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Miércoles 29 de Octubre

 

 

 

 
 

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Vuelta a la falsa ilusión de la devaluación

Brigitte Granville*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Para resolver sus problemas internos, Estados Unidos debe adoptar una actitud presupuestaria más rigurosa

“El dólar es nuestra moneda y el problema de ustedes”. Esa fue la ocurrencia del Secretario del Tesoro de Estados Unidos, antes de que el Presidente Richard Nixon pusiera fin al sistema de Breton Woods, hace tres decenios. Lo que la franqueza de John Connolly reflejaba era la capacidad —y la disposición— de Estados Unidos para exportar sus problemas económicos, reduciendo el valor del dólar y convirtiendo en chivos expiatorios a los países opuestos a aquella estrategia. El Presidente George W. Bush parece empeñado en repetir la desafortunada política de Nixon.

Como el equipo Nixon/Connolly, la reacción del gobierno de Bush ante los inmensos déficit presupuestario y comercial ha sido la de dejar caer —y con fuerza— al dólar, al tiempo que intenta también distraer la atención de su responsabilidad, señalando con un dedo acusador a China como la causa de las presiones deflacionistas y del desempleo en Estados Unidos. Sin embargo, es probable que esa estrategia resulte tan ineficaz ahora como lo fue para Nixon, quien sólo consiguió iniciar un período de estancamiento.
La política de Bush está condenada a fracasar, porque, como en el decenio de 1970, los problemas económicos de Estados Unidos son de origen local. No son importados y no se pueden resolver simplemente cambiando el valor del dólar.

La dependencia del mundo respecto de Estados Unidos como única fuente de aumento de la demanda mundial brinda a este país la posibilidad de maniobrar con su divisa, pero a costa de agravar inmensos desequilibrios mundiales. Desde 2000, el exceso de capacidad productiva de Estados Unidos ha superado las de la zona del euro y del Japón combinadas, pues su economía ha crecido más despacio que su potencial anual de 3,5% a 4% y el desempleo ha aumentado en Estados Unidos.

Lamentablemente, Estados Unidos no es el único que considera la devaluación una panacea para los problemas internos. Las autoridades japonesas, demasiado tímidas para emprender reformas serias en su país, se esfuerzan por mantener lo más bajo posible el valor del yen frente al dólar y las divisas asiáticas rivales.

De forma semejante, la Unión Europea creó el euro para dar a sus miembros una mayor estabilidad monetaria. Cuando el euro estaba bajo, el orgullo herido obligó a los gobiernos de la UE a hacer declaraciones para intentar lograr que subiera. Ahora que el euro está alto, los mismos gobiernos hacen lo propio para intentar lograr que baje.

El vertiginoso ascenso, ponderado según la balanza comercial, del euro en el último año está exacerbando, en efecto, las presiones inmediatas dentro de la UE, pero los ministros de Hacienda de la Unión harían mejor en acelerar las reformas internas que Europa necesita, en lugar de seguir el ejemplo de Bush y presionar al Banco Central Europeo para que haga bajar una divisa fuerte hasta su valor real.

Aun así, la estrategia monetaria de Estados Unidos es la más insensata: otro inmenso error en una política económica tan caprichosa, que resulta difícil saber por dónde empezar a enumerar sus errores. Tal vez el mejor punto por el que comenzar sea el rápido deterioro del presupuesto federal de Estados Unidos en los dos últimos años. A partir de un superávit de 1,4 por ciento del PIB en 2000, el gobierno Bush ha obtenido un déficit de 4,6 por ciento este año. Los déficit presupuestarios de Estados Unidos pueden haber librado a las economías americana y mundial de resultados aún peores en los dos últimos años, pero ahora resulta mucho más difícil resolver los males que aquejan a Estados Unidos.

Una política fiscal más rigurosa podría contribuir en gran medida a fomentar la confianza en Estados Unidos y también a ayudar al resto del mundo a abandonar su dependencia de este país como único motor del crecimiento. El crecimiento en otros países podría ayudar a Estados Unidos a exportar más, pero eso no brindará la solución milagrosa que anhela el gobierno de Bush, porque un dólar débil no tiene por qué provocar un aumento equivalente en el precio de las importaciones estadounidenses. Se debe, en parte, a que el precio final de un producto importado refleja numerosos costos, como, por ejemplo, la distribución y la comercialización, en los que no influye el tipo de cambio.

De hecho, muchos países que exportan a Estados Unidos —en particular, Japón y China— fijan los precios de sus productos en dólares. Como esos países tienen mucho interés en mantener su cuota en el mayor mercado del mundo, con frecuencia absorben el efecto de una bajada del dólar, reduciendo sus beneficios en lugar de subir los precios. Como muestra, un reciente estudio de John Lipsky, economista jefe de J.P. Morgan, se está reduciendo la vinculación entre los tipos de cambio y el comercio.
Lo que hace que la estrategia de Estados Unidos resulte insensata es que el gobierno de Bush está atacando a China en el preciso momento en que está aumentando su dependencia respecto de las compras chinas de bonos estatales estadounidenses. Sin dichas compras Estados Unidos podrían afrontar un aumento de los tipos de interés internos que podría constituir una amenaza, tanto para su recuperación económica como para la economía mundial.

Para resolver sus problemas internos, Estados Unidos debe adoptar una actitud presupuestaria más rigurosa y no reducir el valor del dólar, pero, como se avecinan las elecciones presidenciales, ningún gobierno estadounidense reduciría el gasto ni subiría los impuestos, conque podemos despedirnos de que el gobierno de Bush, económicamente analfabeto, se atreva a hacer ninguna de las dos cosas. Como no hay mal que por bien no venga, en este caso, esa dejación puede hacer recordar que ningún país –ni siquiera los poderosos Estados Unidos- pueden resolver sus problemas devaluando.

Copyright: Project Syndicate.
*Profesora de Administración de Empresas en la Universidad de Londres.


 

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