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Tomando la palabra
El arca sagrada

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los salvadoreños tenemos un espejo al alcance de la mano. Acercándonos lo suficiente, podemos vernos arrugas que todavía no han llegado a ser tan profundas y oprobiosas como en otros rostros.

Aunque parezca absurdo, en Nicaragua existe un reo que le disputa el poder al Presidente de la República. No se trata, claro está, de un reo cualquiera.

Hasta hace algún tiempo, este prisionero era jefe directo del que ahora le tiene en la cárcel. Se llama Arnoldo Alemán, y su influencia dentro del Partido Liberal nicaragüense, de ser cierta la cuarta parte de delitos que se le imputan, podría pasar por vergonzante.

Hace algunas semanas estuve en Managua, presentando un libro de poemas que me ha traído muy hondas satisfacciones. Debo reconocer que, luego de cuatro meses discutiendo conatos de ley en la Asamblea Legislativa, cuatro días leyendo poesía en Nicaragua tuvieron en mi ánimo el efecto de un oasis. La prosaica lengua de la política, sin embargo, hizo sus inevitables embestidas durante mi corta estadía. Un par de periodistas, y no pocos compañeros de oficio, querían saber qué hace un poeta metido en el Congreso salvadoreño.

Edulcoradas por los versos recién compartidos, mis respuestas tal vez perdieron el suelo muy pronto. Me expresé a favor de la ética en la política, de la responsabilidad que tenemos los servidores públicos con nuestros electores, de los serios daños que la institucionalidad sufre cuando los recursos del Estado quedan en manos demasiado largas.

Era lógico que los nicaragüenses recibieran mi optimismo con el desencanto de quien ya escuchó cien veces lo mismo. Ellos tienen preso a un ex Presidente que prometía honestidad con vehemencia, tal como aquel otro ex mandatario, consuetudinario aspirante al poder, que tuvo entre sus manos el lazo con que subía y bajaba la piñata del sandinismo.

Los nicaragüenses de hoy, al igual que los salvadoreños bien nacidos, quisieran que los corruptos cayeran fulminados por un rayo, cuando se acercaran con malas intenciones a las arcas del Estado, tal como le sucedía a los que se atrevían a tocar el Arca de Yahvé en tiempos bíblicos. Ellos quisieran que los funcionarios que se enriquecen indebidamente fueran castigados por una ley suprema, para que no olvidaran jamás que el lugar en que se guardan los recursos públicos es sitio sagrado.

La corrupción, en efecto, no es un delito que nuestras sociedades deban tolerar. Gracias a ella se desvía dinero reunido para propósitos mucho más nobles que el de abultar carteras de canallas y se pone en grave riesgo la credibilidad de nuestras instituciones, porque aún sobran anarquistas y socialistas desvelados que aprovechan las inaceptables faltas de algunos funcionarios para proclamar y/o promover el fin de las democracias.

Ya Kelsen nos advirtió al respecto: “La tendencia a la claridad es específicamente democrática, y cuando se afirma a la ligera que en la democracia son más frecuentes que en la autocracia ciertos inconvenientes políticos, especialmente las inmoralidades y corrupciones, se emite un juicio demasiado superficial o malévolo de esta forma política, ya que dichos inconvenientes se dan lo mismo en la autocracia, con la sola diferencia de que pasan inadvertidos por imperar en ella principios opuestos a la publicidad”, es decir, a la denuncia, a la libertad de expresión, a las garantías, por y para la verdad, que brindan los sistemas liberales.

Los salvadoreños tenemos un espejo al alcance de la mano. No está empañado. Acercándonos lo suficiente, podemos vernos arrugas que todavía no han llegado a ser tan profundas y oprobiosas como en otros rostros, aunque ya delaten cansancio. Ese espejo se llama Nicaragua.

Los nicaragüenses están empezando a defender lo suyo. El encierro de un ex mandatario constituye un precedente muy elocuente. Ahora se lo pensará mejor el funcionario que ingrese a la política buscando lucro personal, aun cuando crea que Arnoldo Alemán no pasará mucho tiempo tras las rejas.

Los salvadoreños también debemos iniciar una cruzada nacional contra la corrupción, venga de donde venga, salpique a quien salpique. Usted y yo, amigo lector, tenemos derecho a exigir que el dinero que damos al Estado se convierta en obras de beneficio público. Usted y yo tenemos derecho a pedir que no se proteja a quien deshonró su cargo y metió los dedos en nuestros bolsillos.

Dios ya no castiga a los ladrones despachando un rayo sobre sus cabezas, pero estoy seguro de que les recordará su inmoralidad cuando comparezcan ante Él. Mientras tanto, acá abajo nos compete a nosotros fulminar a los corruptos con leyes severas, denuncias efectivas y oportunas llamadas de atención. Después de todo, en un país en vías de desarrollo como el nuestro, donde todavía muchos no obtienen oportunidades reales de superarse y las inversiones públicas suelen tener carácter de urgentes, robar en el arca sagrada del Estado ya no es un simple delito, sino un verdadero crimen.

*Escritor y diputado.

 

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