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Columna
Las paradojas de la historia del cine
El
día no lo sé pero fue el año 1922 cuando un
sujeto apodado Lenin lanzó la consigna: ¡de todas
las artes, el cine es para nosotras la más importante!
en pleno pandemónium bolchevique. Los Romanov era historia.
La fuerza de esa sentencia no vino por si sola. Hubo ciertos hechos
de preso que le precedieron como la firma del decreto de nacionalización
de la industria cinematográfica soviética, el 27 de
agosto de 1919, por medio del cual el cine estaría bajo la
sombra del comisariado de Educación del Pueblo. ¿Y
para qué tanta historia y bla-bla del otrora imperio rojo?
A lo que voy es que el primer gobierno de todo el mundo que reconoció
la importancia y la función del cine en la era de la cultura
de masas fue el régimen bolchevique por muy paradójico
que lo parezca.
En septiembre de ese mismo año, nació la Escuela Cinematográfica
del Estado en Moscú bajo la dirección de Vladimir
Gardin, uno de los primeros realizadores bolcheviques, según
consta en algunos libros de historia del cine, y citado por haber
dirigido filmes sugerentes como Hambre... hambre... hambre
y La hoz y el martillo.
La visualización de los bolcheviques, quienes no desperdiciaron
el alcance y la trascendencia del cine como aglutinador social,
posteriormente, fue propagada por la industria francesa Pathé,
gracias a que supo aprovechar el invento Lumière, y también
fue redescubierta en Hollywood en la primera mitad del siglo XX.
Un paréntesis: la gloria inventiva del primer cine francés,
de hecho, fue exhibida hace unos lustros en el ex auditorio de Caess
y hoy teatro Luis Poma. Pero ese no es el tema.
Ahora, a inicios de un nuevo siglo y oteando a la distancia la bandera
raída del otrora imperio del este, otra hiper y mega estructura
nos crea valores al unísono, nos uniforma con gabardinas
negras y nos hace lanzar patadas y puñetazos virtuales mientras
miles de balas danzan alrededor y ni siquiera nos rasguñan.
Bienvenidos a la magia del cine digital donde el drama es historia
y el nudo y el desenlace de cualquier argumento solo es resuelto
con Jujitsu, Kung Fu y Taekwondo. ¡Kiiia!!! Pero como bien
señaló Ben Odell: no hay nada nuevo que contar;
solo formas nuevas de contar.
Odell fue instructor de güionismo en el taller de cine digital
que organizó Clementina Inc. y la Escuela de Comunicaciones
de la Universidad Tecnológica (UTEC), hace un par de semanas.
Desde entonces ha quedado flotando en el aire contaminado de San
Salvador un espíritu inquieto: ¿Cuándo crearán
la escuela salvadoreña de cine? No sería mala idea.
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