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Comentando
Lula,
en la cueva del dinosaurio

En
Cuba, Lula debe mostrar su estatura de líder continental,
expresando con claridad su apego incondicional a la democracia,
la libertad de prensa y su respeto a los derechos humanos
Los santones de la izquierda latinoamericana quisieran hacernos
creer que Lula y Fidel son los dos lados de la moneda.
No es cierto. Fidel es el último representante de los dinosaurios
políticos latinoamericanos, mientras que Lula es, hasta ahora,
el ejemplo del nuevo tipo de líder al que aspira la izquierda
democrática.
Durante su estancia en Cuba, esta semana, Luiz Inacio Lula da Silva
debe terminar de una vez y para siempre con el mito de que son dos
almas gemelas.
¿Cómo? Hablando de democracia, de respeto a los derechos
humanos, de la necesidad de una prensa libre y de un modelo económico
que, aunque imperfecto, bien podría sacar de la miseria al
pueblo cubano.
Hablar de todos estos asuntos con claridad meridiana no debería
serle difícil a Lula. Hace poco, en esa misma isla, Jimmy
Carter lo hizo de manera espectacular. Y Lula tiene muchas más
historias que contar en sus recorridos por la isla caribeña.
Para empezar, Lula debería exaltar las virtudes del sistema
político que permite la alternancia en el poder. Aprovechando
alguna presentación en la televisión nacional, Lula
debería platicarle al pueblo cubano cómo tuvo que
esperar a la cuarta oportunidad para que finalmente, en 2002, los
ciudadanos de Brasil le escogieran, en una elección libre
y democrática, para un período presidencial de cuatro
años. Algo insólito en Cuba, donde Castro lleva ya
43 años en el poder.
También debería Lula explicarle a los atribulados
cubanos, sobre todo al anciano comandante, las razones por las cuales
decidió apegarse al modelo de economía de mercado
que heredó de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso.
Decirles cómo su esfuerzo le ha valido elogios en Brasil,
en Wall Street, y en Washington, con los economistas del Fondo Monetario
Internacional.
En los dos días de su visita a la isla, Lula tendrá
tiempo de sobra como para informarle a la opinión pública
cubana por qué, preocupado por las violaciones a los derechos
humanos en su país, decidió aceptar la visita de los
investigadores de Naciones Unidas, enviados a investigar dichas
atrocidades.
Una plática con los familiares de los disidentes políticos
encarcelados por el régimen, por expresar sus opiniones políticas
y sobre economía, le sería muy útil para percatarse
de la miseria mental y moral de su embajador en Cuba, quien sin
pudor se atreve a condenar a quienes quieren que en Cuba existan
las mismas libertades que hay en Brasil.
En su breve lapso por el poder, Lula ha logrado articular una política
exterior independiente, valiente y visionaria. Se opuso con firmeza
a la aventura de George W. Bush en Irak; se ha insertado como mediador
en la crisis venezolana; ha ofrecido su país y sus buenos
oficios para que se inicien pláticas de paz en Colombia;
la capacidad de liderazgo de su gobierno también se hizo
evidente durante la reciente reunión de la Organización
Mundial de Comercio en Cancún, donde su equipo logró
formar un grupo de países en desarrollo, que con firmeza
se opuso a las injustificables subvenciones agrícolas de
los países desarrollados. Esta semana, Lula abogó
por que la transformación de las Naciones Unidas conduzca
a aliviar la pobreza y a preservar la paz mundial.
La prudencia de su proceder en los asuntos domésticos y el
atrevimiento de sus posturas en política exterior evidencian
su propósito de llevar al Brasil a ejercer un liderazgo continental
que refleje adecuadamente la estatura y el peso real del gigante
del hemisferio sur.
En su recuento de las cualidades que un líder debía
poseer, Aristóteles mencionaba tres que consideraba indispensables:
El líder, decía el filósofo griego, debe tener
ethos, pathos y logos. Ethos es ese carácter moral que le
permite persuadir a sus seguidores; pathos es esa habilidad especial
que le permite conmoverlos emocionalmente; logos es la capacidad
para convencer intelectualmente a la gente de la razón de
su causa.
Durante su estancia en La Habana, Lula debe mostrar que tiene el
carácter moral, la compasión y la razón para
liderar. Pero, sobre todo, debe dejar bien en claro que las coincidencias
con Castro fueron arrebatos de una juventud rebelde que fue superada
cuando logró la madurez.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles
Times.
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