| |

Entre
goteras, cuadernos y lápices
Los
alumnos de parvularia del centro escolar José Matías
Delgado, en Nejapa, San Salvador, tienen tres años
de recibir clases en medio de goteras.
|
|
|
Un grupo de niños de preparatoria
permanecen en el interior de su aula de clases a pesar del
deterioro del salón. Foto: EDH/César
Aviles
|
Recibir clases en las instalaciones del centro escolar José
Matías Delgado es una odisea para los aproximadamente
60 niños de parvularia (entre cinco y seis años de
edad) que acuden en los turnos de la mañana y de la tarde
en la institución.
Infantes de seis años se ven en aprietos cada vez que llueve,
ya que el aula en la que reciben clases tiene el techo dañado.
En algunas zonas, las duralitas están quebradas y en otras
un buen número de estas están rajadas, lo que provoca
que en la época de invierno el aula se convierta en una inmensa
coladera, asegura el profesor José Arami Paniagua, subdirector
de la institución.
Cielo falso, lámparas, pupitres, material didáctico
y sobre todo los niños están expuestos a las inclemencias
del tiempo.
En la actualidad, el daño a la infraestructura es considerable,
ya que desde el año 2000 este problema se ha venido agravando,
ya que lo que antes era una pequeña gota ahora se ha convertido
en un verdadero chorro.
Lo más preocupante es que a veces tenemos que salir
en medio de la tormenta hacia los pasillos o a otra aula, ya que
no podemos que permitir que los niños se mojen. Es un verdadero
calvario cuando llueve, ya que hay que estar apartando a los niños,
los pupitres y todo el material escolar, afirma la profesora
Ivannia Rivas Mineros.
|
|
|
Un alumno de noveno grado retira una silla
plástica del interior de su aula de clases. Foto:
EDH/César Aviles
|
En busca de ayuda
A pesar de que el invierno está en pleno apogeo es lamentable
que nadie se haya interesado en la solución de este problema,
que en ocasiones pone en peligro la integridad física de
los infantes.
En algunas aulas, el cielo falso se encuentra tan deteriorado por
las inclemencias del tiempo que amenaza con derrumbarse.
El problema se agrava cuando llueve en forma constante por la noche,
ya que toda el aula amanece inundada, por lo que la profesora Mineros
debe madrugar un poco más de lo acostumbrado para llegar
a evacuar el agua con una escoba, esponjas y trapeador.
Es una tarea complicada, pero si no la realizamos, cuando
los niños llegan a la escuela encuentran todo mojado y húmedo,
afirma la maestra, quien es la encargada de ambos turnos de parvularia
en la escuela.
En total, en el centro escolar José Matías Delgado
estudia un promedio de 1200 alumnos, pero paradójicamente,
los daños que sufrió por los terremotos del 2001 todos
fueron reparados.
A pesar de que hace varios meses han realizado los trámites
en el Ministerio de Educación para que les solucione el problema
aún no han recibido respuesta, por lo que los maestros, los
padres de familia y el alumnado solicitan al ministro del ramo,
Rolando Marín, para que interponga sus buenos oficios para
encontrarle una solución a su problemática.
|
|
|
Recibir clases en las instalaciones del
centro escolar José Matías Delgado
es una odisea para los aproximadamente 60 niños de
parvularia. Foto: EDH/César Aviles
|
Mientras tanto, los niños de parvularia y su maestra continuarán
siendo vulnerables a las inclemencias del tiempo, enseñando
las primeras letras en medio de goteras y charcos.
En espera de que se agilicen los trámites de reparación
solicitados por las autoridades del centro escolar.
Columna
A un paso de San Salvador
La población de Nejapa (en nahuat, Río de las cenizas),
es una población pipil precolombina.
En 1658 estaba situada en el paraje de San Lorenzo, después
fue destruida por la erupción del cerrito El Playón.
En 1659, los habitantes se trasladaron a Quezaltepeque y después
al sitio que ocupan en la actualidad. Desde 1824 forma parte del
departamento de San Salvador.
En noviembre de 1959 obtuvo el título de ciudad; en la actualidad
es reconocida por turistas nacionales e internacionales por su tradicional
guerra de bolas de fuego. La distancia que la separa de San Salvador
es de unos 20 kilómetros.
|
|