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LA AGENDA SOCIAL

Marvin Galeas*
E-mail: marvinn@integra.com.sv

El populista cree que en algún lado tiene que haber una bodega donde hay dinero en abundancia, frijoles, televisores...

El populismo no es una ideología, ni siquiera una plataforma política. Es lisa y llanamente una estrategia de comunicación que se fundamenta en la demagogia, el más despreciable de los recursos retóricos.
Una de las frases del catálogo populista más en boga en estos tiempos electorales es “agenda social”. La palabra agenda sugiere un programa de acciones, a la cual se le agrega, faltaba más, “social”. Palabreja que por sus connotaciones convocativas y evocativas se ha convertido en la palabra estrella del recetario populista: justicia social, conciencia social, economía social y tal o cual cosa en función social.

De manera que cuando un político que aspira a un cargo de elección popular habla de agenda social, está vendiendo la idea de que tiene, a la par de su agenda de actividades como funcionario, una especie de varita mágica para aliviar la situación de los menos favorecidos. Y lo más lamentable es que a muchos de nuestros pueblos en América Latina les encanta comprar esa idea.
Es por ello que la aparición de populistas en el escenario político latinoamericano se ha vuelto cíclica. Hay una gran variedad de especímenes populistas en el supermercado de la política. Los hay de derecha, al estilo de Juan Domingo Perón, o de izquierda, como Daniel Ortega en Nicaragua. Se encuentran en el estamento militar, como Omar Torrijos, Velasco Alvarado y Hugo Chávez.

Abundan entre los demócrata cristianos, los social-demócratas, pero sobre todo en los movimientos afiliados al marxismo-leninismo. Hay entre los populistas los que saben perfectamente que lo que dicen es pura retórica. Una manera de ganar votos con ciertas promesas que saben que no cumplirán una vez conquistado el cargo al que aspiran.

Y los hay los que se empeñan, una vez en el poder, en llevar adelante todos los disparates en los que creen. Estos son bichos de cuidado. Son los más peligrosos, porque las secuelas de sus acciones suelen dejar a los pueblos sumidos en el caos y la miseria por largos años.
Estos últimos están convencidos de que, como dice un famoso columnista “la calidad moral de los gobiernos se mide por el volumen del gasto social”. Es la famosa “agenda social” de la que hablaba al inicio. Para ellos la cuestión de la pobreza se resuelve con una simple operación de aritmética. Restando aquí y adicionando allá.

El populista cree que en algún lado tiene que haber una bodega donde hay dinero en abundancia, frijoles, televisores, viviendas, buenos salarios, medicinas. Y que lo que pasa es que los gobernantes neoliberales, al “servicio de los intereses del gran capital y del imperialismo yanqui”, no quieren repartir entre los pobres el contenido de esa milagrosa y gigantesca bodega, a la cual, por supuesto, sólo tiene acceso un grupito de privilegiados.
De manera que cuando el populista, socialista o comunista está en el gobierno, descubre que la tal bodega, que urge para llevar adelante su agenda social, está en las grandes empresas. No queda otra que hostigarlas, acosarlas con impuestos e incluso expropiarlas, para luego repartir justicia social. Claro, en esa concepción el gobierno se convierte en el gran expropiador y a la vez en el gran repartidor.

El gobierno populista, al administrar la economía, cree, entonces, que tiene no sólo el derecho, sino también el deber de reglamentar las vidas de las personas. Al final, lo que queda, como está harto demostrado, es una historia de abusos contra la sociedad y de ruina económica. Allí están como ejemplo el Perú de Alan García, la Nicaragua de los sandinistas y la Cuba de Fidel Castro.
En nuestro país, personas como Humberto Centeno, Dagoberto Gutiérrez, la nomenclatura de la UCA e incluso uno que otro despistado en las filas de la derecha, creen que la riqueza es una especie de tesoro escondido por grupos despiadados, y no el resultado expansivo de procesos productivos eficientes en el contexto de economías abiertas, democracia política y orden de derecho.

Frente a la pobreza que abate a nuestros países, hay básicamente dos tipos de políticos: los suscriptores de la “agenda social” y todo el espejismo y desgracia que generan, y los que con un gran sentido de la realidad batallan por ofrecer igualdad de oportunidades, aun a sabiendas de que no todos aprovecharán de igual manera esas oportunidades.

Y para crear igualdad de oportunidades, se requiere consolidar la democracia política. La inversión en capital humano, es decir en educación de calidad, no tanto como inversión social, sino más bien como una visión económica de gran proyección para erradicar la pobreza. Una persona educada y que vive en democracia encuentra, en el satanizado libre mercado, sus mejores oportunidades para llegar tan lejos como su capacidad de trabajo y su imaginación se lo permitan.

Vivimos tiempos electorales. Suenan por doquier las trompetas del populismo, señalando problemas y ofreciendo justicias y agendas sociales. Ante esos cantos de sirenas debemos echar un vistazo a la tragedia que vive Venezuela y recordar lo que los sandinistas hicieron de Nicaragua.

Una reflexión final: Durante la Segunda Guerra Mundial, ese gran estadista que fue sir Winston Churchill no ofreció nada a sus connacionales, más bien les demandó “sangre, sudor y lágrimas”. Inglaterra salió adelante.
Ante los problemas de pobreza que vive Brasil, Lula, el nuevo figurón de la izquierda, ha ofrecido “desayuno, almuerzo y cena”. Ya veremos dónde estará Brasil dentro de poco tiempo.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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