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Breve
análisis
Por
qué EE.UU. debe volver a formar parte del mundo
Los
ataques terroristas en Nueva York y Washington el 11 de septiembre
de 2001 cambiaron profundamente a EE.UU., generando un nuevo centro
de gravedad en la política exterior.
La nueva estrategia de seguridad nacional de la administración
Bush, lanzada en septiembre de 2002, identifica al terrorismo, los
estados canallas y las armas de destrucción masiva como las
principales amenazas que enfrenta EE.UU.
La mayoría de la gente está de acuerdo con este nuevo
centro de la política exterior estadounidense, pero debate
los medios por los cuales se lleva a cabo. ¿Es la amenaza
tan grande que EE.UU. debe actuar por sí solo, o debe hacerlo
sólo con el apoyo de las instituciones internacionales, incluso
si eso hace que la nación pierda libertad de iniciativa?
Los sucesos en Iraq ilustran este debate, pero tienen raíces
más profundas.
En su campaña electoral de 2000, George W. Bush dijo acerca
de EE.UU.: Si somos una nación arrogante, nos verán
de esa manera; pero si somos una nación humilde, nos respetarán.
Tenía razón, pero, por desgracia, muchos de los amigos
de EE.UU. vieron que en sus primeros ocho meses, la administración
Bush se preocupaba arrogantemente por los estrechos intereses estadounidenses,
centrándose en el poderío militar y mostrando desprecio
a los tratados, las normas y el multilateralismo. El perentorio
anuncio de que el Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático
global estaba muerto contribuyó a una reacción
de otros países que le costó a EE.UU. su asiento en
la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.
Supuestamente, el 11de septiembre cambió todo eso. El Congreso
finalmente pagó el dinero que EE.UU. le adeudaba a la ONU,
y el Presidente volcó sus esfuerzos a construir una coalición
contra el terrorismo. Pero el rápido éxito de la guerra
en Afganistán hizo que algunos miembros de la administración
y algunos comentaristas concluyeran que el unilateralismo funciona.
El columnista Charles Krauthammer, por ejemplo, llama a un nuevo
multilateralismo en que EE.UU. se rehúse a jugar el
papel de ciudadano internacional dócil y busque
lograr sus propios fines sin inhibiciones.
Los nuevos unilateralistas cometen un error al enfocarse demasiado
en el poderío militar en sí mismo. Es verdad que la
fuerza militar de EE.UU. (respaldada por un presupuesto equivalente
a los siguientes ocho países combinados) es esencial para
la estabilidad global, y parte fundamental de la respuesta al terrorismo.
Pero la metáfora de la guerra no nos debería poner
anteojeras respecto al hecho de que suprimir el terrorismo tomará
años de paciente y espectacular cooperación civil
con otros países, en áreas como el intercambio de
inteligencia, el trabajo policial, el rastreo de flujos financieros
y la cooperación entre autoridades aduaneras.
El éxito militar en Afganistán abordó la parte
más fácil del problema. Al Qaeda conserva células
en cerca de cincuenta países. Más que probar el punto
de los unilateralistas, la naturaleza parcial del éxito en
Afganistán ilustra la continua necesidad de cooperación.
De manera similar, era mucho más fácil ganar la guerra
en Iraq que ganar la paz.
El problema de los estadounidenses del Siglo XXI es que hoy, más
que nunca, hay temas y fuerzas que se encuentran fuera del control
de incluso el Estado más poderoso. Lo que demostraron los
ataques del 11 de septiembre es que la revolución de la información
y la globalización han cambiado la política mundial
de un modo tal que los estadounidenses no pueden lograr todos sus
objetivos internacionales actuando solos.
EE.UU. carece de los requisitos internacionales y locales para resolver
conflictos que son internos de otras sociedades, y para monitorear
y controlar transacciones trasnacionales que amenazan a los estadounidenses
en su país. En muchos de los temas clave de hoy, como la
estabilidad financiera internacional, el contrabando de drogas,
la diseminación de enfermedades o el cambio global climático,
el poder militar es ineficaz.
Hay que conceder que el multilateralismo puede ser usado por los
estados pequeños para restringir la libertad de acción
de EE.UU., pero esto no significa que, en general, no sea en beneficio
de los intereses estadounidenses. Al insertar sus políticas
en marcos multilaterales, EE.UU. puede hacer que su desproporcionado
poder sea más legítimo y aceptable. Ni siquiera los
estadounidenses mejor intencionados son inmunes a la famosa advertencia
de Lord Acton de que el poder tiende a corromper. La paradoja del
poderío estadounidense es que la mayor potencia desde los
tiempos de Roma no puede lograr muchos de sus objetivos unilateralmente
en una época de información global. EE.UU. debe prestar
más atención al poder blando y a la cooperación
multilateral. Esta es la real lección del 11 de septiembre.
Copyright: Project Syndicate.
*Decano de la Escuela de Gobierno
Kennedy de Harvard.
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