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Analizando
La clase media

Marvin Galeas*
Editoriales
marvingaleas@yahoo.com.mx

La afirmación marxista de que el ser social determina la conciencia social se hizo puré de papa con la clase media.

Para el viejo Marx no había medias tintas. Según su teoría, la sociedad capitalista se dividía en dos clases sociales antagónicas e irreconciliables: Los burgueses, dueños de los medios de producción, y los proletarios, que no poseían otra cosa más que su fuerza de trabajo.

Los proletarios, para sobrevivir, tenían que vender su fuerza de trabajo a los burgueses, unos señores que suelen ser dibujados gordos, vestidos de saco de levita, sombrero de copa y bastón, un habano en la boca y que suelen mantener, siempre cerca, varias bolsas con dinero.

Los proletarios, por destino histórico, eran los llamados a destruir al sistema capitalista, hacer una degollina de burgueses y construir sobre humeantes cenizas el socialismo, una especie de purgatorio previo al comunismo. Pero la vida resultó mucho más complicada e impredecible que los engorrosos textos de Marx y Engels.

Con el fortalecimiento de las democracias y las econo-mías abiertas, aparecieron de pronto proletarios ganando miles de veces más que algunos burgueses. Es decir, un profesional que no es dueño de ningún medio de producción, que para sobrevivir tiene que vender sus fuerza de trabajo y su conocimiento, es, de acuerdo con la teoría clásica marxista, un proletario. Un propietario de un taller de mecánica automotriz, dueño de su propio medio de producción es, de acuerdo con la misma teoría, un burgués.

Obviamente, esos profesionales-proletarios suelen tener ingresos superiores a los de los pobres burgueses dueños de pequeños negocios, talleres e incluso fábricas. Dudo que estén interesados en ahorcar a los explotadores y andar por allí construyendo paraísos socialistas. Algunos marxistas, como Plejanov, preocupado porque no hallaba dónde demonios acomodar, en la rígida clasificación marxista, a esa nueva clase social que no era en realidad ni proletaria ni burguesa, inventaron el horroroso término de “pequeña burguesía”.

Los pequebú, como dicen los intelectuales marxistas, no son lo suficientemente pobres como para ser considerados parte del glorioso proletariado, ni tienen la suficiente plata como para clasificarles en el esplendoroso y exclusivo mundo de la oprobiosa burguesía. El peor de los mundos desde la óptica del marxismo.

Una vez colapsado el campo socialista, rotosa la ideología marxista y envejecidos sus más caros íconos en el mundo, el sintagma “pequeña burguesía” fue piadosamente desapareciendo. El modesto y nada ampuloso término “clase media”, parte del vocabulario capitalista y liberal, se generalizó.

La verdad es que no es nada fácil determinar si alguien es o no miembro de la clase media. Empresas dedicadas a realizar estudios de mercadeo han establecido algunos parámetros: que si tiene un carro o dos, que si más de tres televisores, ingresos de tal monto para arriba y para abajo, que si el tipo de colegio al que van los niños, etc. Pero son parámetros muy vagos al final. ¿Qué tal si el encuestado tiene todo eso, pero están a punto de embargarle todo por falta de pago? Pueda ser que al día siguiente de haber contestado la encuesta descienda al mundo de “los sectores populares”.

O puede ocurrir que alguien viva con esos parámetros de clase media en su casa, pero que en realidad tenga unas cuentas bancarias en dólares de varios ceros. Hay cada tacaño en este mundo. Poco a poco, el término clase media ha ido cayendo más en el campo de la Antropología y la Psicología que en el de la economía. De manera que lo que determina si se es o no de la clase media no es el ingreso mensual, el tipo de automóvil, o si tiene cable o no. Son más bien patrones de conducta.

La solemne afirmación marxista de que el ser social determina la conciencia social se hizo puré de papa con la clase media. Hay clasemedieros de derecha y los hay de izquierda. Aunque tienen denominadores comunes hay también cosas que los diferencian de manera notoria.

Al clasemediero de derecha le encantan los relojes Rolex, aunque no compre el más caro.
Infaltable la pulsera de oro en la mano derecha, es símbolo de prosperidad. Ir a misa o a culto, a los templos más exclusivos, no tanto para buscar a Dios, sino para hacer relaciones sociales; ir al “gym” no por la salud, sino porque que van a decir; echarse los tragos de Chivas en algún bar de un hotel de cinco estrellas; presumir con alguna peliteñida vestida de negro, endeudarse con las tarjetas de crédito y gritarle al mundo que es de derecha, aunque el día de las elecciones se vaya para la playa.

Al clasemediero de izquierda le encanta usar, además del Rolex, cadenitas y trapitos con algo de contestatario, decir que es agnóstico, presumir con un libro de Sartre (nunca leído) bajo el brazo, echarse los tragos en La Luna o una de esas peñas culturales, ir a los conciertos de Pablo Milanés, matricular a sus hijos en el Externado; si es mujer, declararse feminista, y si es hombre, presumir con alguna chica de cabello quebrado y aires de intelectual; endeudarse con las tarjetas de crédito y gritarle a todo el mundo que es de izquierda, aunque por nada del mundo se iría a vivir a Cuba, por ejemplo.

La ya mítica clase media y sus costumbres, ya sea la facción de derecha que no vota o la de izquierda que habla como revolucionaria y vive como burguesa, sólo pueden ser posibles en un mundo de libertad económica.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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