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Opinando
El beso de las divas o la rentabilidad
del escándalo
Imponerle
a una sociedad que lea un solo periódico, el del partido,
es tan oprobioso como imponerle una religión.
Y de pronto el mundo se alborotó por el beso que Mado- nna
le estampó en la boca a Britney Spears, la llamada princesa
del rock. ¿Habrá sido que Madonna le quiso besar la
mejilla y en un movimiento errado el beso dio en la boca? ¿Será
que estas tipas salieron, como se dice hoy, del closet e hicieron
del dominio público sus tendencias lésbicas? Con lo
primero, dicen los redactores de las revistas del corazón,
no hay duda alguna. Mucho tiempo se estuvieron así de pegaditas,
con lengua y todo. Con lo segundo, qué va, si Britney es
de lo más femenina, hasta novio tiene.
Quién sabe. Ese beso será como dice Geovanni, mi hermano,
tema para poetas. O material para defender o atacar a los gays.
Será caldo de cultivo para encender la imaginación
de tirios y troyanos, polinesios y hondureños. Quién
sabe. De lo que estoy seguro es de que Madonna, desde aquella canción
Material Girl, la de los pujiditos sensuales, ha ganado
una colosal fortuna explotando fantasías ajenas. Cada escándalo
de la peliteñida aumenta notoriamente su capital.
Lo cierto es que la protagonista de los más calientes ví-
deos, del álbum de fotografías llamado Sex; a la hora
de acompañarse y tener hijos, no buscó la inseminación
artificial, ni vive con otra mujer. Todo parece indicar que Madonna
es tan heterosexual como Francisco Pizarro, el conquistador español.
Pero ella sabe que hay que montar un espectáculo, crear el
personaje, vender ilusiones, hacer reír, hacer soñar.
Cantinflas lo hizo en clave cómica; ella, en clave erótica.
Ambos encontraron mercado. Existe esa oferta, porque hay demanda.
¡Y vaya qué demanda!
Me quedo con que el beso de las divas es una operación de
mercadeo. Una calculada puesta en escena. Las tendencias sexuales
salen sobrando. Britney en la intimidad, luego de las luces, las
marquesinas, los chorros de humos de colores en los conciertos,
las escenografías pletóricas de bailarines asexuados,
quizá sueñe con tener un esposo, hijos y envejecer
cuidando nietos. O quizá no. Pero que importa. Ese beso la
puso en titulares de doble página, las imágenes dieron
ya la vuelta al mundo y provocaron la aprobación de algunos
y la condena de otros.
Al final, millones de jóvenes y viejos acudieron a las tiendas
y agotaron discos, afiches y vídeos de esos íconos
fatuos y banales de nuestro tiempo. Los productores y esos avezados
tipos de mercadeo y relaciones públicas se las saben de todas,
todas. Convirtieron al viejo maricón de Rock Hudson en un
macho... un macho de utilería, claro. Los productores y guionistas,
muertos de la risa, nos arrancaron lágrimas, al transformar,
en Ghost, a una lujuriosa Demi Moore en casi un ángel
de ternura. Luego la niña se aparece casi desnuda en Streap
tease, una de las más mediocres películas y,
a la vez, una de las más taquilleras.
Lo sorprendente no es que lo productores, especialistas en mercadeo
y relaciones públicas hagan su agosto con la escala de Maslow.
Lo sorprendente es la polvareda que levantan, a pesar de que el
truco es más viejo que el mítico y siempre citado
Matusalén. No deja de ser una gran paradoja que siendo la
sexualidad un don de Dios, una parte sustancial de la naturaleza
de los seres vivos, un deseo de todas y todos (para estar a tono
con el lenguaje de género), sea siempre un tema de escándalo
y de encendidas polémicas entre castos y libertinos.
A mi juicio, donde se equivocan los defensores del libertinaje es
en creer que el desparpajo en el sexo, como en cualquiera otra actividad
humana, no tiene sus consecuencias. Y con esto del sida, consecuencias
mortales. Y donde se equivocan, creo yo, los castos es confundir
el acto sexual con el robo de un banco. Dios colocó en la
naturaleza humana el deseo, el placer y la fantasía. El deseo
de asaltar bancos no está en la naturaleza humana. La comparación
es totalmente desafortunada.
En lo personal creo en la familia, con esposa e hijos. Deseo que
mis hijas se casen con muchachos, que lleguen vírgenes al
matrimonio y que luego sean fieles a sus parejas y que sus parejas
les correspondan con la misma moneda. Pero no pretendo imponerle
a nadie, menos a garrotazos y amenazas, mis puntos de vista. Tampoco
me gusta que los que piensan de otra manera traten de imponerme
los suyos.
Creo en la libertad del individuo y, sobre todo, en la libertad
de elegir. Esta es la piedra angular donde se fundamenta un sistema
de libertades. ¿Qué gracia tiene la libertad si no
tengo opciones? Imponerle a una sociedad que lea un solo periódico,
el del partido, es tan oprobioso como imponerle una religión,
sea cual sea. El límite de nuestra libertad es el derecho
de los demás. Por lo tanto, lo que dos adultos hagan en la
intimidad, cito a Carlos Alberto Montaner, es muy cosa de ellos.
En todo caso, opinar sobre el tema de la sexualidad es siempre pisar
un terreno muy escabroso. Entre más escabrosa y más
encendida la polémica, el escándalo será el
más rentable de los negocios, como bien lo saben los agentes
de Britney y Madonna.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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