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Tomando la palabra
El arca sagrada

Los
salvadoreños tenemos un espejo al alcance de la mano. Acercándonos
lo suficiente, podemos vernos arrugas que todavía no han
llegado a ser tan profundas y oprobiosas como en otros rostros.
Aunque parezca absurdo, en Nicaragua existe un reo que le disputa
el poder al Presidente de la República. No se trata, claro
está, de un reo cualquiera.
Hasta hace algún tiempo, este prisionero era jefe
directo del que ahora le tiene en la cárcel. Se llama Arnoldo
Alemán, y su influencia dentro del Partido Liberal nicaragüense,
de ser cierta la cuarta parte de delitos que se le imputan, podría
pasar por vergonzante.
Hace algunas semanas estuve en Managua, presentando un libro de
poemas que me ha traído muy hondas satisfacciones. Debo reconocer
que, luego de cuatro meses discutiendo conatos de ley en la Asamblea
Legislativa, cuatro días leyendo poesía en Nicaragua
tuvieron en mi ánimo el efecto de un oasis. La prosaica lengua
de la política, sin embargo, hizo sus inevitables embestidas
durante mi corta estadía. Un par de periodistas, y no pocos
compañeros de oficio, querían saber qué hace
un poeta metido en el Congreso salvadoreño.
Edulcoradas por los versos recién compartidos, mis respuestas
tal vez perdieron el suelo muy pronto. Me expresé a favor
de la ética en la política, de la responsabilidad
que tenemos los servidores públicos con nuestros electores,
de los serios daños que la institucionalidad sufre cuando
los recursos del Estado quedan en manos demasiado largas.
Era lógico que los nicaragüenses recibieran mi optimismo
con el desencanto de quien ya escuchó cien veces lo mismo.
Ellos tienen preso a un ex Presidente que prometía honestidad
con vehemencia, tal como aquel otro ex mandatario, consuetudinario
aspirante al poder, que tuvo entre sus manos el lazo con que subía
y bajaba la piñata del sandinismo.
Los nicaragüenses de hoy, al igual que los salvadoreños
bien nacidos, quisieran que los corruptos cayeran fulminados por
un rayo, cuando se acercaran con malas intenciones a las arcas del
Estado, tal como le sucedía a los que se atrevían
a tocar el Arca de Yahvé en tiempos bíblicos. Ellos
quisieran que los funcionarios que se enriquecen indebidamente fueran
castigados por una ley suprema, para que no olvidaran jamás
que el lugar en que se guardan los recursos públicos es sitio
sagrado.
La corrupción, en efecto, no es un delito que nuestras sociedades
deban tolerar. Gracias a ella se desvía dinero reunido para
propósitos mucho más nobles que el de abultar carteras
de canallas y se pone en grave riesgo la credibilidad de nuestras
instituciones, porque aún sobran anarquistas y socialistas
desvelados que aprovechan las inaceptables faltas de algunos funcionarios
para proclamar y/o promover el fin de las democracias.
Ya Kelsen nos advirtió al respecto: La tendencia a
la claridad es específicamente democrática, y cuando
se afirma a la ligera que en la democracia son más frecuentes
que en la autocracia ciertos inconvenientes políticos, especialmente
las inmoralidades y corrupciones, se emite un juicio demasiado superficial
o malévolo de esta forma política, ya que dichos inconvenientes
se dan lo mismo en la autocracia, con la sola diferencia de que
pasan inadvertidos por imperar en ella principios opuestos a la
publicidad, es decir, a la denuncia, a la libertad de expresión,
a las garantías, por y para la verdad, que brindan los sistemas
liberales.
Los salvadoreños tenemos un espejo al alcance de la mano.
No está empañado. Acercándonos lo suficiente,
podemos vernos arrugas que todavía no han llegado a ser tan
profundas y oprobiosas como en otros rostros, aunque ya delaten
cansancio. Ese espejo se llama Nicaragua.
Los nicaragüenses están empezando a defender lo suyo.
El encierro de un ex mandatario constituye un precedente muy elocuente.
Ahora se lo pensará mejor el funcionario que ingrese a la
política buscando lucro personal, aun cuando crea que Arnoldo
Alemán no pasará mucho tiempo tras las rejas.
Los salvadoreños también debemos iniciar una cruzada
nacional contra la corrupción, venga de donde venga, salpique
a quien salpique. Usted y yo, amigo lector, tenemos derecho a exigir
que el dinero que damos al Estado se convierta en obras de beneficio
público. Usted y yo tenemos derecho a pedir que no se proteja
a quien deshonró su cargo y metió los dedos en nuestros
bolsillos.
Dios ya no castiga a los ladrones despachando un rayo sobre sus
cabezas, pero estoy seguro de que les recordará su inmoralidad
cuando comparezcan ante Él. Mientras tanto, acá abajo
nos compete a nosotros fulminar a los corruptos con leyes severas,
denuncias efectivas y oportunas llamadas de atención. Después
de todo, en un país en vías de desarrollo como el
nuestro, donde todavía muchos no obtienen oportunidades reales
de superarse y las inversiones públicas suelen tener carácter
de urgentes, robar en el arca sagrada del Estado ya no es un simple
delito, sino un verdadero crimen.
*Escritor y diputado.
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