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Tema del momento
Misterios sin resolver

José Homero Cabrera Díaz*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Misteriosamente se mantiene en sus cargos a muchos jueces y juezas que, según comunicados de prensa judicial, han sido destituidos

Una ardiente y devota defensora de los títulos falsos ya es magistrada de la honorable Corte Suprema de Justicia; convoca a la prensa a diestro, pero más por siniestro; la Fiscalía General de la República, abreviadamente “la Fiscalía”, ha dejado de perseguir el granel de delitos en este campo, donde campea a sus anchas el cinismo, la desfachatez y la inmoralidad en su máxima expresión; la honorable Corte Suprema de Justicia, abreviadamente “la Corte”, por su parte, misteriosamente, mantiene en sus cargos a muchos jueces y juezas que, según comunicados de prensa judicial, han sido destituidos.

No hay, en ninguna parte de este mundo, destituciones tan misteriosas e inexplicables como las que existen en El Salvador. Muchos jueces, capitalinos o foráneos, han optado, después de tomar pastillas del entendimiento, por inaplicar la ley antimaras. Curiosamente, muchos de estos juzgadores inaplicantes son los mismos que han hecho proezas y repetido sorpresas académicas cuando han resultado aplazados, una y otra vez, al pretender obtener la respectiva autorización de la función pública notarial.

Muchos casos son misteriosamente coincidentes: los mismos jueces destituidos, jueces pro maras, jueces aplazados en el examen de notariado, jueces que claman e imploran notas de consuelo, jueces que buscan el caro tesoro de la notoriedad.

La Fiscalía, por mandato legal de orden constitucional, dirige la investigación del delito y ejerce la acción penal, de oficio o a petición de parte. Sin embargo, en materia de títulos falsos; en los muchos casos de jueces o juezas que cometen los delitos de incumplimiento de deberes y otros delitos no menos graves, no realizan ni dirigen la investigación de los delitos, no ejercen la acción penal, de oficio, cuando la misma ley lo manda; ni por súplica de parte interesada hasta los huesos o intestinos. Muchos de los juzgadores que, férreamente y a pie juntillas, vuelven en desesperada defensa maternal de los inocentes e inmaculados mareros son los mismos que, aun con el Consejo Nacional de la Judicatura de hoy, salen mal evaluados.

La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y su más alta y extranjera representante han alzado la voz y, traduciendo gestos, muecas y voces, claramente se entiende que, según esta institución y su voz oficial, los mareros no representan ni el más mínimo riesgo ni daño; que los mareros son santos varones que se han ganado, a pulso, el santo honor de los altares; que la Policía Nacional Civil mira “feo” a los benditos mareros; que los niños no merecen ese trato; que los delitos que cometen estas criaturas son de bagatela, despreciables, insignificantes y exageraciones de la gente que no les quiere; que las pandillas son el pan nuestro de cada día; que éstas no representan sino formas colectivas desarrolladas y evolucionadas de armonía social; que los pandilleros son una alma de Dios; que los mareros y sus delitos constituyen un fenómeno electoral; que los mareros lo único que dan es crecido amor, benevolencia, caridad y misericordia sin límite; que los tales, lo único que reciben, con estoicismo griego, son miradas feas, trato grosero, indiferencia social, desprecio colectivo y exclusión inmerecida.

Todos debemos apoyar el combate frontal y permanente contra las maras; el daño consumado hasta hoy; el peligro corrido día a día; el insoportable dolor de las víctimas y de la sociedad salvadoreña se debe frenar cuanto antes, aun en contra de la voluntad de muchos políticos tan insensibles como ignorantes, y, sobre todo, aun en contra de muchos juzgadores que, por malentendida sacrosanta independencia, consideran que el grave problema nacional de las maras es temor teatral, espejismo social e intromisión del Ejecutivo. ¡Aunque togados, están equivocados!

* Abogado y Notario.

 

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