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Analizando
Partidos políticos y corrupción
Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El peligro de que la corrupción siga creciendo con el mismo
ritmo como hasta ahora es que vaya a provocar crisis y evolucione
al deterioro social, como en varios países de L.A.
La corrupción en las altas esferas de nuestro medio, más
que un asunto de control y rendir cuentas, se ha convertido en un
problema político y, como tal, los institutos políticos
podrían contribuir a enfrentarlo y tal vez hasta resolverlo.
La tarea no es tan fácil, pero no imposible y a menudo desempeñan
un rol de peso la denuncia ciudadana y los medios de comunicación,
que en este respecto realizan una verdadera auditoría social.
Los corruptos lo saben, por cuanto lo primero que hacen para defenderse
es obstruir el acceso a la información, para escurrir el
bulto ante la opinión pública.
En esto de la corrupción no hay que pecar de ingenuos y mucho
menos rasgarse las vestiduras. Es y ha sido el mal de siempre, aquí
como en cualquier parte. Según parece, la posibilidad de
componerse se transforma en una pasión incontrolable
de la que muy pocos logran escapar, y lo prueba el hecho de que,
salvo muy raras excepciones, prácticamente nadie está
dispuesto a conformarse sólo con el sueldo. En realidad,
lo preocupante es su crecimiento exagerado en los últimos
tiempos, alcanzando niveles nunca vistos en el pasado, aun en gobiernos
de corte populista, ilegítimos y hasta de transición.
Hay que admitir que el marco legal vigente y sus mecanismos de control
son verdaderas coladeras y tapadurías que, lejos
de prevenir, detectar y corregir un problema de tanta raigambre,
en cierta forma hasta lo estimulan. La corrupción ha empañado
las buenas obras de la mayoría de gobernantes de la última
década, no sólo en el gobierno central, también
en las municipalidades, entidades autónomas y otras organizaciones
descentralizadas. Además de causar desprestigio en alguna
medida, tiende a frenar el proceso de democratización que
tanto ha costado al país, hace añicos la credibilidad
que los ciudadanos depositan en sus funcionarios, provocando pesimismo
y desencanto, y para colmo, hasta adquiere las características
de un arma política que esgrimen algunos interesados en sus
intentos de debilitar el Estado para aprovecharse de las circunstancias
con fines electoreros.
El tiempo ha demostrado que no basta la simple existencia de leyes
en contra de la corrupción, que se necesita, además
de la voluntad política de descubrir y castigar a los responsables,
de la colaboración de todos los sectores sociales y, especialmente,
de los partidos políticos, como antes se ha dicho. Es natural,
son ellos los que seleccionan los cuadros que después salen
con las cajas destempladas y alguna responsabilidad
deben de asumir, a lo mejor si utilizaran filtros más finos
para escoger a su gente, la situación fuera un tanto diferente.
La ciudadanía todavía tiene esperanzas de que algún
partido político, de los que ahora existen tantos, fundamente
su oferta política en una cruzada nacional para rescatar
a nuestro querido país de este lastre. El ciudadano común,
a quien nadie regala nada y tiene que pagar cabales sus impuestos,
ya no soporta, por ejemplo, el nepotismo en gran escala que se observa
en algunas instituciones, el uso de vehículos nacionales
para menesteres familiares, las licitaciones con dedicatoria, la
evasión de impuestos, los viajes turísticos a costa
del erario nacional, los concursos amañados, la impunidad
en sonados casos de defraudación, los incrementos de sueldo
autorrecetados y los cambios en las leyes para beneficiar
allegados.
El peligro de que la corrupción siga creciendo con el mismo
ritmo como hasta ahora es que vaya a provocar crisis y evolucione
al deterioro social, como ha sucedido en varios países de
Latinoamérica. Estos últimos generan tanta desconfianza
en el concierto internacional, que los organismos financieros los
obligan a adoptar medidas específicas contra la corrupción,
como condición para prestarles dinero o enviarles asistencia
humanitaria, además de que el mismo gobierno de los Estados
Unidos, se ha visto en la necesidad de retirar visas a los funcionarios
corruptos y a sus familiares.
* Dr. en Medicina.
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