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El
Salvador en perspectiva
Rutas al exterior: Ayer y hoy
Los viajes eran largos, diez días para San Francisco y tres
semanas o más para Europa. Embarcarse era toda una aventura.
Los grandes proyectos para el puerto de Cutuco nos obligan a recordar
que, hace más de tres cuartos de siglo, ese puerto ofrecía
una ruta interoceánica que unía por ferrocarril el
Océano Pacífico con el Atlántico.
El tramo del Ferrocarril Internacional de Centro América
(o sea la IRCA, hoy FEDESAL) de Cutuco (La Unión) a San Salvador,
fue inaugurado en 1927 y continuaba en Anguiatú (Guatemala),
y luego en Zacapa, donde se unía con la línea entre
la Ciudad de Guatemala y Puerto Barrios. Este puerto, más
que todo bananero, tenía servicio frecuente de carga y pasajeros
para Estados Unidos. También era visitado, aunque no con
la misma frecuencia, por naves europeas.
La IRCA conectaba la costa norte de Guatemala con la capital, los
puertos de San José y Champerico y con Tapachula, en la frontera
de México.
Nunca hubo tráfico entre Cutuco y Puerto Barrios, en ningún
sentido, aunque era una ruta natural para carga procedente de Centro
América, destinada o procedente de los puertos norteamericanos
y europeos, aunque había servicio marítimo regular
en ambas direcciones. La razón es muy sencilla, no había
carga.
El único producto salvadoreño que se movía
en grandes cantidades era el café. Lo producido en oriente
se enviaba a Cutuco para ser embarcado directamente a los puertos
de la costa del Pacífico de Estados Unidos o a Europa. El
café producido en los beneficios de occidente y la zona central
del país se enviaba a Acajutla o La Libertad, para ser transportado
por la vía marítima a sus destinos.
Una pequeña parte se movía por la IRCA a Puerto Barrios,
para ser embarcada a Nueva Orleáns o Nueva York. Todo esto
ha cambiado, y el café salvadoreño se envía
en contenedores al puerto guatemalteco de Santo Tomás de
Castilla, para ser embarcado a Estados Unidos y Europa.
Hasta que la línea aérea estadounidense Panamerican
Airways comenzó a prestar servicio, alrededor de la cuarta
década del siglo pasado, el movimiento de pasajeros al extranjero,
desde El Salvador y del resto de Centro América, estaba supeditado
al movimiento de carga por la vía marítima.
A La Libertad, que era el principal puerto del país, llegaban
barcos estadounidenses, alemanes, franceses e italianos, que anclaban
en la rada y llevaban y traían carga y pasajeros de Estados
Unidos y Europa.
Los viajes eran largos, diez días para San Francisco y tres
semanas o más para Europa. Embarcarse era toda una aventura:
Una silla amarrada al cable de un winche bajaba los
pasajeros del muelle a una lanchita que desde luego subía,
bajaba y revoloteaba con las olas al dirigirse al costado de la
nave, mientras las asustadas señoras rezaban.
Allí se experimentaba lo más peliagudo, que era pasar
de la lanchita, que igualmente subía y bajaba con las olas,
a la escalera para subirse al barco. Todo esto, a pie y, muchas
veces, los pasajeros eran llevados en peso por fornidos estibadores.
Si el destino era Nueva York o Nueva Orleáns, la ruta era
por la IRCA a Puerto Barrios. La subida a los barcos era fácil,
porque estaban atracados en el muelle, el suplicio era el viaje
a Zacapa, que tardaba alrededor de ocho horas en asientos incómodos,
pasar la noche en un hotel y esperar el tren de la capital que les
llevaría a Puerto Barrios, donde llegaba ya entrada la noche.
El contraste entre la limpieza y lujo de las modernas naves con
lo que acababan de experimentar era tan impresionante que se creían
que estaban soñando. Los viajes abordo eran placenteros,
tanto en el Pacífico como en el Caribe, el ambiente era ameno;
el servicio, esmerado, y las comidas, deliciosas.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.
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