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Garra
y pluma
Juana apareció de nuevo en el mapa
La
primera columna que escribí en estas páginas estaba
dedicada a un personaje especial: Juana Pavón en el registro
de nacimientos, Juana La Loca para los admiradores de su poesía
irreverente... o simplemente Juana para nosotros, sus amigos.
Resulta que la Juana se nos había perdido del mapa. Muy
poco sabíamos de ella y las noticias que nos llegaban estaban
cargadas de tristeza. Tenía un cáncer y se iba a someter
a tratamientos en Cuba. Mirá, la Juana está
mal, eran los comentarios que me hacían. Creímos
que se nos iría y, personalmente, lamentaba no poder despedirme
de ella.
Pero no, la Juana sigue viva y más jodarria que nunca. Vino
hace pocas semanas a San Salvador, y aunque estaba más delgada,
con más años encima, con su eterno sopor etílico
y con el pelo cortado al ras, mantenía la alegría
que siempre se le sale por los poros y, además, traía
nuevos chistes.
Cuando me la encontré, en los Tacos de Paco, el abrazo del
reencuentro disipó los temores.
¿Cómo estás mi muchachito? me dijo
con una sonrisa.
Le respondí que bien, trabajando, haciéndome viejo,
y hasta la regañé por perderse de nuestra vista. Y
comenzamos a platicar y a rememorar cosas como la visita que Federico
Hernández y yo le hicimos a Honduras, cuando nos hospedamos
en la casa un pintor amigo de ella a quien no le había contado
sobre nuestra llegada. También recordamos sus famosas anécdotas
como cuando, subida en una estatua ecuestre de Francisco Morazán
(ella en ancas), un guardia le gritaba: Loca, bajate de ahí,
y ella decía: ¡Que no le digan así mi
General!.
Al día siguiente nos encontramos en La Luna y un día
más tarde llegó a donde yo vivo. Me llevó de
regalo una botella de tequila que ya se había comenzado a
tomar.
Esa noche reímos con sus genialidades, nos recitó
un excelente poema y, cuando se marchaba, le di un gran abrazo.
No sabemos si es la última vez que vemos a la Juana
le dije a Federico casi en secreto.
Ella, con su oído de tísica y con una voz inmutable
me dijo: dejá de andar pensando cosas malas, mi muchachito.
Y se marchó, con sus 58 años a cuestas.
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