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Los piratas cibernéticos asedian a Hollywood

Sergio Muñoz Bata*
El Diario de Hoy
sergio.munoz@latimes.com

El reto para los estudios es reinventar la industria utilizando nuevas tecnologías, planes de mercadeo y canales de distribución y venta, o resignarse a una muerte lenta.

Por la mañana, entran en acción en los campus universitarios y en las escuelas secundarias. Al caer la noche, desde la placidez de los suburbios de ciudades estadounidenses, se apoderan de sus espacios preferidos en la red para multiplicarlos. Sus desconocidos cómplices en América Latina ya se han adueñado de las calles de Cartagena, las plazas de México y los bulevares de Buenos Aires. En Lima, quebraron a los comercios legales, y, en China, su ilegal industria deja más dividendos que la exportación de arroz.

Son los piratas cibernéticos que asedian a la industria cinematográfica de Hollywood, después de haber saqueado a la industria de la música. Empezaron sus carreras delictivas “bajando” de la red cibernética su música favorita, y ahora copian películas al mayoreo, las filman con camcorders desde la butaca del cine o las ordenan por teléfono para grabarlas en un DVD y almacenarlas en su centro de entretenimiento.

Los jefes de los grandes estudios cinematográficos están en pie de guerra intentando proteger sus intereses.

A sus ochenta y tantos años, Jack Valenti, el legendario cabildero de Hollywood, recorre la nación intentando convencer a los jóvenes universitarios de que lo que hacen es, simple y sencillamente, un robo; camina los corredores del Capitolio, en Washington, promoviendo una legislación que proteja a la industria; visita las redacciones de los principales periódicos pidiendo difusión del problema; se reúne con los técnicos de la industria para exigir soluciones técnicas a un problema ético; explora con los jefes de los grandes estudios y sus abogados las ventajas y las desventajas de entablar demandas legales ejemplares.

Para intentar disuadir a los piratas, a los papás de los piratas y a los decanos de las universidades donde estudian los piratas, Valenti, el eterno conciliador, favorece persuadir, convencer e incluso amenazar antes de llegar a la demanda legal. Pero en las universidades los estudiantes no oyen y las autoridades o se muestran indiferentes o apoyan a los estudiantes aduciendo que el espacio cibernético no tiene ni límite ni dueño.

En Hollywood, los pesimistas aseguran que si no se le encuentra pronto un remedio a la piratería, en cuestión de un año, las pérdidas de la industria del cine serán semejantes a las sufridas por la industria de la música. Se calcula que, en Estados Unidos, en un día, se hacen entre 350,000 y 750,000 copias ilegales de películas al día. En los estudios, los duros observan las cifras, se desesperan y claman por empezar ya a demandar a estudiantes, ejecutivos o abuelas que se dedican al ilícito negocio.

Los promotores aseguran que en la época de la revolución digital no hay manera de proteger contenidos.

Esta no es la primera vez que Hollywood entra en pánico. Cuando surgió la televisión, a finales de los años 40, proliferaron las visiones apocalípticas. ¿Quién va a pagar por ir al cine cuando tiene el entretenimiento gratis en su casa? Pasada la crisis inicial, Hollywood no sólo sobrevivió, sino que encontró la manera de ganar dinero vendiendo sus películas a las estaciones de televisión.
La aparición del vídeo, en la década de los años 70, creó una histeria semejante, hasta que se convirtió en una bonanza para la industria, pues las películas encontraron un nuevo canal de distribución.

La revolución digital plantea retos más difíciles, más interesantes, y no necesariamente irresolubles. Exige, sí, que Hollywood se reinvente una vez más, y para ello tendrá que desarrollar nuevos mecanismos de distribución y mercadeo. Tiene que inventar la manera de que la gente pueda escoger cómo comprar las películas que quiere ver. Debe ofrecerle al consumidor un menú para que decida dónde verlas: En una sala de exhibición, en su computadora, en su televisor, en su teléfono o en su “palm-pilot”, y diversificar sus lugares de venta a tiendas, librerías y mercados. Si no lo hace, tendrá que resignarse a sufrir una larga agonía.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.

 

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