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Aniversario
de temor y dolor
En
el segundo año viviendo con el recuerdo, la penetrante inquietud
persiste, una sombra que se va alargando y no se quiere disipar.
Han
pasado otros doce meses desde el 11 de septiembre, y aun así
el antídoto de 365 días más ha dejado a la
mayoría de los neoyorkinos sintiéndose igual de inseguros,
sin estar más convencidos de que el terror no regresará.
La narrativa de ese día es vieja actualmente, pero la ciudad
sigue sintiendo su amplitud. Es como si la población se hubiera
estancado en su marcha hacia la recuperación total de sí
misma.
Un sondeo del New York Times entre 976 adultos de Nueva York, tomado
la semana pasada, pone de manifiesto cuánto daño perdurable
infligieron los atentados del 11 de septiembre del 2001 sobre la
psiquis de la ciudad. Dos tercios de las personas encuestadas dijeron
sentirse en verdad consternadas con respecto a otro ataque en Nueva
York, ligeramente más de los que sentían eso un año
atrás. En sus momentos de rutina, indicaron algunos neoyorkinos,
están pensando y hablando con menor frecuencia acerca del
ataque terrorista en comparación con el año pasado,
pero el texto subyacente de incomodidad es igualmente intenso.
En medición tras medición, la muestra encontró
a los neoyorkinos atrapados en el mismo estado de inquieta normalidad
que sentían tras las consecuencias más inmediatas
(de los atentados). Sigue existiendo una minoría de personas
que evita el subterráneo, que se mantiene alejada de rascacielos,
duermen erráticamente y encuentran nuevo solaz en la religión.
A mucha gente aún se le llenan los ojos de lágrimas
al recordar ese momento.
Un grupo de personas al centro -aproximadamente un tercio de los
encuestados- dijo que sus vidas aún no habían regresado
a la normalidad, ya que siguen luchando con la huella indeleble
que fue grabada sobre ellos. Para varias personas que respondieron
y otros neoyorkinos que fueron entrevistados, las reverberaciones
del 11 de septiembre se han convertido en una desagradable fuerza
continua.
En sus palabras
Flora Muca, de 37 años, quien vive en Brooklyn y lleva la
contabilidad del negocio familiar de plomería, dice que ella
funciona esencialmente bien, pero que el temor no se ha desvanecido.
Con toda honestidad, creo que va a suceder de nuevo,
dijo. Pienso que van a esperar a que la situación se
relaje y todos vuelvan a quedar dormidos.
Su hija de, 14 años, acaba de empezar a tomar el tren subterráneo
por sí sola para ir a la escuela, y eso alarma a Muca. Le
compró un teléfono celular a si hija. Cada vez
que cruzo por un puente, aún siento miedo, reconoció.
¿Un túnel? Eso es peor. Sáquenme de aquí.
Su
hermana se mudó a Texas en fecha reciente, desde Nueva York,
y la familia Muca cree que ellos también la seguirán
en aproximadamente un año.
El mes del 11
Para cualquiera en la ciudad, septiembre ya no llega de la misma
forma. Este mes se ha convertido en una nueva señal. Y no
es meramente el mes cuando los apacibles ritmos del verano se van
apagando y el brumoso calor de agosto se somete al impecable clima
otoñal. Ya no es el mes del Día del Trabajo (1 de
septiembre) y el regreso de autobuses escolares como las conclusiones
ceremoniales de la temporada.
Es el mes del 11 de septiembre.
A medida que se va acercando el aniversario, han ocurrido muchas
cosas que deben ser puestas en orden -dos guerras, la persistencia
de empleos perdidos, un apagón, pagos del automóvil,
muchachos que ingresan a la universidad, todas las confusas exigencias
de la vida- y algo importante no sucedió: un segundo ataque
sobre la ciudad. Así que puede resultar difícil llegar
a desenmarañar las fuerzas precisas que dan forma a esta
disposición.
Muchos neoyorkinos, de hecho, se sienten renovados e intensamente
dedicados a la ciudad. Uno capta pequeños lugares aquí
y allá que lo hacen resurgir, dijo Lisa Petta, de 44
años, supervisora paralegal que vive en Manhattan. Pero,
estoy bien. Es como si hubiera ocurrido hace mucho tiempo.
No obstante, disturbios inexplicables pueden derribar su guardia:
¿Fue un acto de terrorismo? Le ocurrió a Petta durante
el apagón. Ella trabaja en Consolidated Edison y no está
acostumbrada a que las luces de su oficina se apaguen de súbito.
Sin embargo, no paso mi tiempo pensando en el terrorismo,
aseguró. Aún uso el subterráneo. Visito
rascacielos. Me encanta Nueva York. Es mi hogar.
Se sienten vulnerables
En la encuesta, tomada por vía telefónica del 31 de
agosto al 4 de septiembre, se formuló una nueva pregunta:
¿Cuánta gente sentía que los cambios ocasionados
por el 11 de septiembre tendrían un efecto permanente sobre
Nueva York? Casi el 60 por ciento sentía que habría
un impacto duradero, y aproximadamente la misma proporción
sentía que sería negativo que las personas que sentían
que tendría un efecto positivo.
Dos años más tarde, aún existe escasa confianza
en las medidas de seguridad enfocadas a brindar protección
a la infraestructura de la ciudad. Dos años después,
la mayoría de los neoyorkinos siente que la ciudad no está
bien preparada para enfrentar ataques bacteriológicos o químicos
que pudieran contaminar el aire o el agua. A dos años de
los atentados, los neoyorkinos sienten que la ciudad es tan vulnerable
como siempre.
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