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Comentando
Empantanados y luchando contra el tiempo

A
un año de la elección presidencial en Estados Unidos,
el misterioso desenlace de la guerra en Iraq se ha convertido en
el tema único de todas las campañas políticas.
Cuentan que hace diez años, cuando una desorganizada banda
de guerrilleros somalí derribó un helicóptero
del ejército estadounidense en Mogadishu, Somalia, y mató
a 18 soldados, el entonces general Colin Powell presagió
que la tragedia bien podría determinar el fin de la misión
humanitaria norteamericana en Somalia. Así fue. La opinión
pública norteamericana no entendió nunca por qué
sus hijos tenían que ir a morir a Mogadishu.
Este domingo, en Iraq, 16 soldados estadounidenses murieron y otros
veinte resultaron heridos en un ataque con misiles contra un helicóptero
de EE.UU. Tres más perecieron en otros incidentes de la guerra.
Apenas una semana antes, la resistencia iraquí atacó
con morteros el hotel Rashid, donde se hospedaba el subsecretario
de la Defensa, Paul Wolfowitz. Y un poco antes se dieron los ataques
contra la Cruz Roja y contra el edificio de las Naciones Unidas.
El saldo de muertes continúa inexorable, aunque hoy en Estados
Unidos sólo unos cuantos creen que entienden las razones
por las cuales los muchachos estadounidenses mueren en Iraq. La
diferencia con Somalia es que en Estados Unidos todavía no
se levanta un clamor universal contra la guerra en Iraq.
En realidad, en este preciso momento, el desenlace de la guerra
en Iraq se ha convertido en un tema electoral. George W. Bush libra
su batalla para lograr la reelección en dos frentes. El primero
está en Iraq, donde la audacia y la proliferación
de los ataques iraquíes contra las tropas de ocupación
le indican la necesidad de enviar más tropas, y la experiencia
le dicta que se necesita más tiempo del previsto para lograr
la pacificación.
El segundo frente está en Estados Unidos, donde los demócratas
intentan acelerarle los tiempos políticos para empantanarlo
justo cuando suceda la elección, y donde empieza a gestarse
un tímido reclamo para que regresen las tropas y termine
la ocupación de Iraq.
En las dos últimas semanas, la Casa Blanca se ha dolido al
castigo, y empieza, por fin, a dar señales de moderación
en su discurso triunfalista. Conforme aumenta el número de
bajas, el tono bravucón del Presidente y de sus colaboradores
se modera al teñirse de realismo. Iraq es un lugar
peligroso, dijo Bush la semana pasada. Esto es una guerra,
un conflicto de baja intensidad, admitió por primera
vez el secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld. Washington ha
empezado a reconocer que no todo marcha bien en Iraq.
Ninguno de los principales candidatos demócratas a la presidencia
ha sugerido todavía la retirada. Todos parecen entender que
abandonar Iraq a su suerte a estas alturas no sólo sería
irresponsable, sino indeseable. Iraq, con menos de 300 bajas, no
es Vietnam con sus decenas de miles de muchachos americanos muertos.
Intentando salir del pantano, la administración de Bush se
ha empeñado en acelerar la capacitación del ejército
y la policía iraquíes para que asuman el control militar
del país. Otra parte importante de la estrategia, aunque
mucho más problemática, es seguir intentando conseguir
ayuda internacional, de preferencia procedente de países
musulmanes dispuestos a participar en misiones de paz. A pesar de
la modesta participación de España, El Salvador, Honduras
y algunos otros países, hasta ahora, la solidaridad internacional
con Bush ha sido un fracaso absoluto.
Y mientras esto sucede, las críticas domésticas al
manejo de la guerra han entorpecido la labor de la administración
de Bush en cuanto a la búsqueda aliados dentro de Iraq. Sin
saber la profundidad del compromiso de Bush con Iraq, no hay muchos
iraquíes dispuestos a arriesgarse a colaborar con un aliado
impredecible. La posibilidad de que un día cualquiera, asediado
por las presiones domésticas, Bush abandone su cruzada en
Iraq de manera intempestiva y les deje desamparados frente a las
turbas nacionalistas enardecidas no conduce al compromiso definitivo.
Así las cosas, lo único cierto es que los que tienen
prisa por salir del atolladero son los estadounidenses, pues los
insurgentes saben que el tiempo es su aliado.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles
Times.
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