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De
mis recuerdos
El
nombre de mi hija

Cuando
por fin llegué a la ventanilla. Tomé asiento frente
a una señora obviamente cansada de la vida.
La mañana de un lunes de marzo de 1994, me dirigí,
resuelto, a la Alcaldía Municipal de San Salvador, a asentar
a la tercera y última de mis hijas. Corrían los días
de comienzos de la era de paz.
Sabía que me esperaba la cola de siempre, que a lo mejor
me iba a faltar un documento, que la persona que me iba a atender
no sería precisamente la más amable del mundo. Pero
mi hija, con algunas semanas de nacida, no existía legalmente.
Me senté en el último asiento de un autobús.
Abrí una novela de Vargas Llosa y me olvidé de todo.
De pronto, tres tipejos estaban parados a mi lado: rostros feos,
peor mirada, ropa floja, maldad y torcedura en el espíritu:
¡ladrones!
Cerré el libro y pensé en puñales, pistolas,
mi cartera, mi reloj. Hagámoslo aquí,
dijo uno de los tipos. El otro me lanzó una mirada siniestra.
Mientras un tercero sacaba un puñal.
Se me enfrió el guarapo. Uno de los ladrones puso el puñal
en el cuello de un desprevenido pasajero. Se armó el desparpajo.
Me paré y me tiré del bus justo frente a lo que fue
el cine Fausto.
Tomé un taxi. Con las huellas del susto en la cara, llegué
a la alcaldía. Había varias colas. Busqué la
de las inscripciones, la más larga de todas. Cuando por fin
llegué a la ventanilla. Tomé asiento frente a una
señora obviamente cansada de la vida.
Examinó minuciosamente mis documentos. Casi con perversa
alegría me comunicó que el documento del hospital
debía ser el original y no una fotocopia. Que volviera otro
día. ¡Caracoles! Después de lo que había
pasado. Pero ni modo.
Regresé un viernes y fue peor. Después de pasar más
de una hora en una lentísima fila, la señora me dijo,
otra vez con perversa alegría, que no podía en manera
alguna ponerle a mi hija el nombre propuesto. Es que lo prohíbe
la ley del nombre, dijo la doña con cara de doctora
en Derecho Civil. Protesté furioso y exigí ver la
ley. En lugar de eso, la señora me mostró un catálogo
de nombres de donde podía escoger uno para mi bebita.
Mientras yo protestaba al borde de la furia, ella se limitó,
con mucha dignidad, a tenderme un papelito en el que había
garabateado: Vaya a ver al licenciado Ramos en la casilla
10. El sujeto en mención no había llegado. Una
secretaria más aburrida que la anterior me dijo que no sabía
a qué horas llegaba su majestad y que mejor volviera al día
siguiente, pero que mejor no porque era sábado, día
feriado en las alcaldías.
Me fui echando chispas. Los días siguientes, me dediqué
a estudiar la ley del nombre y un compendio de Derecho Romano. Me
imaginé a mí mismo ante un tribunal, pronunciando
un fogoso discurso por el nombre de mi hija.
Ésta es, señores del jurado, la batalla de la
sociedad civil en contra del Estado totalitario, mostrum horrendum.
Cómo es posible que, en la era de la Internet y los transbordadores
espaciales, un humilde ciudadano salvadoreño no pueda transitar
libremente por las calles de San Salvador para nombrar legalmente
a su hija por temor a ser asediado por maras, ladrones, secretarias
aburridas, funcionarios tardistas....
Después de soñar con tribunales de jueces con peluquín,
marqué el número de mi abogada y le pedí que
me acompañara a la Alcaldía. La licenciada, suave
pero enérgica, se presentó ante la asistente del licenciado
Ramos como mi abogada y le expuso el problema.
La asistente, oasis en el desierto, nos sonrió de manera
amable. Dijo que esperáramos. Su majestad no tardaría
en llegar. Insistió, eso sí, en que ÉL era
el único facultado para dirimir tan enredado asunto.
Esperamos más de una hora en la cafetería de la Alcaldía.
Cuando regresamos al despacho, se nos acercó un muchacho
delgado y de cabello engominado que se identificó como el
licenciado Alfaro.
Nos comunicó que su majestad le había comisionado
con poderes plenipotenciarios para resolver el entuerto. Usted
no puede ponerle el nombre de un mes a su hija, dijo el representante
de su majestad. Pero ocurre, querido colega dijo mi
abogada, que Julio es un nombre de mes y también de
personas. Domingo es el de un día de la semana y también
de personas. ¿Cuál es el problema?.
Veámoslo desde el punto de vista de la sonoridad,
respondió Alfaro, Julio César suena bien, pero
el que él propone no combina con nada... ¡Increíble!
Disculpe, expresó mi abogada, esto no es un problema
de onomatopeya, sino de leyes. Alfaro no se dio por vencido
y alegó que la ley era bien clara en prohibir nombres ridículos
a los niños, pero que de todas maneras fuéramos donde
la señora Tranquilina de Godínez y que le dijéramos
que el nombre estaba aceptado.
Tranquilina, la primera secretaria que me atendió, estaba
furiosa. Lidiaba con dos propuestas de nombres. Uno era Osterizer
Sánchez y el otro, Ray O Vac Juárez. Cuando le comunicamos
que mi caso estaba resuelto, la guardiana de la ley del nombre me
miró con desprecio y sentenció: Este país
no avanza, porque la ley no vale nada, aquí lo que importa
es quién grita más fuerte, ¿cómo quiere
que se llame su hija?.
Mi hija quedó asentada con el nombre de Abril María
Galeas Echeverría, la fresca y ya lejana mañana del
16 de marzo de 1994.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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