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Comentando
Dos
años después

La
conmemoración del 11 de septiembre en Estados Unidos ha disminuido
en su intensidad, mientras que, en el extranjero, la solidaridad
inicial hacia EE.UU. sigue erosionándose.
A tan sólo dos años de distancia, el urgente tono
patriótico de la conmemoración de los trágicos
sucesos del 11 de septiembre ha disminuido en todo el territorio
nacional. Y aunque subsiste el temor de que tarde o temprano sucederá
otro atentado, la mayoría de los estadounidenses no sólo
siente que la seguridad del país se ha incrementado, sino
que aprueba el desempeño del Presidente George W. Bush en
su campaña contra el terrorismo.
Fuera de Estados Unidos, la visión es otra. El interés
por esta fecha histórica, que debería permanecer por
siempre en la memoria colectiva mundial como un crimen de lesa humanidad,
ha decrecido considerablemente.
Parecería como si todo el sentimiento de solidaridad
que de forma espontánea e instantánea sintiera casi
todo el resto del mundo hacia Estados Unidos se hubiera evaporado.
Y la responsabilidad por este deterioro cae dice José
Miguel Vivanco, de la organización Human Rights International
en la administración de Bush por la arrogancia con la que
se ha conducido, por su desprecio a la opinión del resto
del mundo y al derecho internacional. Bush olvidó que hasta
la superpotencia hegemónica necesita amigos.
En más de un sentido, el discurso de Bush, el domingo pasado,
valida las palabras de Vivanco. El Presidente parece seguir pensando
que lo que necesita son súbditos, no aliados. De su discurso
también se desprende que Bush no comparte la visión
optimista de sus conciudadanos respecto a su conducción de
la guerra. Sus palabras fueron casi un mea culpa en el que Bush
admitió, de manera tácita, que fallaron los planes
de su administración para la posguerra en Iraq. Sin decirlo
abiertamente, hizo una relación de los errores y fracasos
de su estrategia de combate al terrorismo.
Atrás quedó el discurso teatral y triunfalista con
el que Bush, disfrazado de piloto de guerra aterrizando en un portaaviones
anclado en San Diego, proclamaba el fin de las hostilidades en Iraq.
Este domingo, el Presidente apeló públicamente al
Congreso para que le autorice el gasto de 87 mil millones de dólares
más para la ocupación de Iraq y Afganistán.
Si el Congreso aprueba el gasto, la guerra habrá consumido
hasta el momento 166 mil millones. Un costo altísimo para
una guerra que pudo haberse evitado.
Otra admisión hecha por el mandatario en su discurso del
domingo es que no basta con los 140,000 soldados estadounidenses
que en la actualidad prestan servicio en Iraq. Hoy, ni en la Casa
Blanca ni en el Pentágono se habla más de la autosuficiencia
americana. Hoy, sin una disculpa de por medio, Bush pide ayuda a
los franceses y alemanes, a quienes no hace mucho sus ayudantes
describían irónicamente como fabricantes de
chocolates. Hoy, Bush manda a sus enviados de regreso al Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas a pedirle a la vieja Europa
que no deje que las diferencias del pasado interfieran con
los deberes del presente.
En los dos años transcurridos desde el atentado terrorista,
el país ha sufrido un retroceso notorio en el campo de los
derechos civiles. Y aunque en términos generales la mayoría
de la población estadounidense acepta las nuevas restricciones
a los derechos civiles y humanos, convencida de que la lucha contra
el terrorismo demanda ciertos sacrificios, otra es la opinión
en ciertas comunidades de inmigrantes y entre ciudadanos de otros
países.
En nombre del combate al terrorismo, el debido proceso y el derecho
a la defensa han sido eliminados para ciertas personas. Hoy, en
Estados Unidos, es posible detener arbitrariamente a un individuo
y retenerlo en prisión por tiempo indefinido.
Los augurios de quienes anunciaban la proliferación de ataques
terroristas similares a los que viven Israel o Colombia no se han
materializado. Pero hoy, el país sigue viviendo en un clima
de incertidumbre. Hay quienes todavía siguen rehusándose
a tomar un avión o a viajar al extranjero. También
hay quien dice que la conmemoración cabal de los sucesos
exige una finalidad que todavía no se alcanza en esta guerra.
Todos sabemos que la guerra empezó hace dos años,
pero que nadie sabe cuándo irá a concluir.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles
Times.
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