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Sentido común
El esbirro

RICARDO RIVAS*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La mirada de la joven terminó de descuadernar a Kourdakov, y le hizo entender que había caído en el error más grande de su vida. Y decidió huir del infierno.

Este librazo narra una historia real. El tipo se llamaba Sergei Kourdakov. Al abuelo de Sergei, Iván, le había desterrado Stalin a la Siberia por no haber querido entregar todos sus bienes a uno de sus emisarios. Iván Kourdakov murió en 1937, destrozado de la espalda y el abdomen. A Nikolai, padre de Sergei, fiel oficial de Stalin, le purgó Krushchev, quien, para consolidar su propio poder, mandó eliminar a los partidarios de Stalin. La madre de Sergei murió a los pocos meses. Tanta purga la mató de tristeza.

Sergei quedó huérfano antes de cumplir los cinco. Vagabundeó y vivió como pudo hasta que el Estado le tomó y le mandó a uno de sus orfanatorios. El 1 de marzo de 1957 cumplió siete y en la escuela le inscribieron en los Octobristas. “A partir de hoy —les dijo la maestra— ya no pertenecéis a vuestros padres, a partir de hoy pertenecéis al Estado comunista”. Los Octobristas ostentaban el honroso título de ser “los nietos de Lenin”.

Tres años después, Kourdakov fue trasladado al orfanato de Verkh-Irmen. Ahí aprendió a sobrevivir de los “tíos” y las “tías” que les formaban y educaban, sobre todo a base de buenas dosis de vitamina P (pryazhka, palabra rusa equivalente a la hebilla del cincho). En más de una ocasión, uno de estos “tíos” molió a hebillazo limpio la anatomía de Sergei.

El tiempo pasó, y Sergei Kourdakov, adoctrinado en la palabra de Lenin y domesticado a pura vitamina P, decidió hacerse militar. Y voló alto. Llegó a ser el jefe de las juventudes comunistas de la zona, con lo que de nieto pasaba a ser “sobrino” de Lenin (después, como miembro del partido comunista, sería ya su “camarada”).

Luego, a finales de septiembre de 1968, se enlistó en la Academia Naval de Petropavlovsk, capital de la provincia de Kamchatka. Aquí, además de ser escogido como jefe de las juventudes comunistas, se le asignó a las órdenes del capitán Nikiforov, para organizar y liderar un nuevo grupo de operaciones policiales secretas, dirigido a desbaratar clandestinamente a los enemigos del Estado.

Así habló al grupo Nikiforov: “Hay unos criminales que representan una amenaza mucho mayor para nuestro país y para nuestro modo de vivir —Kourdakov se figuró que esas abominables bestias eran matones armados y violentos, contrarios al régimen—. Las personas de que hablo parecen inocentes, pero no os engañéis. Propagan sus creencias envenenadas, amenazando la vida de nuestra sociedad; envenenan las mentes de nuestros niños con sus enseñanzas falaces y combaten las doctrinas del leninismo y del marxismo. Se trata de los religiozniki, los creyentes cristianos”.

Desde ese día, Sergei Kourdakov y sus compañeros de tarea se dedicaron a propinar palizas y mandar cristianos al otro mundo. La Biblia y la literatura cristiana manuscrita —samizdat—, junto a las obras de escritores proscritos por el régimen, como la de Alexander Solzhenitsyn, se decomisaban como trofeos de guerra. Entre más crueldad se aplicaba a estos “peligrosos” creyentes, a los que por lo general se les encontraba en “peligrosos” grupos de diez, rezando “peligrosas” oraciones, mejor se quedaba con los supremos jefes. Lo único que le enfurecía a Nikiforov es que el resto de la población se enterara de las carnicerías de sus muchachos.

El tiempo pasó. Luego de unos años de intenso trabajito como cazador de hombres, Kourdakov comenzó a abrir los ojos. Como respuesta a sus puñetazos y apaleadas, jamás había recibido un gesto o una palabra de violencia por parte de sus perseguidos. Una noche, Víctor, uno de los matones que siempre le acompañaba, desfiguraba a puñetazos el rostro de Natasha, una joven creyente. Kourdakov reconoció a la víctima —él mismo le había dado otra paliza unos días antes—. La mirada de la joven terminó de descuadernar a Kourdakov, y le hizo entender que había caído en el error más grande de su vida. Y decidió huir del infierno.

En su libro “El esbirro” (www.edicionespalabra.es - epalsa@edicionespalabra.es), Sergei Kourdakov narra en primera persona su escape de la URSS hacia Canadá. Las últimas palabras de su libro son para aquella joven: “Natasha, en gran parte ha sido gracias a ti como mi vida ha cambiado y soy un creyente en Jesucristo como tú. Tengo una nueva vida por delante. Dios me ha perdonado, espero que tú también me perdones. Gracias, Natasha, donde quiera que estés. ¡Jamás te olvidaré!”.

A los pocos días de terminar su libro, Sergei fue encontrado muerto de un disparo. Dicen que la causa fue accidental. Kourdakov, que durante su estancia en Canadá fue acosado por la KGB, ya había adelantado que, si algo le sucedía, “tendría toda la apariencia de un accidente”. Y cabal.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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