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Educación contra violencia

La chacra. La “disminución del daño” es el lema que se vive en el Centro Escolar Fe y Alegría. El objetivo del proyecto es convertir a los jóvenes en estudiantes integrales.

Abbey Alvarenga
El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com

En el taller de electricidad, los estudiantes dejan volar su imaginación para combinar arte y funcionalidad .

Karla López, de 15 años, estudia noveno grado por las mañanas. Por las tardes, al igual que todos sus compañeros, asiste a los talleres de dibujo, pintura, corte y confección, entre otras especialidades, que se imparten en el centro escolar Fe y Alegría, de La Chacra.

Esta institución se ubica en el ‘corazón’ de la populosa comunidad. Cuenta con una población educativa de 861 alumnos, entre niños y adolescentes que provienen de comunidades marginadas, con alta incidencia en hechos delictivos o de violencia intrafamiliar.

De hecho, en las estadísticas de la Policía Nacional Civil, este último apartado encabeza la lista de los delitos más frecuentes en las comunidades adyacentes a la escuela. Es por eso que se buscan alternativas para los jóvenes residente en las zonas de riesgo, mediante la educación integral.

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“Quiero estudiar secretariado, y en el taller de mecanografía llevo las bases para poder trabajar. Cuando estudie el bachillerato, lo voy a sentir más fácil”, manifestó la joven de 15 años.

En tanto, Irma Argelia López confiesa que quiere poner un taller de costura. La estudiante asiste desde hace dos años a los talleres y se encuentra más identificada con el de corte y confección.
“Le he enseñado a mi mamá y ella también ha venido a ayudarnos a hacer trajes”, comentó con emoción.

Y es que el involucramiento de los padres de familia en las actividades de sus hijos dentro de la escuela, es vital para evitar problemas como la deserción, precisó Marco Antonio Fuentes, instructor de los talleres.

“La asistencia es de un 90 por ciento. Nosotros, como instructores y profesores, nos mantenemos pendientes de la asistencia de los jóvenes” aseguró.

Ana cuenta como su convivencia con jóvenes dedicados a actividades delictivas, le hace valorar el tiempo dedicado a los talleres. “A veces siento pesado, pero sé que después me va a servir para salir adelante”, dijo.

 

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