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Fiesta cívica
La Unión

Pedro Roque*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Las bandas que antes se llamaban de “guerra” y hoy de “paz” tocaban dos tipos de música, una para marchar, que los alumnos seguían ordenadamente, y otra para que las muchachas cachiporristas, con sus batutas, hicieran su exhibición con movimientos rítmicos y muy acompasados.

Aprovechando el puente del pasado fin de semana, viajé por el oriente del país y el lunes 15 de septiembre visité La Unión. Desde que entré en la ciudad a las siete de la mañana, me sentí bienvenido por el cielo azul claro, el colorido de las casas y las calles limpias después de la tormenta de la noche anterior.

Di una vuelta por las calles principales, aún con poca gente, y terminé mi recorrido desayunando en el comedor que está junto al embarcadero de las lanchas, que llevan y traen gente y cargas de las islas del Golfo de Fonseca.

Disfrutando del desayuno y el sol de la mañana, observé durante un rato el paisaje del mar con las islas al fondo, sintiendo el olor típico de este atracadero y viendo cómo las lanchas de colores se acercan lentamente y anclan en el pequeño puerto. Observé a la gente que viene de las islas y escuché con atención el bullicio del trasiego de la carga.

Poco antes de las ocho, vi los primeros alumnos uniformados que se dirigían a sus centros, para participar en el desfile que hay en todas las ciudades en este día significativo para los salvadoreños.

En ese momento decidí quedarme en La Unión para ver el desfile del 15 de septiembre y recordarme de cuando yo, de niño y joven durante la primaria y la secundaria, también desfilaba el 15 de septiembre en San Vicente.

Haciendo tiempo hasta la hora del desfile, di una vuelta por el parque y desde ahí observé la iglesia, que para mí entraña un especial recuerdo, pues la primera vez que estuve en La Unión tenía ocho años y acompañaba a mi padre con motivo de la recepción de un trabajo que se realizó en su taller de cerrajería en San Vicente, donde construyeron todos los ventanales y barandas de esta iglesia.

Entré al parque, que ahora es un mercado, y al observar las prendas de vestir en uno de los puestos, el dueño amablemente me las ofreció. Se veían bien acabadas, la tela era brillante e impermeable y los colores eran modernos y bonitos.

Los precios, como siempre, negociables, pues la que me ofreció por diez dólares me la dejó en seis y por la de quince nos pusimos de acuerdo en diez. Al comentarle que las prendas están bien acabadas y los precios eran razonables, el dueño de la venta me dijo que eran de las que vienen de Panamá y que entran por Nicaragua.

Caminando por las calles, pregunté a tres personas por dónde pasaría el desfile y las tres, muy amablemente, me indicaron diferentes calles. Buscando un lugar adecuado, entré al mercado de pescado, donde vi unas buenas piezas de pescado seco.

Al olerlas me las imaginé cocinadas en una cazuela, acompañadas de un buen vino. También oí con atención las conversaciones y negociaciones entre las vendedoras con sus clientes y al salir por el otro lado y a la vuelta de la esquina, encontré un lugar en el andén frente a la Gobernación, donde decidí quedarme para ver cómodamente el desfile, que se suponía empezaría en un momento.

Inició el desfile con las autoridades, luego ve- nían la banda y dos escuadrones del Ejército con su reina y, a continuación, con su uniforme blanco, los de la Marina.

Elegantemente desfilaron todos los alumnos entre las diez y las doce del día, bajo el sol y con el calor de La Unión. Las gotas de sudor corrían por las mejillas de los niños y los muchachos, y por las espaldas de las chicas que con agilidad movían sus batutas. También me gustó ver a las mamás caminando orgullosas a la par de sus hijos, secándoles el sudor o dándoles agua.

Las bandas que antes se llamaban de “guerra” y hoy de “paz” tocaban dos tipos de música, una para marchar, que los alumnos seguían ordenadamente, y otra para que las muchachas cachiporristas, con sus batutas, hicieran su exhibición con movimientos rítmicos, femeninos y muy acompasados.

La verdad es que los desfiles de 15 de septiembre, tal como los organizan hoy, a mí me gustan más, pues, sin perder su estilo castrense, tienen además un aire de fiesta que permite a los alumnos entender mejor la parte alegre de la celebración y considerar el 15 de septiembre, también como una fiesta para celebrar la Independencia.

Las bandas interpretaban marchas militares y, cuando recibían una señal del director, cambiaban al unísono, guiados por los jóvenes que tocan la serie de redoblantes, tambores, timbales y campanas a ritmo de samba, parecidos a los del Carnaval de Río, para que las señoritas cachiporristas realizaran su excelente exhibición.

Los muchachos y muchachas que tocaban los bombos les daban con tantas ganas que consiguieron hacer vibrar las puertas de las casas y la piel de los espectadores. Los uniformes de chaqueta y boina negros que lucían los estudiantes, con el calor de La Unión, a las once y media de la mañana y a pleno sol, hicieron que éstos demostraran su espíritu de sacrificio y valentía.

Si usted no pudo o no quiso estar cerca de los actos del 15 de septiembre, le sugiero que vaya a alguno antes de finalizar el mes y, seguramente, al igual que me ocurrió a mí, volverán a su memoria los días bonitos, soleados o lluviosos de los “quinces de septiembre”, cuando a usted le tocó desfilar junto a sus compañeros. Ojalá que este día haya sido igual de bonito en todos los lugares del país.

*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy

 

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