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Breve análisis
Por qué EE.UU. debe volver a formar parte del mundo

Joseph S. Nye, Jr.*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los ataques terroristas en Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001 cambiaron profundamente a EE.UU., generando un nuevo centro de gravedad en la política exterior.

La nueva estrategia de seguridad nacional de la administración Bush, lanzada en septiembre de 2002, identifica al terrorismo, los estados canallas y las armas de destrucción masiva como las principales amenazas que enfrenta EE.UU.

La mayoría de la gente está de acuerdo con este nuevo centro de la política exterior estadounidense, pero debate los medios por los cuales se lleva a cabo. ¿Es la amenaza tan grande que EE.UU. debe actuar por sí solo, o debe hacerlo sólo con el apoyo de las instituciones internacionales, incluso si eso hace que la nación pierda libertad de iniciativa? Los sucesos en Iraq ilustran este debate, pero tienen raíces más profundas.

En su campaña electoral de 2000, George W. Bush dijo acerca de EE.UU.: “Si somos una nación arrogante, nos verán de esa manera; pero si somos una nación humilde, nos respetarán”. Tenía razón, pero, por desgracia, muchos de los amigos de EE.UU. vieron que en sus primeros ocho meses, la administración Bush se preocupaba arrogantemente por los estrechos intereses estadounidenses, centrándose en el poderío militar y mostrando desprecio a los tratados, las normas y el multilateralismo. El perentorio anuncio de que el Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático global estaba “muerto” contribuyó a una reacción de otros países que le costó a EE.UU. su asiento en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

Supuestamente, el 11de septiembre cambió todo eso. El Congreso finalmente pagó el dinero que EE.UU. le adeudaba a la ONU, y el Presidente volcó sus esfuerzos a construir una coalición contra el terrorismo. Pero el rápido éxito de la guerra en Afganistán hizo que algunos miembros de la administración y algunos comentaristas concluyeran que el unilateralismo funciona. El columnista Charles Krauthammer, por ejemplo, llama a un “nuevo multilateralismo” en que EE.UU. se rehúse a jugar el papel de “ciudadano internacional dócil” y busque lograr sus propios fines sin inhibiciones.

Los nuevos unilateralistas cometen un error al enfocarse demasiado en el poderío militar en sí mismo. Es verdad que la fuerza militar de EE.UU. (respaldada por un presupuesto equivalente a los siguientes ocho países combinados) es esencial para la estabilidad global, y parte fundamental de la respuesta al terrorismo. Pero la metáfora de la guerra no nos debería poner anteojeras respecto al hecho de que suprimir el terrorismo tomará años de paciente y espectacular cooperación civil con otros países, en áreas como el intercambio de inteligencia, el trabajo policial, el rastreo de flujos financieros y la cooperación entre autoridades aduaneras.

El éxito militar en Afganistán abordó la parte más fácil del problema. Al Qaeda conserva células en cerca de cincuenta países. Más que probar el punto de los unilateralistas, la naturaleza parcial del éxito en Afganistán ilustra la continua necesidad de cooperación. De manera similar, era mucho más fácil ganar la guerra en Iraq que ganar la paz.

El problema de los estadounidenses del Siglo XXI es que hoy, más que nunca, hay temas y fuerzas que se encuentran fuera del control de incluso el Estado más poderoso. Lo que demostraron los ataques del 11 de septiembre es que la revolución de la información y la globalización han cambiado la política mundial de un modo tal que los estadounidenses no pueden lograr todos sus objetivos internacionales actuando solos.

EE.UU. carece de los requisitos internacionales y locales para resolver conflictos que son internos de otras sociedades, y para monitorear y controlar transacciones trasnacionales que amenazan a los estadounidenses en su país. En muchos de los temas clave de hoy, como la estabilidad financiera internacional, el contrabando de drogas, la diseminación de enfermedades o el cambio global climático, el poder militar es ineficaz.

Hay que conceder que el multilateralismo puede ser usado por los estados pequeños para restringir la libertad de acción de EE.UU., pero esto no significa que, en general, no sea en beneficio de los intereses estadounidenses. Al insertar sus políticas en marcos multilaterales, EE.UU. puede hacer que su desproporcionado poder sea más legítimo y aceptable. Ni siquiera los estadounidenses mejor intencionados son inmunes a la famosa advertencia de Lord Acton de que el poder tiende a corromper. La paradoja del poderío estadounidense es que la mayor potencia desde los tiempos de Roma no puede lograr muchos de sus objetivos unilateralmente en una época de información global. EE.UU. debe prestar más atención al poder blando y a la cooperación multilateral. Esta es la real lección del 11 de septiembre.

Copyright: Project Syndicate.
*Decano de la Escuela de Gobierno Kennedy de Harvard.

 

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