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Tema
para meditar
Manías
Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Cuando
Jesús vivió en este mundo, dejó la norma propicia
para seguir sus pisadas. Jesús dijo: Sed pues, vosotros
perfectos, como vuestro Padre
El sufijo manía, según su significado en griego,
es pasión, extravagancia, «una preocupación
arbitraria y extremada por algo singular». El maniático,
en la llamada etimología popular, es el que se deja arrastrar
por un capricho, porque la manía es una costumbre tiránica
o un defecto por deficiencia formativa en el comportamiento habitual.
Este sufijo, tanto en griego como en latín, se identifica
como locura parcial.
El que sufre de este mal experimenta ilusiones y alucinaciones constantes.
Llevada hasta la intensidad, la manía es un «período
de brillante excitación, euforia, de entusiasmo, de exaltación
y rapidez mental, seguido de depresión, tristeza, actividad
nula, desaliento y desgano». Vale decir que el enfermo de
este mal acaba por caer en una psicosis maníaco-depresiva.
Las manías más frecuentes son:
Dipsomanía: psicosis o pasión que inclina al desorden
por las bebidas alcohólicas. El dipsómano es un individuo
enfermo. Su siquis no es normal. Se embriaga siempre «que
lo acomete el acceso». Lo acosa una «sed ardiente»
acompañada del deseo irresistible de beber algo excitante.
Entonces, nada lo detiene, apela a todos los medios, aun a los vergonzosos
o criminales. A todo recurre para procurarse la bebida.
Piromanía: impulsión al incendio. Se puede manifestar
este impulso en cualquier individuo desequilibrado o en «individuos
que pertenecen a las categorías inferiores de la generación
mental». Hay pirómanos que son impulsivos inconscientes,
es decir, que incendian sin motivo, «arrastrados por una impulsión
irresistible». Otros proceden «bajo la influencia de
un motivo fútil».
Cleptomanía: pasión morbosa e irresistible al hurto
o robo. Los cleptómanos son «instintivos y semi imbéciles».
Sus hurtos «enteramente automáticos» afligen
al paciente y «cuando sucumbe, experimenta pesar y arrepentimiento».
Esto quiere decir que, aunque el agente actuante se resista a la
odiosa propensión de hurtar o robar por impulso, en cualquier
oportunidad vuelve a sus inclinaciones, no importa la posición
económica que tenga, buena o mala.
Mitomanía: inclinación enfermiza o morbosa a las mentiras
o fabulaciones. A los mitómanos no se les puede creer nada,
porque sus declaraciones son contrarias a la verdad. En una de las
comedias de Juan Ruiz de Alarcón, se aprecia la personalidad
de don García, el protagonista, caballero apuesto y joven,
de mucha hacienda, de brillante ingenio, pero con un terrible vicio:
la mentira.
Por la mentira se mete en un sinnúmero de enredos, y hasta
pierde a la joven que en realidad ama. Y cuando García dice
la única verdad de su vida, nadie le cree, porque «en
boca del que mentir acostumbra, es la verdad sospechosa».
Megalomanía: delirio de grandeza. «El cerebro enfermo»
de quien la padece lo hace soñar o parecer que es descendiente
de ilustres familias, millonario, una especie de profeta o superhombre;
que posee altas relaciones sociales y prodigiosa inteligencia, poder
influyente, altisonantes títulos, atracción física
irresistible y méritos para ocupar altas posiciones y ser
tenido en cuenta en las más distinguidas esferas. Son personas
insoportables por la locura de la grandeza que presumen
poseer.
Erotomanía: pasión o enajenación mental estimulada
por el amor o las preocupaciones de orden genital. Los sexólogos
sostienen que el erotómano se imagina que muchas personas
del sexo opuesto están enamoradas de él, y sus manifestaciones
se tornan exageradas.
Ninfomanía: un irrefrenable deseo sexual. Se la ha llamado
también «hipersexualidad». Su característica
está constituida por un apetito sexual voraz. Es una enfermedad
que puede tener origen en causas físicas, mentales o psíquicas.
La persona ninfómana es excesivamente lujuriosa. Busca alivio
y no lo encuentra.
Son personas enfermas insaciables. Dicen, los médicos psiquiatras,
que las causales físicas que exacerban el deseo sexual irrefrenable
son la fiebre y las anormalidades glandulares. La mujer ninfómana,
como lo fueron en la antigüedad romana Mesalina, esposa del
emperador Claudio, y Agripina, madre de Nerón, «aunque
el impulso sexual sea tan fuerte, propiamente no siente placer en
el acto, porque no queda satisfecha nunca».
Aunque estas son las manías más conocidas, valdría
la pena considerar otra de singular importancia: la calcomanía.
Imitadores de lo bueno. Si hemos de ejecutar una cosa a semejanza
de otra, ¿por qué no somos imitadores de lo bueno?
El apóstol San Juan, en una de sus epístolas, dejó
impreso este consejo: No imites lo malo, sino lo bueno. El
que hace lo bueno es de Dios, pero el que hace lo malo no ha visto
a Dios (3 Jn. 11). Es cierto que nada es perfecto en este
mundo, por eso conviene buscar más bien las virtudes de los
seres humanos que sus vicios y sus manías depresivas. Aun
los personajes que desfilan en las páginas de la Biblia cometieron
errores, pero hay ciertos rasgos característicos que merecen
ser recordados o imitados: Cuando Jesús vivió en este
mundo, dejó la norma propicia para seguir sus pisadas. Jesús
dijo: Sed pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que
está en los cielos es perfecto (Mateo 5: 48).
*Pastor.
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