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Comentando
¿Desaparecieron los símbolos de estatus de los médicos?
Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
En
los tiempos modernos, un hombre con gabacha blanca puede ser un
veterinario, un estudiante de medicina, una fisioterapista, un enfermero,
un estilista...
Todavía por los años 65, los profesionales de la
medicina se distinguían por usar gabacha blanca, larga o
corta, el estetoscopio pendiente del cuello y hablar constantemente
por teléfono. Después de tres décadas, el blanco
evolucionó a todos los colores por imaginar, incluyendo los
tonos pastel, metálico y hasta transparente.
Ahora los estetoscopios los vemos colgar del cuello de terapistas
respiratorios, enfermeras de unidades de cuidados intensivos y enfermeras
auxiliares que se desempeñan en consultorios generales. Los
símbolos de estatus prácticamente desaparecieron,
fuera de algunos pequeños resabios. Por los años 70
y 80, el uso de los teléfonos y radios portátiles
era parte de su indumentaria obligada, pero con el advenimiento
de la telefonía celular, los discípulos de Hipócrates
se volvieron indistinguibles.
El año pasado, en una reunión social por el Día
del Hospital, pude comprobar lo antes dicho. Para empezar, dos jóvenes
vestidos de blanco, bien afeitados y con el cabello muy bien arreglado,
que al principio me parecieron médicos residentes, eran en
realidad técnicos anestesistas. Una señorita con uniforme
verde y zapatos blancos, que confundí con una enfermera especializada
del tipo instrumentista de quirófano, era ayudante de la
Central de Esterilización y Suministros.
Un hombre maduro de pelo entrecano, respetado por todos, que caminaba
con aplomo y peculiar autoridad, por su apariencia supuse era el
director del hospital, pero se me dijo que era el ingeniero jefe
de mantenimiento.
Cuando vi una guapa morena con fina chaqueta blanca, volví
a equivocarme, se trataba de una empleada del Banco de Sangre; finalmente,
un jovenzuelo de barba rala, de por lo menos tres semanas sin afeitar,
con una camisa desabotonada casi al nivel del ombligo, luciendo
cadena de oro y metido en unos jeans desteñidos, que por
cierto no dejaba de hablar por el teléfono celular, supe
después que era el jefe de los médicos residentes
de cirugía.
En los tiempos modernos, un hombre con gabacha blanca puede ser
un veterinario, un estudiante de medicina, una fisioterapista, un
enfermero, un estilista, un peluquero (de los que cada día
se ven menos), un chef de un hotel importante, un repostero, un
vendedor de hot dog, un mecánico automotriz especializado,
un visitador médico, un dependiente de farmacia, un biólogo,
un empleado de una carnicería, un empleado de una pizzería
o un operario de una fábrica de dulces.
Cuando el traje blanco es completo, incluyendo zapatos del mismo
color, puede corresponder a un profesor de danza moderna, un miembro
de una orquesta, un diplomático de algún país
del Caribe, un ministro religioso, un vocalista de un combo, un
bailarín de coreografía o bien un próspero
optometrista.
En un bautizo al que asistí recientemente, los padres del
futuro bautizado, que por cierto eran médicos, vestían
ropa casual. El ministro religioso usaba guayabera verde claro;
un invitado con una barba dispareja con aspecto de convaleciente
de fiebre tifoidea resultó ser el padrino y una jovencita
en jeans, con los ruedos rotos, blusa estrujada y zapatos de trabajador
de la construcción, era hermana de la anfitriona. Según
comentaron, era licenciada en Idiomas, pero trabajaba como secretaria
en una venta de repuestos en la 29a. Calle Poniente.
En otra ocasión, en una recepción posterior a un acto
en la cada vez más utilizada Feria Internacional, un cuarentón
que vestía impecable, con toda la apariencia de un eminente
médico de los años 60, era nada menos que un miembro
de un conjunto musical. Unas acicaladas señoritas que parecían
cajeras de banco, por su uniforme, las identifiqué como empleadas
de un restaurante, cuando comenzaron a distribuir bocadillos y bebidas.
Un personaje con camisa gris y pantalón negro, que cualquiera
hubiera creído que era un pastor de alguna iglesia, era en
realidad un guardaespaldas.
En el Siglo XXI la indumentaria, salvo raras excepciones, dejó
de ser una forma de identificar a los profesionales, por ejemplo,
maestras, secretarias y dependientes de grandes tiendas a veces
visten mejor que arquitectas, licenciadas y abogadas. Inclusive
en los tribunales es común que no se sepa quién es
la abogada y quién la dueña de cafetín que
llega a declarar, hasta que el secretario define la situación.
Tampoco es de utilidad el escuchar cómo hablan las personas
para atar cabos y deducir la profesión de los interlocutores.
En el aeropuerto de Comalapa, un día vi a un señor
bien vestido que se expresaba como un asesor financiero internacional,
pero que, por la gente que lo esperaba, deduje era futbolista. Un
adusto sesentón que hablaba con el acento del cantante español
Julio Iglesias y que hacía profundas reflexiones propias
de un ministro religioso resultó ser entrenador de fútbol
y una agraciada señorita que platicaba con su compañera
de viaje de chiles rellenos y tortas de pitos con gran propiedad,
y que fácilmente hubiera pasado por cocinera del mercadito
de Antiguo Cuscatlán, era una comerciante de ropa traída
de los Estados Unidos.
* Dr. en Medicina.
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