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La columna nacional
¿Por qué no presentar la cara ante los problemas institucionales y culturales?

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El Estado debe responder a las necesidades de las empresas y sociedades, para lograr que se instalen en su territorio.

Porque es muy comprometido y complejo, responderán los grandes asesores, recomendando a los candidatos que en estos temas lo más light (ligero, superficial) es lo siempre recomendable.

De lo económico no se pueden zafar ni que quieran; unos, porque les sirve de caballito de batalla para atacar lo que falta y prometer lo que nunca harán, y los otros, para atizar la esperanza de lo posible, que, como es cierto, oculta lo mal hecho. Como sea, el punto es que, fuera de esto, todo tema que toque verdaderamente los puntos medulares que nos están doliendo, debe saltarse... lo que indica complacencia en lo que está, ignorancia que no se quiere reconocer y temor de cambiar lo que no pueden controlar. Así, un par de importantes problemas para el Partido que No Existe son éstos:

El problema institucional


Esto es, el deterioro de las instituciones en general y las del Estado en particular. Carcomidas por diferentes tipos de “virus”, desde la pérdida del sentido mismo de su razón de ser (o el desvirtuamiento o degeneración de su verdadero cometido), pasando por las infiltraciones de personas e ideas que inoculan el descontento permanente, la protesta sistemática y el malestar crónico, hasta llegar al más peligroso y menos apercibido en su virulencia —el Sida institucional—, que es la aberrante concepción que pretende disminuir, minimizar, restar importancia a lo estatal, humillar al empleado, ningunear al funcionario, hacer pensar que todos son corruptos, lambiscones y mediocres (para que nadie quiera trabajar con el Estado y que dejen el espacio), matando la mística y el orgullo del trabajo. Pero además.... hay instituciones que necesitan reformas de fondo. Unas, porque desde el principio se enfocaron mal; otras que sí fueron bien establecidas y que silenciosamente se han cambiado; otras más que no resisten a la realidad actual, que no responden a las necesidades del momento, que está exigiendo actuaciones precisas rápidas, concretas, y no excusas, laberintos legales o medias tintas; entre ellas podemos citar muy diferentes enfoques para cada una: la institucionalidad de educación, defensa, gobernación y trabajo.

Problema cultural: identidad, voluntad y valores.

Dejando de lado muchos otros más. Es grave el lapso de identidad positiva que estamos sufriendo, y digo positiva porque, desgraciadamente, lo que entran a montones son pautas de actuación social que deshacen nuestro presente y están minando el futuro de cualquiera que vaya a vivir en este territorio. ¿Por qué no se detienen, qué mentalidad, ideología o conceptos subyacen ante la permisividad total que vemos ante estos venenos que están labrando una vida más difícil para todos? ¿Es falso lo que digo?, tal vez, porque las grandes formaciones políticas poco o nada se preocupan de estos temas.

Tuercen la voluntad, la limitan a ponerse a la orden de la producción económica con el único objetivo de agenciarse bienes de consumo, pensando que éstos nos darán la felicidad individual, que es, a su vez, el máximo y superior fin del ser humano en la tierra. Cualquier referencia a la interacción social, a valores morales, no se diga al espíritu o a esa arcaica palabra que nombran como “dios” no tiene lugar en este “brave new world”. Se han desechado hasta las manipulaciones religiosas, científicas, y hasta el recurso práctico o incluso egoísta que mostraría que a corto plazo no se puede sostener una sociedad tan escasa de solidaridad, ética y esfuerzo. Pero no.

Todo se debe permitir, seguir igual, abriéndose al “hermoso mundo” que nos envía diversiones, juguetes innecesarios, nuevos vicios y todo, absolutamente al bajísimo precio de no pensar mucho, de limitar nuestras actuaciones políticas al voto y de sonreír bobamente siempre, con trasfondo de “jingles”, con amnesia de los crímenes de los terroristas disfrazados de políticos, con altares culturales para las vacas sagradas de la izquierda, observando la marcha de títeres sin nación que encabezan el desfile de un colectivo lobotomizado.

Hay que levantar el campamento de los santos. Definirnos a nosotros, definir a los contrarios, distinguir, excluir, atraer, construir... cuidar el perímetro. Abrir primero un solo frente, el antirrojo. El otro, el interno, lucharlo en el alma, crecerlo en el espíritu para demostrar viviendo la realidad de otras revoluciones, pues el primer deber nuestro será el de sobrevivir. Para ubicar a qué nos referimos, me retiro citando a Thierry Maulnier: “Cuando el orden no está ya en el orden, debe estar en la revolución, y la única revolución que queremos es la revolución del orden”.
* Lic. en Ciencias Políticas.

 

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