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Comentando
Vuelta a la falsa ilusión de la devaluación
Para resolver sus problemas internos, Estados Unidos debe adoptar
una actitud presupuestaria más rigurosa
El dólar es nuestra moneda y el problema de ustedes.
Esa fue la ocurrencia del Secretario del Tesoro de Estados Unidos,
antes de que el Presidente Richard Nixon pusiera fin al sistema
de Breton Woods, hace tres decenios. Lo que la franqueza de John
Connolly reflejaba era la capacidad y la disposición
de Estados Unidos para exportar sus problemas económicos,
reduciendo el valor del dólar y convirtiendo en chivos expiatorios
a los países opuestos a aquella estrategia. El Presidente
George W. Bush parece empeñado en repetir la desafortunada
política de Nixon.
Como el equipo Nixon/Connolly, la reacción del gobierno de
Bush ante los inmensos déficit presupuestario y comercial
ha sido la de dejar caer y con fuerza al dólar,
al tiempo que intenta también distraer la atención
de su responsabilidad, señalando con un dedo acusador a China
como la causa de las presiones deflacionistas y del desempleo en
Estados Unidos. Sin embargo, es probable que esa estrategia resulte
tan ineficaz ahora como lo fue para Nixon, quien sólo consiguió
iniciar un período de estancamiento.
La política de Bush está condenada a fracasar, porque,
como en el decenio de 1970, los problemas económicos de Estados
Unidos son de origen local. No son importados y no se pueden resolver
simplemente cambiando el valor del dólar.
La dependencia del mundo respecto de Estados Unidos como única
fuente de aumento de la demanda mundial brinda a este país
la posibilidad de maniobrar con su divisa, pero a costa de agravar
inmensos desequilibrios mundiales. Desde 2000, el exceso de capacidad
productiva de Estados Unidos ha superado las de la zona del euro
y del Japón combinadas, pues su economía ha crecido
más despacio que su potencial anual de 3,5% a 4% y el desempleo
ha aumentado en Estados Unidos.
Lamentablemente, Estados Unidos no es el único que considera
la devaluación una panacea para los problemas internos. Las
autoridades japonesas, demasiado tímidas para emprender reformas
serias en su país, se esfuerzan por mantener lo más
bajo posible el valor del yen frente al dólar y las divisas
asiáticas rivales.
De forma semejante, la Unión Europea creó el euro
para dar a sus miembros una mayor estabilidad monetaria. Cuando
el euro estaba bajo, el orgullo herido obligó a los gobiernos
de la UE a hacer declaraciones para intentar lograr que subiera.
Ahora que el euro está alto, los mismos gobiernos hacen lo
propio para intentar lograr que baje.
El vertiginoso ascenso, ponderado según la balanza comercial,
del euro en el último año está exacerbando,
en efecto, las presiones inmediatas dentro de la UE, pero los ministros
de Hacienda de la Unión harían mejor en acelerar las
reformas internas que Europa necesita, en lugar de seguir el ejemplo
de Bush y presionar al Banco Central Europeo para que haga bajar
una divisa fuerte hasta su valor real.
Aun así, la estrategia monetaria de Estados Unidos es la
más insensata: otro inmenso error en una política
económica tan caprichosa, que resulta difícil saber
por dónde empezar a enumerar sus errores. Tal vez el mejor
punto por el que comenzar sea el rápido deterioro del presupuesto
federal de Estados Unidos en los dos últimos años.
A partir de un superávit de 1,4 por ciento del PIB en 2000,
el gobierno Bush ha obtenido un déficit de 4,6 por ciento
este año. Los déficit presupuestarios de Estados Unidos
pueden haber librado a las economías americana y mundial
de resultados aún peores en los dos últimos años,
pero ahora resulta mucho más difícil resolver los
males que aquejan a Estados Unidos.
Una política fiscal más rigurosa podría contribuir
en gran medida a fomentar la confianza en Estados Unidos y también
a ayudar al resto del mundo a abandonar su dependencia de este país
como único motor del crecimiento. El crecimiento en otros
países podría ayudar a Estados Unidos a exportar más,
pero eso no brindará la solución milagrosa que anhela
el gobierno de Bush, porque un dólar débil no tiene
por qué provocar un aumento equivalente en el precio de las
importaciones estadounidenses. Se debe, en parte, a que el precio
final de un producto importado refleja numerosos costos, como, por
ejemplo, la distribución y la comercialización, en
los que no influye el tipo de cambio.
De hecho, muchos países que exportan a Estados Unidos en
particular, Japón y China fijan los precios de sus
productos en dólares. Como esos países tienen mucho
interés en mantener su cuota en el mayor mercado del mundo,
con frecuencia absorben el efecto de una bajada del dólar,
reduciendo sus beneficios en lugar de subir los precios. Como muestra,
un reciente estudio de John Lipsky, economista jefe de J.P. Morgan,
se está reduciendo la vinculación entre los tipos
de cambio y el comercio.
Lo que hace que la estrategia de Estados Unidos resulte insensata
es que el gobierno de Bush está atacando a China en el preciso
momento en que está aumentando su dependencia respecto de
las compras chinas de bonos estatales estadounidenses. Sin dichas
compras Estados Unidos podrían afrontar un aumento de los
tipos de interés internos que podría constituir una
amenaza, tanto para su recuperación económica como
para la economía mundial.
Para resolver sus problemas internos, Estados Unidos debe adoptar
una actitud presupuestaria más rigurosa y no reducir el valor
del dólar, pero, como se avecinan las elecciones presidenciales,
ningún gobierno estadounidense reduciría el gasto
ni subiría los impuestos, conque podemos despedirnos de que
el gobierno de Bush, económicamente analfabeto, se atreva
a hacer ninguna de las dos cosas. Como no hay mal que por bien no
venga, en este caso, esa dejación puede hacer recordar que
ningún país ni siquiera los poderosos Estados
Unidos- pueden resolver sus problemas devaluando.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesora de Administración de Empresas en la Universidad
de Londres.
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