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Tiempo convertido en tierra

Janet Cienfuegos O.
Escenarios
El Diario de Hoy
janet@elsalvador.com

La edad nos cubre como la llovizna,/interminable y árido es el tiempo,/una pluma de sal toca tu rostro,/una gotera carcomió mi traje: el tiempo no distingue entre mis manos o un vuelo de naranjas en las tuyas: pica con nieve y azadón la vida: la vida tuya que es la vida mía./La vida mía que te di se llena de años,/como el volumen de un racimo./Regresarán las uvas a la tierra./Y aun allá abajo el tiempo sigue siendo,/esperando,/lloviendo sobre el polvo,/ávido de borrar hasta la ausencia” (Pablo Neruda).

El tiempo es una carrera difícil de explicar. Primero corremos, y cuando nos hemos cansado decidimos mirar hacia atrás, no por el tiempo que nos hemos comido, sino por el que nos queda pendiente.

El tiempo se nos va dando en porciones demasiado variables: el dolor nos parece eterno, mientras que la felicidad nos parece poca.
Llega entonces el momento en que se debe parar a pesar lo que se tiene vivido; la balanza, que representa al juez eterno, se cae casi siempre de un lado, casi siempre del que no queremos.
Entonces, volvemos a cargar nuestro costal y continuamos el viaje, esta vez cansados, pensando en la siguiente meta.

Por alimento llevamos ese amor que hemos recogido a través de siglos, ese que nos obliga a sentirnos de alguien y nos da esperanza del encuentro.
No queremos saber cuánto pesa exactamente nuestro saco, porque de igual manera deberemos cargarlo.

Las madres sufren la partida de sus hijos, los amantes la separación; los hombres, la fe que van descargando en cada parada.

La dulzura, por suerte, la llevamos dentro como herencia que nadie nos puede quitar. La ternura la encontramos cada vez que traemos a mente el recuerdo de la persona amada.
La vida puede ser demasiado larga o demasiado corta, raras veces parece justa.
Y mientras recorremos el sendero que nos ha sido asignado, vamos distrayendo la vista con esos personajes que nos aparecen apenas por segundos.

Hallamos de todo: caballeros que hacen de nuestra lucha la suya; malabaristas que dejan caer los aros con el único fin de distraer nuestro viaje...
El que lleva la sabiduría consigo, sabe que no debe detenerse; el confiado se para y pierde en ese evento la mitad de su viaje, los nobles comparten su pan y su alegría.

Al final, como uvas que regresan a la tierra, todos nos encontramos hechos polvo, o cenizas, unos convertidos en esperanzas de quienes les siguen, otros convertidos en abono, de ese que nunca alimenta la tierra. Sin embargo, en ese final tenemos en común el vernos convertidos en tierra...


 

 

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