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Apodos
No hay quien se salve

“Ahí viene Chuquillas, apartense”, dicen algunos jóvenes, cada vez que se acerca Jorge Rodríguez, un estudiante de noveno grado, quien se ganó este sobrenombre a la edad de seis años, todo por no bañarse.

Nuria Romero
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

“Chuquillas” gritaban al unísono sus compañeros cuando el pequeño entraba al salón de clases seguido de una fétida emanación, todos se reían a carcajadas mientras Jorge pasaba entre ellos cabizbajo hasta llegar a su asiento.
Ha pasado casi una década de aquellas dolorosas experiencias, hoy a sus 15 años y a pesar de que se baña religiosamente todos los días, todos siempre le dicen este apodo, una marca que teme llevar de por vida.

“Antes no me molestaba mucho, pero ahora sí, sobretodo cuando estoy con una chica, y mis compañeros me gritan “Chuquillas”, me da verguenza”, expresa Jorge.
Como esta historia existen miles, donde mujeres y hombres han quedado etiquetados con un apodo desde su niñez, ya sea por alguna situación curiosa u ocasional vivida a menudo en un salón de clases.

Lo duro de este “bautismo” es que algunas veces los sobrenombres eluden a alguna característica inusual o defecto que tienen las víctimas. Cosa que no deja de causar molestia e incomodidad sobretodo en los más pequeños.
“Al hacerles notar con frecuencia una deficiencia, que en algunas veces no es tan grave, el estudiante aludido empieza a sentirse mal con su cuerpo y consigo mismo, y está siempre a la defensiva o pretende solucionar el problema con actitudes drásticas”, asegura la psicóloga Rosa María Choto, del Instituto Técnico Ricaldone.

Lo gracioso resulta tedioso

Carlos, de 15 años, vivió su propio calvario a raíz de los diferentes sobrenombres, uno en particular, “Nariz de cuma”, le afectó más. “ Yo nunca me había fijado en el hueso de mi nariz que está un poco quebrado, hasta que mis compañeros me empezaron a molestar con este apodo.
Sólo pasaba viéndome frente al espejo y miraba mi nariz un poco deforme. Hubo un tiempo que quería arreglármela con un cuchillo, hasta que me acostumbré a aceptarme tal cual soy”, dice ahora un Carlos sin prejuicios.

Y es que todo mote por bien o mal intencionado que sea puede crear un complejo, dolor o inseguridad a un niño que empieza a desarrollar su personalidad y autoestima, sostiene la psiquiatra infanto-juvenil, Margarita Mendoza-Burgos.
Esta misma inestabilidad puede afectarle en sus estudios, provocándoles bajo rendimiento académico, inadaptación escolar y apatía por ir a la escuela debido a las burlas de sus compañeros, añade la profesional.
Todos estos efectos le suceden al pequeño víctima de apodos, debido a que no siempre el que lo “bautiza” lo hace con buenas intenciones, sino que busca ridiculizarlo, ultrajarlo o rebajarlo, porque en algunos casos se siente inferior a él.

Nadie se salva


Si se da cuenta, a pesar de todo el daño que le puedan causar los apodos a su hijo, éstos se han vuelto el pan de cada día en los salones de clases, debido a la misma tolerancia con la que se han aceptado durante años.
Y es que parece contradictorio, pero en algunos casos esta práctica forma parte del proceso de socialización entre los compañeros de clases, quienes se sienten aceptados dentro del grupo al ser llamados por un sobrenombre, afirma el sociólogo Orlando López, de Fe y Alegría.
“Esto sucede con los pequeños grupos que se hacen en los salones de clases, quienes entre ellos, y a manera de broma, se cambian el nombre por el defecto más visible que presenten”, dice el profesional.

A la larga todo sobrenombre pueden ser un martirio al llevarlo de por vida. Así que, como todo es recíproco, si se siente tentado a poner apodos alguna vez, recuerde la frase: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”.

No a los apodos


Dé el ejemplo en su hogar al llamar a sus hijos por su nombre. Evite los sobrenombres cariñosos como “mi gordita”, “mi princesa”, entre otros, con estos no les damos la debida importancia al nombre, afirman los psicólogos.
-Padres y maestros deben enseñarle al niño que su nombre les da una identidad y respeto hacia su persona.
-Los padres deben ayudar a su hijo a enfrentar los apodos, para ello tiene que trabajar en la autoestima del niño y a aceptarse tal cual es.
-Enseñe a los niños que el poner apodos es una forma de discriminación, por lo que es importante llamar a las personas por su nombre.

 

 

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