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Lula, en la cueva del dinosaurio

Sergio Muñoz Bata*
Editoriales
sergio.munoz@latimes.com

En Cuba, Lula debe mostrar su estatura de líder continental, expresando con claridad su apego incondicional a la democracia, la libertad de prensa y su respeto a los derechos humanos

Los santones de la izquierda latinoamericana quisieran hacernos creer que Lula y Fidel son los dos lados de la moneda.

No es cierto. Fidel es el último representante de los dinosaurios políticos latinoamericanos, mientras que Lula es, hasta ahora, el ejemplo del nuevo tipo de líder al que aspira la izquierda democrática.

Durante su estancia en Cuba, esta semana, Luiz Inacio Lula da Silva debe terminar de una vez y para siempre con el mito de que son dos almas gemelas.

¿Cómo? Hablando de democracia, de respeto a los derechos humanos, de la necesidad de una prensa libre y de un modelo económico que, aunque imperfecto, bien podría sacar de la miseria al pueblo cubano.
Hablar de todos estos asuntos con claridad meridiana no debería serle difícil a Lula. Hace poco, en esa misma isla, Jimmy Carter lo hizo de manera espectacular. Y Lula tiene muchas más historias que contar en sus recorridos por la isla caribeña.

Para empezar, Lula debería exaltar las virtudes del sistema político que permite la alternancia en el poder. Aprovechando alguna presentación en la televisión nacional, Lula debería platicarle al pueblo cubano cómo tuvo que esperar a la cuarta oportunidad para que finalmente, en 2002, los ciudadanos de Brasil le escogieran, en una elección libre y democrática, para un período presidencial de cuatro años. Algo insólito en Cuba, donde Castro lleva ya 43 años en el poder.

También debería Lula explicarle a los atribulados cubanos, sobre todo al anciano comandante, las razones por las cuales decidió apegarse al modelo de economía de mercado que heredó de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso.

Decirles cómo su esfuerzo le ha valido elogios en Brasil, en Wall Street, y en Washington, con los economistas del Fondo Monetario Internacional.

En los dos días de su visita a la isla, Lula tendrá tiempo de sobra como para informarle a la opinión pública cubana por qué, preocupado por las violaciones a los derechos humanos en su país, decidió aceptar la visita de los investigadores de Naciones Unidas, enviados a investigar dichas atrocidades.

Una plática con los familiares de los disidentes políticos encarcelados por el régimen, por expresar sus opiniones políticas y sobre economía, le sería muy útil para percatarse de la miseria mental y moral de su embajador en Cuba, quien sin pudor se atreve a condenar a quienes quieren que en Cuba existan las mismas libertades que hay en Brasil.

En su breve lapso por el poder, Lula ha logrado articular una política exterior independiente, valiente y visionaria. Se opuso con firmeza a la aventura de George W. Bush en Irak; se ha insertado como mediador en la crisis venezolana; ha ofrecido su país y sus buenos oficios para que se inicien pláticas de paz en Colombia; la capacidad de liderazgo de su gobierno también se hizo evidente durante la reciente reunión de la Organización Mundial de Comercio en Cancún, donde su equipo logró formar un grupo de países en desarrollo, que con firmeza se opuso a las injustificables subvenciones agrícolas de los países desarrollados. Esta semana, Lula abogó por que la transformación de las Naciones Unidas conduzca a aliviar la pobreza y a preservar la paz mundial.

La prudencia de su proceder en los asuntos domésticos y el atrevimiento de sus posturas en política exterior evidencian su propósito de llevar al Brasil a ejercer un liderazgo continental que refleje adecuadamente la estatura y el peso real del gigante del hemisferio sur.

En su recuento de las cualidades que un líder debía poseer, Aristóteles mencionaba tres que consideraba indispensables: El líder, decía el filósofo griego, debe tener ethos, pathos y logos. Ethos es ese carácter moral que le permite persuadir a sus seguidores; pathos es esa habilidad especial que le permite conmoverlos emocionalmente; logos es la capacidad para convencer intelectualmente a la gente de la razón de su causa.

Durante su estancia en La Habana, Lula debe mostrar que tiene el carácter moral, la compasión y la razón para liderar. Pero, sobre todo, debe dejar bien en claro que las coincidencias con Castro fueron arrebatos de una juventud rebelde que fue superada cuando logró la madurez.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.

 

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