Turismo
 
Inicio del Sitio Viernes 3 de enero
 

 




CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS
EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
ESCRIBANOS
CONOZCANOS


 
 

El pueblo de la infidelidad

Guillermina destaza carne en aquel pueblo polvoriento desde que tiene uso de razón.

El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

Ahí le enseñaron el oficio que sabe gracias a la primera imagen que recuerda de su madre con un cuchillo filoso que relucía al rozarlo con una piedra.

La madre de Guillermina tomaba aquella piedra, la humedecía con un tanto de agua y presionaba la hoja del cuchillo largo, ancho, puntiagudo con el cual eliminaba la grasa en un santiamén.

Las manos robustas, las yemas de los dedos regodeadas de carne y un par de cicatrices en la palma derecha eran los otros detalles que traía a su memoria cuando hacía un esfuerzo por recordar el nombre de su madre.

En realidad, nunca lo supo.

Las señoras que llegaban a comprarle libras de carne sólo la llamaban madre. “Mire, mi madre, y a como me va a vender la libra. Pero, mire, mi madre, me va a quitar esa gordura, ¿verdad, corazón?”.

Nunca escuchó otra palabra y tampoco se atrevió a preguntarle a aquella señora cejijunta algo más que los cortes que debía hacer cada mañana frente a las tiras sangrientas, frescas, que aún tenían impregnadas el olor al último mugido de la bestia que pasó a manos del matarife, esa misma mañana en un destazadero.

Guillermina solo imaginaba esos detalles cuando quería reflexionar sobre su vida. Si necesitaba un respiro traía a cuenta la historia difusa de su madre. De todos modos, esa señora le enseñó el oficio que le había dado de comer a ella, a sus siete hijos y a su marido... a ese desgraciado que ahora la hacía hurgar entre los recuerdos para obtener una respuesta.

Guillermina nunca comprendió cómo diablos iba a hacer para explicarle a sus hijos o defenderse ante la policía, de todos modos, nadie le creería que lo hizo por cólera más que por capricho. Semejante desgraciado. ¡¿Cómo se le ocurre llevarle a la querida frente a sus narices después de haberse desaparecido una semana?!

Si porque es decente dejó que la tortolita tuviera escapatoria. Ahora, frente al cráneo hendido de su marido, ese hijo de la chingada que la fastidió durante quince años, lo menos que podía hacer era meterle una tira de chorizos en el surco que el filo del machete había dejado.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal
 
 


escribame escribame escribame escribame