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Domingo 26 de Octubre

 

 

 

 
 

Confianza en Dios
¡Gracias, Emilia!

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Cuando se habla de la providencia de Dios, que cuida de sus criaturas suena como un concepto muy consolador, pero debe tener un fuerte respaldo: la seguridad plena y la confianza en Dios, aunque no entendamos sus designios.

Aunque esta historia ha circulado mucho, siempre viene bien leerla y meditar en su estupenda moraleja:

“Emilia pertenecía a una familia de clase media en un país europeo que sufría estragos y carestías después de una prolongada guerra nacional, donde hambre y epidemias amenazaban a toda la población. Emilia, desde pequeña, había tenido una salud delicada que no había podido mejorar por las condiciones en las que vivía.

“Siendo muy joven, se casó con un obrero textil, y se establecieron en una población nueva, lejos de familiares y conocidos. Poco tiempo después, nació su primer hijo, a quien llamó Edmundo, un chico atractivo, buen estudiante, atleta y de gran personalidad. Unos años más tarde, Emilia dio a luz a una niña, que sólo sobrevivió pocas semanas por las malas condiciones de vida a la que la familia estaba sometida.

“Catorce años después del nacimiento de Edmundo y casi diez de la muerte de su segunda hija, Emilia se encontraba en una situación particularmente difícil: tenía cerca de cuarenta años y su salud no había mejorado; sufría severos problemas renales y su sistema cardíaco se debilitaba poco a poco debido a una afección congénita.

Por otro lado, la situación política de su país era cada vez más crítica, pues había sido muy afectado por la recién terminada Primera Guerra Mundial. Ellos vivían con lo indispensable, entre la incertidumbre y el miedo de que estallase una nueva guerra.

“Justamente en esas terribles circunstancias, Emilia se dio cuenta de que nuevamente estaba embarazada. A pesar de que el acceso al aborto no era tan sencillo en esa época y en ese país no existía la opción, no faltó quien se ofreciera a practicárselo. Su edad y su salud hacían del embarazo un alto riesgo para su vida. Además, su difícil condición de vida le hacía preguntarse:

¿Qué mundo puedo ofrecer a este pequeño? ¿Un hogar miserable en un pueblo en guerra?
“Y eso que en este momento Emilia desconocía que a ella misma sólo le quedaban diez años de vida a causa de sus problemas de salud, que Edmundo, el único hermano del bebé que esperaba, moriría trágicamente dos años después, y que algunos años más tarde estallaría la Segunda Guerra Mundial, en la que el padre de la criatura que estaba por nacer también perdería la vida.

“Sin embargo, a pesar de todo, Emilia optó por darle la vida a su hijo, a quien puso por nombre Karol. Y este niño, ahora anciano, vive todavía, ha celebrado sus veinticinco años de pontificado como Juan Pablo II, ha recorrido miles de kilómetros haciendo gritar a millones de gargantas conmovidas ‘Juan Pablo II, te quiere todo el mundo’. Gracias, mil gracias, Emilia”.

Estas conmovedoras historias permiten reflexionar que, aunque Dios sabe más, siempre respeta las decisiones que tomamos, que deben estar de acuerdo con la ley divina para no oponerse a sus planes, y nos pide confianza en Él, como un niño pequeño pueda tenerla con su padre.

Similar es la anécdota del alpinista que resbaló mientras escalaba una peligrosa montaña, intentando alcanzar la cumbre y, luego de una caída vertiginosa, quedó colgado de una cuerda, en el saliente de una roca y suspendido en el vacío, mientras la noche caía sobre el lugar.

Recurrió a Dios implorando su salvación, y el Creador le respondió que podría ayudarle sólo si confiaba plenamente en El, a tal grado que debía soltarse de la cuerda y dejarse caer.

Las dudas que le asaltaron probaron ser más fuertes que su confianza, porque se mantuvo aferrado a la cuerda durante toda la noche. A la mañana siguiente, un cadáver congelado se balanceaba fuertemente asido a una cuerda, a una distancia de sólo un metro de una plataforma rocosa.

Cuando se habla de la providencia de Dios, que cuida de sus criaturas suena como un concepto muy consolador, pero debe tener un fuerte respaldo: la seguridad plena y la confianza en Dios, aunque no entendamos sus designios, aunque nos cerque la oscuridad, aunque desde el punto de vista humano parezca imposible. Porque sólo entonces va Dios a actuar, si le dejamos hacerlo. Y esto no significa que debemos adoptar una actitud pasiva y conformista de no mover un dedo, porque el Señor se hará cargo de todo.

El comportamiento del cristiano coherente debe ser trabajar como que todo dependiera de él, pero rezar como que todo dependiera de Dios. Que es lo mismo que “a Dios rogando y con el mazo dando”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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