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Desde
Washington
Sin medios confiables, no hay democracia posible en un país
Muchos
expertos en medios latinoamericanos coinciden en que Venezuela es
un caso excepcional de polarización interna
Los periodistas, como los médicos, son reacios a cuestionar
su labor entre ellos. Incluso cuando las circunstancias y la información
disponible son las mismas, es difícil imaginar que un periodista
declare públicamente que puede hacerlo mejor que otro.
Por lo que incomoda a esta periodista discutir el estado de la prensa
latinoamericana desde este país, donde, según el Pew
Research Center for the People and the Press, sólo la mitad
de la gente encuestada considera a los medios de información
estadounidenses altamente profesionales, y sólo uno de cada
cinco piensa que su propio periódico local es creíble.
Pero, según datos de encuestas recientes, la prensa latinoamericana
también está perdiendo credibilidad. Y mientras todavía
la Iglesia supera a los medios en América Latina en general
como la institución más confiable -ya quisieran los
medios en Estados Unidos jactarse de esa posición- el nivel
de confianza popular en América Latina hacia la prensa ha
bajado de un 50 por ciento, en 1996, a 36 por ciento este año.
Lo que marca la diferencia y lo que hace preocupante la vulnerabilidad
de la prensa latinoamericana es el contexto. Una democracia fuerte
es capaz de sobrevivir incluso al peor de los periodismos, pero
no así una democracia débil. Y con los latinoamericanos
cada vez más escépticos acerca de las instituciones
democráticas, es aún más importante que la
prensa se esfuerce por mantener la confianza del público.
Pero, desafortunadamente, algunos dueños de medios todavía
parecen estar luchando por entender el propio significado de una
prensa libre. Tratan de sesgar o descaradamente negar la cobertura
de ciertos asuntos con el objeto de defender intereses económicos
o políticos particulares, sin reconocer que con ello dañan
su propia credibilidad. En vez de contribuir a una mayor comprensión
sobre complejos sucesos, ese comportamiento aumenta la confusión
al servir intereses distintos a la verdad.
La situación llega a tal punto que incluso el líder
de los demócratas en el Senado estadounidense, Thomas A.
Daschle, quien no se distingue en esta ciudad por tener algún
interés personal en asuntos latinoamericanos, prácticamente
le pidió a la administración Bush, la semana pasada,
que sirva de árbitro en un delicado asunto que está
enfrentando la palabra de la prensa contra la del gobierno en la
atribulada Venezuela.
Muchos expertos en medios latinoamericanos coinciden en que Venezuela
es un caso excepcional de polarización interna -los medios
de información allí han quedado infortunadamente comprometidos
debido a que dueños de periódicos y medios electrónicos
han jugado un papel crucial en la oposición al gobierno-.
Pero, en general, el panorama no es positivo cuando el escepticismo
público hacia la prensa en casi todos los mercados está
creciendo, según el último informe de la firma encuestadora
con sede en Chile, Latinobarómetro.
Se habla mucho de la pérdida de confianza de los partidos
políticos, de la Iglesia, de los militares, pero no de los
medios y nada más importante, dijo Marta Lagos, directora
ejecutiva de Latinobarómetro en una entrevista telefónica.
Sin medios confiables, no hay democracia posible.
La credibilidad de la prensa se restaurará, dijo Lagos, sólo
cuando los medios recuperen la confianza de un público cuyo
escepticismo es el resultado de un sentimiento creciente de que
la democracia misma les está fallando. Después de
más de una década de transformaciones democráticas
en la región, muchos se sienten excluidos, incluso de las
realidades reflejadas en los principales medios de información.
A juzgar por lo que leen o escuchan en los medios de información,
dicen, sus luchas cotidianas simplemente no son atendidas.
Pero hay señales que alientan la esperanza de hallar maneras
de recuperar la confianza pública. Durante los últimos
años, los llamados periódicos populares, menos costosos
y con artículos más breves y superficiales, han estado
rebosando en circulación. Aunque el contenido de esos periódicos
carece de reportajes políticos serios, su aceptación
demuestra que hay un grupo más amplio de lectores que se
puede conquistar.
Algunos medios principales, por su parte, intentan mejorar su imagen
mejorando su oficio. La semana pasada, el periódico más
influyente de Colombia hizo público un manual de reporteros
para cubrir el conflicto armado interno. Otros, como los periódicos
del Grupo Reforma, en México, realizan reuniones frecuentes
con ciudadanos para escuchar sus opiniones acerca de su cobertura.
Tal como lo dice Eduardo A. Bertoni, relator especial de la Organización
de Estados Americanos para la Libertad de Expresión, el automonitoreo
de los medios tiene el beneficio adicional de asegurar que nadie
más se sienta tentado a hacerlo por ellos.
Los medios serán siempre el blanco de amenazas y críticas.
Políticos de izquierda y de derecha atribuirán sus
infortunios a la parcialidad o la desatención de la prensa.
Como portadores de mensajes, eso es parte del trabajo. Pero si trabajando
al abrigo de la libertad de prensa perdemos la confianza pública,
no podemos acusar a nadie más que a nosotros mismos. Es una
valiosa ventaja que no se puede desconocer.
*Columnista del Washington Post.
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