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Palabras
Magia de los sueños

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

-Usted, dice, está regido por El Mago en el grande y misterioso libro de la vida. ¿Cree en la magia?
—Sí, definitivamente. El Mago rige a Virgo y sí creo en la magia.
—¿La ha practicado?
—He practicado varias suertes de magia. Amar la magia es amar la vida, porque la vida es magia. Realidad e ilusión. Lo que ocurre es que muchos ya no ven la magia cotidiana, del gran milagro... Que de un huevo surja un ave de bellos o que de una semilla todos los bosques del mundo...
—¿Qué clase de magia ha practicado?
—La magia de las palabras. (Soy escritor). En el principio de la historia las palabras tenían un poder mágico, como lo tienen ahora. Pero entonces las palabras eran consideradas mágicas, porque surtían un efecto sobrenatural en las personas: transmitían sucesos y pensamientos; persuadían, lograban resultados deseados.

—¿Qué otras magias?
—La magia blanca. Es angélica. Nunca la magia negra, pues ésta es destructiva. También practiqué un poco la magia de salón, esa de hacer aparecer cosas del aire o conejos de un sombrero de copa. Lo que se conoce como ilusionismo. Sin embargo, la única magia que elegí para mi vida fue la magia del arte. La que también hace aparecer sueños del aire. Porque amar la magia, es amar el amor, porque el amor es magia, es la magia de los sueños. Es la magia de volar, la magia de anhelos y palabras.


Día a Día

Trescientas escuelas han sido vandalizadas por mareros en lo que va del año, comprobando la terrible realidad que vive nuestra sociedad: que buena parte de los esfuerzos para formar a la juventud se estrellan contra la perniciosa influencia y los actos criminales de las maras. Las bandas persiguen a los estudiantes, les obligan a unirse a ellos, pervierten a jovencitos y jovencitas, destruyen centros de enseñanza y siembran el terror en vecindarios.

Las pandillas juveniles no son un fenómeno salvadoreño, sino mundial, aunque hay sociedades donde prácticamente no existen. Hay mareros en Inglaterra, los “hooligans”; se dan en Alemania con los cabezas rapadas pero son una ocurrencia menor en España. Es en los guetos de las grandes urbes norteamericanas donde la violencia de las pandillas (“gangs”) llega a extremos espantosos. Se dice, a guisa de escalofriante ejemplo, que la primera causa de muerte entre adolescentes negros en Detroit, son las heridas de bala. Y allá como aquí, las disputas por territorio, venta de droga y bandolerismo, genera las guerras entre las pandillas.

 

 

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