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Orientaciones familiares
Viviendo con una pérdida

Por pastor Mario Vega
El Diario de Hoy
E-mail: orientaciones.familiares@navegante.com.sv

Ninguna persona llega a ser la misma después de una pérdida significativa. La aflicción proporciona la oportunidad para que una persona vuelva a descubrir cómo es realmente su carácter y a reconsiderar lo que verdaderamente importa en la vida.

Toda pérdida obliga a la persona a hacer un ajuste en su vida. En la medida que la persona logre tal ajuste más rápidamente se adaptará a su nueva vida después de la pérdida.

Aceptar la nueva situación es el primer paso para aprender a vivir con una pérdida. Esta aceptación pasa por el establecimiento de metas a corto plazo. Algunas de esas metas pueden ser regresar al trabajo, asistir a encuentros sociales, volver a las tareas del diario vivir.

La aceptación significa, básicamente, entender que la vida no ha terminado. Podrá ser diferente, pero todavía puede ser buena gracias a la bondad de Dios.

El segundo paso para vivir con la pérdida es el continuar participando en la vida activamente. Los ideales deben mantenerse a fin de seguir avanzando. Aquello en lo que realmente se cree se demuestra en las épocas difíciles. Los que perseveran llevan las cicatrices de heridas pasadas pero con una perspectiva más clara de lo que Dios quiere de ellos.

El tercer paso para vivir con una pérdida es el conservar las amistades. Después de una pérdida las personas tienden a aislarse y mantenerse solas. La mejor manera para evitar la soledad es comenzar a invertir de nuevo en relaciones con personas que sufren.

Las pérdidas ayudan a las personas a mostrar comprensión y simpatía hacia otros que viven situaciones similares a las que les tocó vivir. Los que miran a los demás a través de las lágrimas de la aflicción tienen una perspectiva que los que no han llorado no pueden ver y están capacitados para ayudar a otros en el dolor.

La mejor señal de que las etapas del dolor han terminado bien es la recuperación del deseo de amar de nuevo. Rehusarse a amar es una señal de que se tiene miedo de perder a otra persona.

Es en esta etapa final de la aflicción que los acongojados pueden ver su pérdida como una experiencia enriquecedora que los hace mejores personas en el proceso. Cambian toda su perspectiva de la vida. Desarrollan una mayor dependencia de Dios quien es el único que en momentos de dolor se muestra comprensivo y da una esperanza para los días por venir.

 

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