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Comentando
Los piratas cibernéticos asedian a Hollywood
El
reto para los estudios es reinventar la industria utilizando nuevas
tecnologías, planes de mercadeo y canales de distribución
y venta, o resignarse a una muerte lenta.
Por la mañana, entran en acción en los campus universitarios
y en las escuelas secundarias. Al caer la noche, desde la placidez
de los suburbios de ciudades estadounidenses, se apoderan de sus
espacios preferidos en la red para multiplicarlos. Sus desconocidos
cómplices en América Latina ya se han adueñado
de las calles de Cartagena, las plazas de México y los bulevares
de Buenos Aires. En Lima, quebraron a los comercios legales, y,
en China, su ilegal industria deja más dividendos que la
exportación de arroz.
Son los piratas cibernéticos que asedian a la industria cinematográfica
de Hollywood, después de haber saqueado a la industria de
la música. Empezaron sus carreras delictivas bajando
de la red cibernética su música favorita, y ahora
copian películas al mayoreo, las filman con camcorders desde
la butaca del cine o las ordenan por teléfono para grabarlas
en un DVD y almacenarlas en su centro de entretenimiento.
Los jefes de los grandes estudios cinematográficos están
en pie de guerra intentando proteger sus intereses.
A sus ochenta y tantos años, Jack Valenti, el legendario
cabildero de Hollywood, recorre la nación intentando convencer
a los jóvenes universitarios de que lo que hacen es, simple
y sencillamente, un robo; camina los corredores del Capitolio, en
Washington, promoviendo una legislación que proteja a la
industria; visita las redacciones de los principales periódicos
pidiendo difusión del problema; se reúne con los técnicos
de la industria para exigir soluciones técnicas a un problema
ético; explora con los jefes de los grandes estudios y sus
abogados las ventajas y las desventajas de entablar demandas legales
ejemplares.
Para intentar disuadir a los piratas, a los papás de los
piratas y a los decanos de las universidades donde estudian los
piratas, Valenti, el eterno conciliador, favorece persuadir, convencer
e incluso amenazar antes de llegar a la demanda legal. Pero en las
universidades los estudiantes no oyen y las autoridades o se muestran
indiferentes o apoyan a los estudiantes aduciendo que el espacio
cibernético no tiene ni límite ni dueño.
En Hollywood, los pesimistas aseguran que si no se le encuentra
pronto un remedio a la piratería, en cuestión de un
año, las pérdidas de la industria del cine serán
semejantes a las sufridas por la industria de la música.
Se calcula que, en Estados Unidos, en un día, se hacen entre
350,000 y 750,000 copias ilegales de películas al día.
En los estudios, los duros observan las cifras, se desesperan y
claman por empezar ya a demandar a estudiantes, ejecutivos o abuelas
que se dedican al ilícito negocio.
Los promotores aseguran que en la época de la revolución
digital no hay manera de proteger contenidos.
Esta no es la primera vez que Hollywood entra en pánico.
Cuando surgió la televisión, a finales de los años
40, proliferaron las visiones apocalípticas. ¿Quién
va a pagar por ir al cine cuando tiene el entretenimiento gratis
en su casa? Pasada la crisis inicial, Hollywood no sólo sobrevivió,
sino que encontró la manera de ganar dinero vendiendo sus
películas a las estaciones de televisión.
La aparición del vídeo, en la década de los
años 70, creó una histeria semejante, hasta que se
convirtió en una bonanza para la industria, pues las películas
encontraron un nuevo canal de distribución.
La revolución digital plantea retos más difíciles,
más interesantes, y no necesariamente irresolubles. Exige,
sí, que Hollywood se reinvente una vez más, y para
ello tendrá que desarrollar nuevos mecanismos de distribución
y mercadeo. Tiene que inventar la manera de que la gente pueda escoger
cómo comprar las películas que quiere ver. Debe ofrecerle
al consumidor un menú para que decida dónde verlas:
En una sala de exhibición, en su computadora, en su televisor,
en su teléfono o en su palm-pilot, y diversificar
sus lugares de venta a tiendas, librerías y mercados. Si
no lo hace, tendrá que resignarse a sufrir una larga agonía.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles
Times.
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