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Desde
Washington
Estados Unidos urge actualizar puertos contra el terrorismo
Ahora
que Estados Unidos y Centro América avanzan hacia un acuerdo
de libre comercio para finales del año, las fronteras y los
puertos posiblemente serán cada vez más transitados,
y potencialmente más vulnerables.
Tres letras cruciales han entrado en el alfabeto del comercio internacional:
CSI. Pero, desafortunadamente, todavía no forman parte del
léxico latinoamericano.
La Iniciativa de Seguridad en Contenedores o CSI (según siglas
en inglés) fue lanzada por el Gobierno estadounidense en
febrero de 2002 para prevenir que terroristas utilicen el comercio
exterior, 90 por ciento del cual va en contenedores marítimos
de carga, como medios para transportar armas de destrucción
masiva. Como parte del programa, agentes de la Aduana de Estados
Unidos trabajan en puertos extranjeros -con elevado volumen de carga
o en lugares estratégicos-, para ayudar a inspeccionar contenedores
antes de que sean sellados y embarcados hacia Estados Unidos.
En términos prácticos, esto significa que contenedores
de puertos CSI pasan rápidamente por los desembarcaderos
de entrada estadounidenses, mientras que otros contenedores pueden
sufrir retrasos de hasta tres días mientras son inspeccionados.
Y aunque los retrasos son precauciones de seguridad justificadas,
se convierten en perjuicios financieros para los exportadores. Funcionarios
en Latinoamérica lo comprenden. Debido a que sus países
tienen un volumen comercial menor y a que sus industrias de carga
son consideradas de menor riesgo terrorista, se encuentran en una
clara desventaja. Hoy en día no hay en toda América
Latina un solo puerto certificado CSI.
No sorprende entonces que entre las principales solicitudes que
escuchó el secretario de Estado, Colin L. Powell, esta semana
en su visita de dos días a tres países centroamericanos,
estaba una aparentemente simple: ayúdennos a hacer que un
importante puerto de la región obtenga el certificado de
seguridad de Estados Unidos.
Dicho muelle, Puerto Cortés, al norte de San Pedro Sula,
Honduras, en sólo este año ha exportado el equivalente
de más de 300.000 contenedores de mercancías. Una
sexta parte de esos productos provenía de sus vecinos Nicaragua
y El Salvador e incluían miles de millones de dólares
en textiles confeccionados con telas estadounidenses. En Honduras,
las exportaciones son la principal fuente de divisas.
Misiones oficiales estadounidenses han empezado a visitar países
exportadores más grandes, como Argentina, para explorar la
posibilidad de certificar otros puertos bajo CSI. Pero dichos puertos,
al igual que Puerto Cortés tendrán primero que cumplir
con las normas mínimas del CSI en equipos de inspección
al igual que en sistemas computarizados para identificar empleados
portuarios y compartir información con autoridades estadounidenses.
Sólo una de las requeridas máquinas de rayos X o rayos
gamma cuesta entre $1 y $5 millones de dólares. Las otras
tecnologías seguramente costarán incluso más.
En resumen, mientras la voluntad de cumplir existe, muchos gobiernos
latinoamericanos no estarán en capacidad de financiar solos
el cumplimiento de los requisitos.
Además de CSI, otras iniciativas estadounidenses de seguridad
presentan mayores retos a todos los que exportan a Estados Unidos.
Una de esas iniciativas requiere que todos los exportadores notifiquen
a la Aduana estadounidense 24 horas antes de que cualquier cargamento
destinado a Estados Unidos empiece a ser fletado en el exterior.
Esta solicitud, que parece modesta a primera vista, ha generado
retrasos, confusión y pesadillas logísticas para algunas
de las compañías más grandes y sofisticadas
del mundo, como Sony, Michelin y Mikasa, de acuerdo con la última
edición de la revista Fortune.
Otra iniciativa, bajo la ley estadounidense contra el bioterrorismo,
requiere que proveedores de alimentos nacionales e internacionales
se registren ante la Administración Federal de Alimentos
y Medicinas. Aquellos que no se hayan registrado antes del 13 de
diciembre podrían ver sus productos decomisados y enfrentar
acciones legales civiles o criminales.
Los exportadores menos flexibles, menos sofisticados y menos resistentes
probablemente tendrán dificultades en superar los escollos.
Y aunque esa posibilidad parece favorable para una visión
darwiniana de la economía y el comercio, es contraria a las
metas de la administración Bush de promover crecimiento ayudando
a empresarios medianos y pequeños.
Más aun, un modelo que parece favorecer la ley del más
fuerte podría afectar en forma adversa el principal objetivo
estadounidense de mayor seguridad. Mucho se ha dicho ya acerca de
cómo la pobreza estimula la inestabilidad, y la inestabilidad,
la falta de seguridad.
Ahora que Estados Unidos y Centro América avanzan hacia un
acuerdo de libre comercio para finales del año, las fronteras
y los puertos posiblemente serán cada vez más transitados,
y potencialmente más vulnerables. Si el acuerdo debe también
servir como modelo para el resto de la región, no actualizar
puertos centroamericanos como Puerto Cortés, para que cumpla
con las normas de seguridad post 11 de septiembre, haría
del pacto comercial un ejemplo arriesgado.
Ciertamente, Latinoamérica puede cosechar muchos beneficios
del CSI y las otras medidas de seguridad para el comercio. Nuevas
presiones para reducir la corrupción, agregar eficiencia
y modernizar los procesos de exportación, para no mencionar
el aumento en la detección de todo tipo de comercio ilícito,
son muy promisorias. Pero permanecerán siendo sólo
promesas vacías si las barreras para cumplir con las nuevas
normas de seguridad no son superadas con un flujo substancial y
rápido de inversión externa.
*Columnista del Washington Post.
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