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Entre goteras, cuadernos y lápices

Los alumnos de parvularia del centro escolar “José Matías Delgado”, en Nejapa, San Salvador, tienen tres años de recibir clases en medio de goteras.

Ricardo Guevara
Fotos EDH/Julio César Avilés
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

Un grupo de niños de preparatoria permanecen en el interior de su aula de clases a pesar del deterioro del salón. Foto: EDH/César Aviles

Recibir clases en las instalaciones del centro escolar “José Matías Delgado” es una odisea para los aproximadamente 60 niños de parvularia (entre cinco y seis años de edad) que acuden en los turnos de la mañana y de la tarde en la institución.

Infantes de seis años se ven en aprietos cada vez que llueve, ya que el aula en la que reciben clases tiene el techo dañado.

En algunas zonas, las duralitas están quebradas y en otras un buen número de estas están rajadas, lo que provoca que en la época de invierno el aula se convierta en una inmensa coladera, asegura el profesor José Arami Paniagua, subdirector de la institución.

Cielo falso, lámparas, pupitres, material didáctico y sobre todo los niños están expuestos a las inclemencias del tiempo.

En la actualidad, el daño a la infraestructura es considerable, ya que desde el año 2000 este problema se ha venido agravando, ya que lo que antes era una pequeña gota ahora se ha convertido en un verdadero chorro.

“Lo más preocupante es que a veces tenemos que salir en medio de la tormenta hacia los pasillos o a otra aula, ya que no podemos que permitir que los niños se mojen. Es un verdadero calvario cuando llueve, ya que hay que estar apartando a los niños, los pupitres y todo el material escolar”, afirma la profesora Ivannia Rivas Mineros.

Un alumno de noveno grado retira una silla plástica del interior de su aula de clases. Foto: EDH/César Aviles

En busca de ayuda

A pesar de que el invierno está en pleno apogeo es lamentable que nadie se haya interesado en la solución de este problema, que en ocasiones pone en peligro la integridad física de los infantes.

En algunas aulas, el cielo falso se encuentra tan deteriorado por las inclemencias del tiempo que amenaza con derrumbarse.

El problema se agrava cuando llueve en forma constante por la noche, ya que toda el aula amanece inundada, por lo que la profesora Mineros debe madrugar un poco más de lo acostumbrado para llegar a evacuar el agua con una escoba, esponjas y trapeador.

“Es una tarea complicada, pero si no la realizamos, cuando los niños llegan a la escuela encuentran todo mojado y húmedo”, afirma la maestra, quien es la encargada de ambos turnos de parvularia en la escuela.

En total, en el centro escolar “José Matías Delgado” estudia un promedio de 1200 alumnos, pero paradójicamente, los daños que sufrió por los terremotos del 2001 todos fueron reparados.

A pesar de que hace varios meses han realizado los trámites en el Ministerio de Educación para que les solucione el problema aún no han recibido respuesta, por lo que los maestros, los padres de familia y el alumnado solicitan al ministro del ramo, Rolando Marín, para que interponga sus buenos oficios para encontrarle una solución a su problemática.

Recibir clases en las instalaciones del centro escolar “José Matías Delgado” es una odisea para los aproximadamente 60 niños de parvularia. Foto: EDH/César Aviles

Mientras tanto, los niños de parvularia y su maestra continuarán siendo vulnerables a las inclemencias del tiempo, enseñando las primeras letras en medio de goteras y charcos.

En espera de que se agilicen los trámites de reparación solicitados por las autoridades del centro escolar.
Columna

A un paso de San Salvador


La población de Nejapa (en nahuat, Río de las cenizas), es una población pipil precolombina.

En 1658 estaba situada en el paraje de San Lorenzo, después fue destruida por la erupción del cerrito El Playón.

En 1659, los habitantes se trasladaron a Quezaltepeque y después al sitio que ocupan en la actualidad. Desde 1824 forma parte del departamento de San Salvador.

En noviembre de 1959 obtuvo el título de ciudad; en la actualidad es reconocida por turistas nacionales e internacionales por su tradicional guerra de bolas de fuego. La distancia que la separa de San Salvador es de unos 20 kilómetros.

 

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