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De
mis apuntes
Crónica de una guerrilla
No
me consta que los dirigentes del ERP hayan recibido dinero por disolver
la organización. Tampoco lo creo.
(sexta parte)
El congreso del ERP en Jocoaitique, en 1992, fue un monumento al
suicidio. La mañana en que arrancó el evento en la
escuela pública del poblado estaban ausentes los máximos
comandantes. Ellos llegarían pasado el mediodía. Carlos
Argueta, el más joven de los miembros de la comisión
política, fue asignado para coordinar la sesión inaugural.
Allí estaban los antiguos comandantes de frentes y unidades
guerrilleras, los cuadros políticos, los dirigentes de las
organizaciones de masas, los representantes de la organización
en diversas capitales del mundo, los dirigentes de las comunidades
eclesiales de bases, miembros de las estructuras de prensa y propaganda.
Muchos combatientes andaban con sus armas, pues el proceso de desarme,
supervisado por Onusal, aún no había terminado.
La primera sesión fue dedicada a elegir a la mesa que presidiría
el congreso y a estructurar la agenda. Sin embargo, había
en el aire un ambiente tenso que se reflejaba en las fuertes críticas
a los máximos dirigentes. Pocos días antes, había
circulado un folleto escrito por Joaquín Villalobos, titulado:
El socialismo democrático, en el que abiertamente
planteaba la conversión del ERP a la social democracia. Con
ello estaba aceptando no sólo el pluripartidismo, sino también
la economía de mercado.
Pero el malestar no sólo era por aquel folleto. Había
incertidumbre por el futuro. A los combatientes nadie les había
explicado qué iba a pasar con su vidas una vez se desmovilizaran.
La mayoría de los comandantes y cuadros de la guerrilla había
dedicado sus vidas a hacer la revolución y no había
aprendido ninguna profesión u oficio con el cual ganarse
la vida. No había toma del poder como en Cuba y Nicaragua.
No habría entonces repartos de cargos públicos, ni
de tierras. No habría expropiaciones de fábricas y
empresas para transferirlas a los colectivos de trabajadores.
Se había repetido millones de veces que la cosa era de vencer
o morir, revolución o muerte, de no olvidar jamás
a los descalzos sin pan, de odios implacables en intransigentes
contra los enemigos del pueblo, de nunca deponer las armas. Se había
ajusticiado a más de alguno por dudar de los principios revolucionarios
o por sospechoso. Y ahora, en un golpe de timón, había
que convertirse en social demócrata, entregar lo fierros,
sacar documentos en las alcaldías y salir a buscar trabajo
con una hoja de vida, que aparte de un nombre de pila en desuso
(por la tradición del seudónimo) no decía nada.
Los programas de reinserción fueron como ponerle un parche
a aquel estropicio de quimeras incendiadas e ilusiones destrozadas.
Por la tarde llegaron los máximos comandantes. Joaquín
Villalobos, lejos de tratar de persuadir a los asistentes de sus
ideas, les confrontó, les regañó. Quería
imponer ideas políticas girando una orden militar. Estaba
convencido de que había que virar la democracia, pero quería
imponer verticalmente, a la masa, la conversión.
Pero la guerra había acabado. Ya nadie le hacía caso
a nadie. Se habían roto los hilos ideológicos y económicos
que aseguraban la obediencia.
Hay que tomar en cuenta que la máxima dirección controlaba
sin fiscalización alguna, desde las bases, el dinero y los
recursos de donde salía la comida, los uniformes, los viajes,
la gasolina, las medicinas para sanar y los tiros para matar. Eso
ya se había acabado en Jocoaitique. La obediencia también.
Las intervenciones de los máximos comandantes, especialmente
de Joaquín Villalobos, parecían tener el propósito
de acabar con la organización. Después de aquel congreso,
el pegamento ideológico y moral que sostenía el andamiaje
se evaporó. Los ladrillos comenzaron a desmoronarse entre
resentimientos, sospechas, mutuas acusaciones y una que otra amenaza
fatal.
En 1997, el instrumento social demócrata (el PD), que la
dirección del ERP quiso convertir en la opción de
poder desde la izquierda para pactar la transición con ARENA,
desapareció porque obtuvo sólo 13 mil votos. Muy pero
muy abajo del 3% requerido para sobrevivir. La bofetada en pleno
rostro para aquellos antiguos héroes de los pobres fue terrible.
Así terminó aquella aventura guerrillera iniciada
a principios de los años setenta por un puñado de
jóvenes, estudiantes universitarios en su mayoría,
que en el camino pasaron por todo. Conocieron de los rigores de
la clandestinidad, lloraron por la muerte de sus compañeros
caídos, algunos fueron salvajemente torturados, aprendieron
a matar, pusieron a temblar a los poderes fácticos de El
Salvador, preocuparon, y en serio, al Gobierno de Estados Unidos,
soñaron con que el poder estaba a la vuelta de la esquina,
fueron audaces, fueron temerarios y controvertidos, tuvieron momentos
de torpeza, pero también de habilidad política. Fueron
los últimos en llegar al FMLN y los primeros en retirarse.
La primera guerrilla en formarse y la primera en disolverse.
A aquellos que me han enviado, por correo y en gran número,
dos preguntas fundamentales, les responderé con toda la honestidad
del mundo: No me consta que los dirigentes del ERP hayan recibido
dinero por disolver la organización. Tampoco lo creo. Sé
de las denuncias de antiguos comandantes, como Francisco Emilio
Mena Sandoval, que aseguran que Villalobos y otros miembros de la
antigua dirección recibieron varios millones de colones para
votar a favor del IVA. Tampoco me consta.
En lo personal, no guardo ningún tipo de relación
con los antiguos dirigentes del ERP. No me interesa ni la social
democracia, ni la democracia cristiana, ni las luchas por el poder.
Estoy, como ciudadano, claramente definido con las ideas liberales.
Mi propósito con esta crónica no es juzgar nada, sino
contar en una apretada síntesis la historia de una organización
que tuvo un alto papel protagónico en la historia reciente
de nuestro país.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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