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Analizando
La
clase media
La
afirmación marxista de que el ser social determina la conciencia
social se hizo puré de papa con la clase media.
Para el viejo Marx no había medias tintas. Según
su teoría, la sociedad capitalista se dividía en dos
clases sociales antagónicas e irreconciliables: Los burgueses,
dueños de los medios de producción, y los proletarios,
que no poseían otra cosa más que su fuerza de trabajo.
Los proletarios, para sobrevivir, tenían que vender su fuerza
de trabajo a los burgueses, unos señores que suelen ser dibujados
gordos, vestidos de saco de levita, sombrero de copa y bastón,
un habano en la boca y que suelen mantener, siempre cerca, varias
bolsas con dinero.
Los proletarios, por destino histórico, eran los llamados
a destruir al sistema capitalista, hacer una degollina de burgueses
y construir sobre humeantes cenizas el socialismo, una especie de
purgatorio previo al comunismo. Pero la vida resultó mucho
más complicada e impredecible que los engorrosos textos de
Marx y Engels.
Con el fortalecimiento de las democracias y las econo-mías
abiertas, aparecieron de pronto proletarios ganando miles de veces
más que algunos burgueses. Es decir, un profesional que no
es dueño de ningún medio de producción, que
para sobrevivir tiene que vender sus fuerza de trabajo y su conocimiento,
es, de acuerdo con la teoría clásica marxista, un
proletario. Un propietario de un taller de mecánica automotriz,
dueño de su propio medio de producción es, de acuerdo
con la misma teoría, un burgués.
Obviamente, esos profesionales-proletarios suelen tener ingresos
superiores a los de los pobres burgueses dueños de pequeños
negocios, talleres e incluso fábricas. Dudo que estén
interesados en ahorcar a los explotadores y andar por allí
construyendo paraísos socialistas. Algunos marxistas, como
Plejanov, preocupado porque no hallaba dónde demonios acomodar,
en la rígida clasificación marxista, a esa nueva clase
social que no era en realidad ni proletaria ni burguesa, inventaron
el horroroso término de pequeña burguesía.
Los pequebú, como dicen los intelectuales marxistas, no son
lo suficientemente pobres como para ser considerados parte del glorioso
proletariado, ni tienen la suficiente plata como para clasificarles
en el esplendoroso y exclusivo mundo de la oprobiosa burguesía.
El peor de los mundos desde la óptica del marxismo.
Una vez colapsado el campo socialista, rotosa la ideología
marxista y envejecidos sus más caros íconos en el
mundo, el sintagma pequeña burguesía fue
piadosamente desapareciendo. El modesto y nada ampuloso término
clase media, parte del vocabulario capitalista y liberal,
se generalizó.
La verdad es que no es nada fácil determinar si alguien es
o no miembro de la clase media. Empresas dedicadas a realizar estudios
de mercadeo han establecido algunos parámetros: que si tiene
un carro o dos, que si más de tres televisores, ingresos
de tal monto para arriba y para abajo, que si el tipo de colegio
al que van los niños, etc. Pero son parámetros muy
vagos al final. ¿Qué tal si el encuestado tiene todo
eso, pero están a punto de embargarle todo por falta de pago?
Pueda ser que al día siguiente de haber contestado la encuesta
descienda al mundo de los sectores populares.
O puede ocurrir que alguien viva con esos parámetros de clase
media en su casa, pero que en realidad tenga unas cuentas bancarias
en dólares de varios ceros. Hay cada tacaño en este
mundo. Poco a poco, el término clase media ha ido cayendo
más en el campo de la Antropología y la Psicología
que en el de la economía. De manera que lo que determina
si se es o no de la clase media no es el ingreso mensual, el tipo
de automóvil, o si tiene cable o no. Son más bien
patrones de conducta.
La solemne afirmación marxista de que el ser social determina
la conciencia social se hizo puré de papa con la clase media.
Hay clasemedieros de derecha y los hay de izquierda. Aunque tienen
denominadores comunes hay también cosas que los diferencian
de manera notoria.
Al clasemediero de derecha le encantan los relojes Rolex, aunque
no compre el más caro.
Infaltable la pulsera de oro en la mano derecha, es símbolo
de prosperidad. Ir a misa o a culto, a los templos más exclusivos,
no tanto para buscar a Dios, sino para hacer relaciones sociales;
ir al gym no por la salud, sino porque que van a decir;
echarse los tragos de Chivas en algún bar de un hotel de
cinco estrellas; presumir con alguna peliteñida vestida de
negro, endeudarse con las tarjetas de crédito y gritarle
al mundo que es de derecha, aunque el día de las elecciones
se vaya para la playa.
Al clasemediero de izquierda le encanta usar, además del
Rolex, cadenitas y trapitos con algo de contestatario, decir que
es agnóstico, presumir con un libro de Sartre (nunca leído)
bajo el brazo, echarse los tragos en La Luna o una de esas peñas
culturales, ir a los conciertos de Pablo Milanés, matricular
a sus hijos en el Externado; si es mujer, declararse feminista,
y si es hombre, presumir con alguna chica de cabello quebrado y
aires de intelectual; endeudarse con las tarjetas de crédito
y gritarle a todo el mundo que es de izquierda, aunque por nada
del mundo se iría a vivir a Cuba, por ejemplo.
La ya mítica clase media y sus costumbres, ya sea la facción
de derecha que no vota o la de izquierda que habla como revolucionaria
y vive como burguesa, sólo pueden ser posibles en un mundo
de libertad económica.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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