Turismo
 
Inicio del Sitio Jueves 11 de septiembre
 

 

..NOTICIAS

..SERVICIOS
CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
SUSCRIPCIONES
ESCRIBANOS
CONOZCANOS

..REVISTAS

..OTROS SITIOS
MUJER
DIARIOS:
ORIENTE
OCCIDENTE
GUIA DE OCIO
ELSALVADOR.COM
EN EL MUNDO
 
 

De mis recuerdos
El nombre de mi hija

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo.com.mx

Cuando por fin llegué a la ventanilla. Tomé asiento frente a una señora obviamente cansada de la vida.

La mañana de un lunes de marzo de 1994, me dirigí, resuelto, a la Alcaldía Municipal de San Salvador, a asentar a la tercera y última de mis hijas. Corrían los días de comienzos de la era de paz.

Sabía que me esperaba la cola de siempre, que a lo mejor me iba a faltar un documento, que la persona que me iba a atender no sería precisamente la más amable del mundo. Pero mi hija, con algunas semanas de nacida, no existía legalmente.

Me senté en el último asiento de un autobús. Abrí una novela de Vargas Llosa y me olvidé de todo. De pronto, tres tipejos estaban parados a mi lado: rostros feos, peor mirada, ropa floja, maldad y torcedura en el espíritu: ¡ladrones!

Cerré el libro y pensé en puñales, pistolas, mi cartera, mi reloj. “Hagámoslo aquí”, dijo uno de los tipos. El otro me lanzó una mirada siniestra. Mientras un tercero sacaba un puñal.

Se me enfrió el guarapo. Uno de los ladrones puso el puñal en el cuello de un desprevenido pasajero. Se armó el desparpajo. Me paré y me tiré del bus justo frente a lo que fue el cine Fausto.

Tomé un taxi. Con las huellas del susto en la cara, llegué a la alcaldía. Había varias colas. Busqué la de las inscripciones, la más larga de todas. Cuando por fin llegué a la ventanilla. Tomé asiento frente a una señora obviamente cansada de la vida.

Examinó minuciosamente mis documentos. Casi con perversa alegría me comunicó que el documento del hospital debía ser el original y no una fotocopia. Que volviera otro día. ¡Caracoles! Después de lo que había pasado. Pero ni modo.

Regresé un viernes y fue peor. Después de pasar más de una hora en una lentísima fila, la señora me dijo, otra vez con perversa alegría, que no podía en manera alguna ponerle a mi hija el nombre propuesto. “Es que lo prohíbe la ley del nombre”, dijo la doña con cara de doctora en Derecho Civil. Protesté furioso y exigí ver la ley. En lugar de eso, la señora me mostró un catálogo de nombres de donde podía escoger uno para mi bebita.
Mientras yo protestaba al borde de la furia, ella se limitó, con mucha dignidad, a tenderme un papelito en el que había garabateado: “Vaya a ver al licenciado Ramos en la casilla 10”. El sujeto en mención no había llegado. Una secretaria más aburrida que la anterior me dijo que no sabía a qué horas llegaba su majestad y que mejor volviera al día siguiente, pero que mejor no porque era sábado, día feriado en las alcaldías.

Me fui echando chispas. Los días siguientes, me dediqué a estudiar la ley del nombre y un compendio de Derecho Romano. Me imaginé a mí mismo ante un tribunal, pronunciando un fogoso discurso por el nombre de mi hija.

“Ésta es, señores del jurado, la batalla de la sociedad civil en contra del Estado totalitario, mostrum horrendum. Cómo es posible que, en la era de la Internet y los transbordadores espaciales, un humilde ciudadano salvadoreño no pueda transitar libremente por las calles de San Salvador para nombrar legalmente a su hija por temor a ser asediado por maras, ladrones, secretarias aburridas, funcionarios tardistas...”.

Después de soñar con tribunales de jueces con peluquín, marqué el número de mi abogada y le pedí que me acompañara a la Alcaldía. La licenciada, suave pero enérgica, se presentó ante la asistente del licenciado Ramos como mi abogada y le expuso el problema.

La asistente, oasis en el desierto, nos sonrió de manera amable. Dijo que esperáramos. Su majestad no tardaría en llegar. Insistió, eso sí, en que ÉL era el único facultado para dirimir tan enredado asunto.

Esperamos más de una hora en la cafetería de la Alcaldía. Cuando regresamos al despacho, se nos acercó un muchacho delgado y de cabello engominado que se identificó como el licenciado Alfaro.

Nos comunicó que su majestad le había comisionado con poderes plenipotenciarios para resolver el entuerto. “Usted no puede ponerle el nombre de un mes a su hija”, dijo el representante de su majestad. “Pero ocurre, querido colega —dijo mi abogada—, que Julio es un nombre de mes y también de personas. Domingo es el de un día de la semana y también de personas. ¿Cuál es el problema?”.

“Veámoslo desde el punto de vista de la sonoridad”, respondió Alfaro, “Julio César suena bien, pero el que él propone no combina con nada...” ¡Increíble! “Disculpe, expresó mi abogada, esto no es un problema de onomatopeya, sino de leyes”. Alfaro no se dio por vencido y alegó que la ley era bien clara en prohibir nombres ridículos a los niños, pero que de todas maneras fuéramos donde la señora Tranquilina de Godínez y que le dijéramos que el nombre estaba aceptado.

Tranquilina, la primera secretaria que me atendió, estaba furiosa. Lidiaba con dos propuestas de nombres. Uno era Osterizer Sánchez y el otro, Ray O Vac Juárez. Cuando le comunicamos que mi caso estaba resuelto, la guardiana de la ley del nombre me miró con desprecio y sentenció: “Este país no avanza, porque la ley no vale nada, aquí lo que importa es quién grita más fuerte, ¿cómo quiere que se llame su hija?”.

Mi hija quedó asentada con el nombre de Abril María Galeas Echeverría, la fresca y ya lejana mañana del 16 de marzo de 1994.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal