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Forjaron
recios caracteres
Dos escuelas singulares
Abel y Olga se conocieron en la vieja Gotera de nuestras entrañas
y se juntaban en cada vacación. Se enamoraron.
Era un matrimonio desigual. Mi padre, don Abel Salazar, fue educado
en el Liceo Franco-Salvadoreño que dirigía don Emilio
Herodier, en San Salvador, pero siempre volvía a la Madre
Tierra, de la que nunca se despegó.
En Lolotiquillo, en su Hacienda San Antonio, cuidaba
sus hatos de ganado, la molienda, los sembrados de maíz,
arvejas, maicillo y frijoles.
El ordeño, las pastillas de cuajo que endurecían la
leche en largas palanganas de lata, el amasar de la
cuajada, colocarla en los moldes para hacer quesos, hasta que a
las cuatro de la tarde se empotreraban las vacas
que pastaban en los montes para la jornada del otro día.
En la madrugada se pegaba la yunta al trapiche. Sus
dientes de fierro comenzaban a chirriar
al devorar, una tras otra, las cañas amarillas o moradas.
El horno era un infierno, alimentado por los mogotes
de bagazo que se consumían en sus entrañas.
El juguecaña hervía en los peroles al
punto de puzunga. Los moldes volteados expulsaban
los blancos atados de dulce, cada vez que respingabanen
las piedras contra las que chocaban estrepitosamente.
Todos los octubres la caravana de carretas partía en las
madrugadas a San Pedro, San Gregorio y la
otra finca, al tope de la montaña, donde el ganado se hartaba
de forraje en los tiempos de verano. Terminada la corta, el café
se vendía a La Curacao, en San Miguel, y las
vacas horras bajaban a los llanos para que Mariposo,
el toro rojo, las preñara.
Mi madre, doña Olga Rodezno, vino a estudiar al Colegio
Santa Inés, a Nueva San Salvador; viajaba desde Gotera,
en carreta, hasta Zacatecoluca, en donde abordaba el tren que entraba
reculando. El 21 de noviembre de 1920, le extendieron
un diploma por haber obtenido la nota de sobresaliente
con mención honorífica.
Sor Margarita Sylve, don José R. Parker, don Rogelio Núñez,
el Dr. José Rivas R., entre otros, firmaban el galardón.
Pasó después al College de Jeunes Filles,
fundado por la francesa Cecilia Chery, donde, con notas sobresalientes
y mención honorífica, recibió el título
de Tenedor de Libros, el 11 de noviembre de 1923. El Dr. Tácito
Molina, don Saúl Flores, don Víctor Jerez, don Carlos
Zepeda y la propia doña Cecilia firmaron el lauro.
Abel y Olga se conocieron en la vieja Gotera de nuestras entrañas
y se juntaban en cada vacación. Se enamoraron. Pero a los
Rodezno se les hacía difícil pensar que Olga se casara
con Abel, el montaraz. Las tías Amelia y Herminia
Quezada Barrios se habían ido a vivir a San Francisco.
La primera se casó con el italiano John Costa, y la segunda,
con Ricardo Girón Peñalba, mexicano nacido en Baja
California. Para evitar la boda mandaron para allá a mi mamá,
pero a su regreso el matrimonio no se pudo detener.
Trasladados en 1939 a San Salvador, mi mamá nos hablaba en
inglés y en francés a la hora de las comidas, y con
diligencia especial nos enseñó las cuatro tablas,
gramática, historia, geografía, cívica, moral
y algo que sé yo de religión.
En vacaciones salía con mi papá por las calles empedradas
y polvosas de Morazán y, cuando nos metíamos cabalgando
a Joaquín y a Catarro en los pinares
del norte, me decía: Yo le voy a enseñar a tomarse
un trago... si un hombre se puede tomar cien... no debe de beberse
el último, porque lo convierte en cerdo.
Sentados en las gradas de la casa solariega de la finca, en Lolotiquillo,
mirando la silueta del volcán de Osicala, que se iba perdiendo
en el ocaso de la tarde, veíamos pasar a Andrés Carne
Seca, el corralero, y a Felipe Tincute, el hornero:
Por el trabajo de ellos y el nuestro... tenemos esto.
Así aprendimos mucho de aquel matrimonio desigual: el amor
a la ilustración y el respeto a los humildes.
* Dr. en Derecho.
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