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El pueblo de la infidelidad
Guillermina destaza carne en aquel pueblo polvoriento desde que
tiene uso de razón.
El Diario de Hoy
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Ahí
le enseñaron el oficio que sabe gracias a la primera imagen
que recuerda de su madre con un cuchillo filoso que relucía
al rozarlo con una piedra.
La madre de Guillermina tomaba aquella piedra, la humedecía
con un tanto de agua y presionaba la hoja del cuchillo largo, ancho,
puntiagudo con el cual eliminaba la grasa en un santiamén.
Las manos robustas, las yemas de los dedos regodeadas de carne y
un par de cicatrices en la palma derecha eran los otros detalles
que traía a su memoria cuando hacía un esfuerzo por
recordar el nombre de su madre.
En realidad, nunca lo supo.
Las señoras que llegaban a comprarle libras de carne sólo
la llamaban madre. Mire, mi madre, y a como me va a vender
la libra. Pero, mire, mi madre, me va a quitar esa gordura, ¿verdad,
corazón?.
Nunca escuchó otra palabra y tampoco se atrevió a
preguntarle a aquella señora cejijunta algo más que
los cortes que debía hacer cada mañana frente a las
tiras sangrientas, frescas, que aún tenían impregnadas
el olor al último mugido de la bestia que pasó a manos
del matarife, esa misma mañana en un destazadero.
Guillermina solo imaginaba esos detalles cuando quería reflexionar
sobre su vida. Si necesitaba un respiro traía a cuenta la
historia difusa de su madre. De todos modos, esa señora le
enseñó el oficio que le había dado de comer
a ella, a sus siete hijos y a su marido... a ese desgraciado que
ahora la hacía hurgar entre los recuerdos para obtener una
respuesta.
Guillermina nunca comprendió cómo diablos iba a hacer
para explicarle a sus hijos o defenderse ante la policía,
de todos modos, nadie le creería que lo hizo por cólera
más que por capricho. Semejante desgraciado. ¡¿Cómo
se le ocurre llevarle a la querida frente a sus narices después
de haberse desaparecido una semana?!
Si porque es decente dejó que la tortolita tuviera escapatoria.
Ahora, frente al cráneo hendido de su marido, ese hijo de
la chingada que la fastidió durante quince años, lo
menos que podía hacer era meterle una tira de chorizos en
el surco que el filo del machete había dejado.
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