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Recuerdos
de Alemania
De la condesa y el robo de la autopista
Luis Sarbelio Navarrete*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
No lo podía creer. Donde antes existían dos carriles
después de la separación de las vías, ahora
había crecido ahí la hierba y sólo se veía
el lecho vacío
Antes de partir a Alemania en 1955, alguien me contó que los
comunistas de la Unión Soviética se habían llevado
para su patria muchas fábricas y hasta autopistas de la Alemania
del Este, para incorporarlas a su territorio como botín
de guerra, al terminar la Segunda Guerra Mundial. Lo primero
me pareció cierto y factible, y hasta justo, pues a la Unión
Soviética le había tocado la peor parte en el conflicto.
¿Pero robarse las autopistas? Eso era imposible. No concebía
cómo se podía arrancar el asfalto de las carreteras
alemanas y llevarlo para suplir las de allá. Debo advertir
que era mi primer viaje a Europa y el primero fuera de El Salvador.
Al llegar a Alemania residimos en Bonn, entonces la capital de la
República Federal de Alemania o Alemania Occidental, sede,
por consiguiente, del gobierno y del Cuerpo Diplomático. Por
aquel tiempo Walter Béneke, personal y buen amigo mío
desde cuando fuimos compañeros en el Externado de San José,
y luego mi jefe inmediato en la administración del antiguo
Valle de La Esperanza, Walter, repito, era el Secretario de nuestra
embajada; don Juan José Castaneda Dueñas, el Embajador;
el coronel Mauricio Ramos Ramírez, el Agregado Militar, y mi
cuñado, el Dr. Pedro Abelardo Delgado, el Agregado Comercial,
todos ellos hoy de grata recordación.
Comenzaba yo a aprender el idioma, cuando Pedro llegó a la
casa con una gran noticia: Había recibido invitación
de la Alemania comunista para visitar Leipzig, con ocasión
de celebrarse allá una feria industrial muy importante y tradicional.
Leipzig está situada como a mil kilómetros de Bonn,
y queriendo conocer la Alemania Oriental, le sugerí que me
llevara como su chofer. En casa del Cnel. Ramos Ramírez trabajaba
como empleada doméstica una señora bien educada, que
decía ser una condesa empobrecida por la guerra y que tenía
familia en Leipzig, su ciudad natal. Por supuesto deseaba ir también
allá y su conocimiento del idioma y las costumbres alemanas
nos serían de provecho.
Se nos concedió el permiso, tanto a ella como a mí,
y con Pedro partimos los tres para Leipzig, donde nos quedaríamos
tres días. Poco antes de llegar a la frontera, tomé
el volante del Renault verde de Pedro y, como chofer de
diplomático, tuve mi primer encuentro con la policía
fronteriza. Se me advirtió que debía conducir, tanto
a la ida como al regreso, por la única autobahn
que se me indicó, sin desvíos a ninguna otra ciudad.
Y así lo hice. Mi sorpresa fue grande cuando la autopista,
que durante la travesía por Alemania Occidental había
sido de cuatro carriles, separados por en medio y por los que circulaban
vehículos en sentidos contrarios, de repente se convirtió
en una autopista de sólo dos carriles. No lo podía creer.
Donde antes existían dos carriles después de la separación
de las vías, ahora había crecido ahí la hierba
y sólo se veía el lecho vacío. Yo me desplazaba
por los dos únicos carriles que quedaban, haciéndome
a la derecha cuando encontraba autos que venían en sentido
opuesto, y hasta entonces comprendí que la autopista no estaba
asfaltada, como yo suponía cuando aún estaba en El Salvador,
sino que había sido construida por bloques de cemento armado,
estables y desmontables. Los comunistas se habían llevado para
la URSS los bloques de la mitad de la autobahn desaparecida.
Aunque me conducía por esa única mitad de la autopista,
cuatro retenes militares nos detuvieron mientras duró la travesía
por la Alemania Oriental, sólo para comprobar nuestros tiempos.
Llegamos a Leipzig como a las cinco de la tarde, y a los tres viajeros
-incluida la condesa venida a menos- nos fue sumamente impresionante
contemplar la histórica ciudad, triste, gris, opaca, donde
la gente hacía enormes colas para obtener algo de comer con
sus cartillas de racionamiento. Pensé que nunca podría
acostumbrarme a una cosa así, hasta que llegamos al hotel para
turistas donde nos quedamos, que era como los de Occidente. La condesa
se fue adonde sus familiares.
Para regresar pasé a echar gasolina en el centro de la gran
ciudad y mi otra sorpresa fue que la gasolinera era activada manualmente
por un muchacho.
Cuando le dije que llenara el tanque, me advirtió que lo que
yo tendría que pagar por tanta gasolina era más o menos
lo que él ganaba en un mes. -Lo siento, respondí, pero
voy hasta Bonn, son más de mil kilómetros y todavía
tendría que volver a fuliar al llegar a Frankfurt
del Meno en la otra Alemania. El muchacho me entendió mis pobres
palabras en alemán, hizo un gesto de conformidad que nunca
olvidaré, y nos deseó un feliz viaje. La condesa no
dijo nada, pero la vi por el espejo retrovisor y me pareció
que lloraba...
* Dr. en Medicina.
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