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Empantanados y luchando contra el tiempo

Sergio Muñoz Bata*
El Diario de Hoy
sergio.munoz@latimes.com

A un año de la elección presidencial en Estados Unidos, el misterioso desenlace de la guerra en Iraq se ha convertido en el tema único de todas las campañas políticas.

Cuentan que hace diez años, cuando una desorganizada banda de guerrilleros somalí derribó un helicóptero del ejército estadounidense en Mogadishu, Somalia, y mató a 18 soldados, el entonces general Colin Powell presagió que la tragedia bien podría determinar el fin de la misión humanitaria norteamericana en Somalia. Así fue. La opinión pública norteamericana no entendió nunca por qué sus hijos tenían que ir a morir a Mogadishu.

Este domingo, en Iraq, 16 soldados estadounidenses murieron y otros veinte resultaron heridos en un ataque con misiles contra un helicóptero de EE.UU. Tres más perecieron en otros incidentes de la guerra. Apenas una semana antes, la resistencia iraquí atacó con morteros el hotel Rashid, donde se hospedaba el subsecretario de la Defensa, Paul Wolfowitz. Y un poco antes se dieron los ataques contra la Cruz Roja y contra el edificio de las Naciones Unidas. El saldo de muertes continúa inexorable, aunque hoy en Estados Unidos sólo unos cuantos creen que entienden las razones por las cuales los muchachos estadounidenses mueren en Iraq. La diferencia con Somalia es que en Estados Unidos todavía no se levanta un clamor universal contra la guerra en Iraq.

En realidad, en este preciso momento, el desenlace de la guerra en Iraq se ha convertido en un tema electoral. George W. Bush libra su batalla para lograr la reelección en dos frentes. El primero está en Iraq, donde la audacia y la proliferación de los ataques iraquíes contra las tropas de ocupación le indican la necesidad de enviar más tropas, y la experiencia le dicta que se necesita más tiempo del previsto para lograr la pacificación.
El segundo frente está en Estados Unidos, donde los demócratas intentan acelerarle los tiempos políticos para empantanarlo justo cuando suceda la elección, y donde empieza a gestarse un tímido reclamo para que regresen las tropas y termine la ocupación de Iraq.

En las dos últimas semanas, la Casa Blanca se ha dolido al castigo, y empieza, por fin, a dar señales de moderación en su discurso triunfalista. Conforme aumenta el número de bajas, el tono bravucón del Presidente y de sus colaboradores se modera al teñirse de realismo. “Iraq es un lugar peligroso”, dijo Bush la semana pasada. “Esto es una guerra, un conflicto de baja intensidad”, admitió por primera vez el secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld. Washington ha empezado a reconocer que no todo marcha bien en Iraq.

Ninguno de los principales candidatos demócratas a la presidencia ha sugerido todavía la retirada. Todos parecen entender que abandonar Iraq a su suerte a estas alturas no sólo sería irresponsable, sino indeseable. Iraq, con menos de 300 bajas, no es Vietnam con sus decenas de miles de muchachos americanos muertos.

Intentando salir del pantano, la administración de Bush se ha empeñado en acelerar la capacitación del ejército y la policía iraquíes para que asuman el control militar del país. Otra parte importante de la estrategia, aunque mucho más problemática, es seguir intentando conseguir ayuda internacional, de preferencia procedente de países musulmanes dispuestos a participar en misiones de paz. A pesar de la modesta participación de España, El Salvador, Honduras y algunos otros países, hasta ahora, la solidaridad internacional con Bush ha sido un fracaso absoluto.

Y mientras esto sucede, las críticas domésticas al manejo de la guerra han entorpecido la labor de la administración de Bush en cuanto a la búsqueda aliados dentro de Iraq. Sin saber la profundidad del compromiso de Bush con Iraq, no hay muchos iraquíes dispuestos a arriesgarse a colaborar con un aliado impredecible. La posibilidad de que un día cualquiera, asediado por las presiones domésticas, Bush abandone su cruzada en Iraq de manera intempestiva y les deje desamparados frente a las turbas nacionalistas enardecidas no conduce al compromiso definitivo.

Así las cosas, lo único cierto es que los que tienen prisa por salir del atolladero son los estadounidenses, pues los insurgentes saben que el tiempo es su aliado.

*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.

 

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