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Palabras
La batalla triunfal

Carlos Balaguer

Batalla en el desierto. Así debiera llamarse el gran drama humano. Donde todos luchamos a diario, por la vida, por lo que amamos, por lo que anhelamos... Por lo perdido.

Luchar implica amar; entonces, pues, el hombre debe luchar por el amor, o hacer de su lucha una aventura, utilizando el amor como arma de luz y como fin. Es así como, desde antes de nacer, viene librando duras batallas. Primero en los océanos amnióticos, donde tuvo que buscar la vida, cruzando la noche de la carne, en el génesis de su nombre; cuando era sólo un espermatozoo flagelado buscando el oriente de la vida...

Después, cruzando la lucha de la historia.
Cuando niño, sobrevivió a fiebres, a tremendas caídas... Seguimos la jornada y llegamos a soportar o superar tremendas rupturas físicas y espirituales.

Seguimos, simplemente la batalla. Sólo continuamos la aurora, la razón de seguir. Nuestros órganos internos, las glándulas endocrinas, y todo el sistema interior, lucha a cada instante por que la vida triunfe en nuestro cuerpo, en nosotros mismos.
Somos el héroe anónimo de la lucha triunfal de vivir.


Día a Día

El estado de crónica depresión de la agricultura nacional es uno de los estorbos para aprovechar a plenitud el TLC con Estados Unidos, pues nos vuelve más vulnerables a la producción foránea. Hay sectores de nuestra economía en los que podemos competir con éxito; en otros, las capacidades son limitadas, pero en agricultura “estamos en la calle”.

Estamos en la calle por dos razones. Una, porque, el esquema demencial impuesto en 1980, a punta de pistola, impide ir más allá de empresas y producción limitadas; dos, porque se habla muchísimo sobre la crítica necesidad de reactivar la agricultura, pero no se toca lo medular del asunto: las restricciones constitucionales al tamaño de la propiedad.

Literalmente la agricultura salvadoreña está en camisa de fuerza, condenada al subdesarrollo, a la subsistencia, a la mediocridad y a quedar en extremo sujeta a los vaivenes de los mercados.

En ninguna otra nación hispanoamericana, con excepción de Cuba, existen limitaciones al tamaño de la propiedad, o hay una tan grande proporción de las mejores tierras en poder de “cooperativas” de jornaleros y agricultores en pequeño. De la resultante baja productividad de la agricultura se deriva, a la vez, la pobreza del poblador rural.

 

 

 

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