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La última carta de Mericknoll

Sir Mericknoll era un hombre diestro con las armas. Hasta tenía la fama de que aunque estuviera ebrio siempre daba en el blanco.

El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

Precisamente eso fue lo que hizo que perdiera apoyo y simpatías en la Comarca.
Hace tres años, y gracias a un cálculo cabalístico, Mericknoll se ganó su puesto en la Casa del Pueblo, en representación de la Dama de las Manos Azules.

Llegó en tercer lugar (de tres posibles) de un lugar de la Comarca conocido como San Vicente.
A él no le importara que dijeran que con las sobras o residuos hubiera ganado su curul.

Lo importante, consideraba, era tener la voz, el voto, los privilegios y el oro que significaba ser un ilustre miembro de la Casa del Pueblo.

Eso de que en qué lugar había llegado era irrelevante.

Pero todo se puso cuesta arriba.


No sólo fue su memorable puntería (y su épica borrachera) lo que ha puesto en aprietos a Mericknoll.
También tuvo que ver un compañero suyo en la Casa del Pueblo que se expresó con desprecio hacia las mujeres.

Mericknoll vio con espanto cómo varias agrupaciones vicentinas hacían llamados para no apoyar a los lacayos de la Dama de las Manos Azules.

- ¡Marrofín, me has metido en un lío muy grande! -riñó Mericknoll al responsable, quien se limitó a decirle que era una estrategia para despistar, y que además había sido una broma.

Desesperado, Mericknoll acudió al Hombre de las Gafas Oscuras para que lo quitara de San Vicente y lo colocara en un círculo más exclusivo, en la Plancha.

Sólo obtuvo una negativa.

Pero eso no era todo.


Varios ducados de menor cuantía decidieron correr juntos en varios sitios de la Comarca, para quitarle a la Dama de las Manos Azules parte de la representación en la Casa del Pueblo.

Mericknoll estaba en la mira. Sintió que era despojado de sus privilegios.

Entonces se lanzó a la campiña vicentina con doctores y curanderos para atraer el apoyo de sus conciudadanos.
Pero no está seguro. Por eso, una noche decidió sentarse a escribir una peculiar carta.

“¡Estoy desesperado! Quiero volver a la Casa del Pueblo y necesito que me echen una mano. ¡Háganlo por todos aquellos años en los que nunca pedí nada! ¡Les prometo, queridos Reyes Magos, exención de impuestos!”

 

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