento liberador de la cámara.

Erick Lemus
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

Recuerden a Mèliés, el mago parisino, rodando la manivela desde un punto fijo. Lo que variaba era el escenario, pero aquel aparatejo fotográfico estaba fijo, cual espectador en una sala de teatro. Luego vino la circunstancia y el experimento; por ejemplo, un operador de Lumière fue quien inventó el travelling en 1896, cuando instaló la cámara a bordo de una góndola en Venecia.

El travelling que recorre de un extremo a otro de la pantalla es una de las palabras más comunes y corrientes en el mundo del cine y la televisión. “Haceme un paneo, vos”, se escucha entre reporteros de TV.

Sin embargo, en 1900, un presunto miembro de la “escuela de Brighton” fue el encargado de liberar la cámara en su totalidad al variar los encuadres a discreción del operador.

De repente, la cámara es el ojo móvil del espectador o es el punto de vista del héroe o protagonista del filme. Así el aparatejo tiene vida y razón propia dentro de la historia que muestra, que cuenta, al transformarse en una criatura movible que integra el ritmo del drama.

De pronto, el éxito y el fracaso del cine gira en torno al papel reivindicador o revelador de la cámara.

Los ejemplos emblemáticos vienen poco a poco a lo largo del siglo XX. Los geniales Luis Buñuel y Salvador Dalí rebanan un ojo en Un perro andaluz (1929) y consiguen un impacto visual denominado primerísimo primer plano -en lenguaje técnico- pero que te enchina la piel en castellano.

Luego, los míticos primer planos de Alfred Hitchcock en Psicosis (1960), en la escena de la ducha cuando aquel rostro despavorido ve la muerte; o en El Padrino (1972) de Francis Ford Coppola cuando un tacón del zapato de la víctima rompe el cristal del parabrisas mientras el asesino estrangula al marido traidor de Connie Corleone.

Y qué podemos decir del hito de Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles cuando el ojo de la cámara (a bordo de una grúa) atraviesa el rótulo que advierte el ingreso a la propiedad del magnate Charles Foster Kane unos minutos antes que pronuncie la palabra mágica “rose...” ¿No la recuerdan? Pues que alguien la traiga a la memoria, ¿no?

Pero sí es triste que pocos hilen el éxito de las balas trazadoras de The Matrix-Revolutions (por muy bodrio que sea) con esa innovación que no tiene límites. La magia del cine gira en torno al punto de vista. Entre más fantástico sea el papel de la cámara, aquel producto dejará una huella imborrable.

 

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