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Breve análisis
Abandonar Bagdad

Jeffrey D. Sachs*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los iraquíes exigirán la dignidad de ser gobernados por iraquíes, mientras que los delincuentes y los terroristas se aprovecharán de esos sentimientos por todos los medios necesarios.

El veneno del terrorismo ha irrumpido ahora en la labor humanitaria de las Naciones Unidas con el trágico estallido de un coche-bomba en la sede de su misión en el Iraq. Docenas de personas inocentes murieron, incluido uno de los más consumados forjadores de paz del mundo, Sergio Vieira de Mello.

Como era de esperar, el Presidente George Bush reafirmó su determinación de luchar contra el terrorismo. Otros dirigentes han declarado que las Naciones Unidas no debe abandonar su misión. Sin embargo, el atentado plantea interrogantes políticas que requieren respuestas. En lugar de reforzar su ocupación militar, Estados Unidos debe abandonar Iraq y permitir a las Naciones Unidas que continúe con su misión.

A comienzos del Siglo XX, los imperios podían reprimir a las poblaciones descontentas. Ya no. Hace mucho que las ideologías nacionalista y anticolonialista, apoyadas por una alfabetización y una movilización política en aumento, han vuelto virtualmente imposible el gobierno imperial. Resulta particularmente cierto en el Oriente Medio, donde el anticolonialismo se mezcla con el fundamentalismo religioso. Fue una insensatez por parte de Estados Unidos creer que podía desplegar tropas en el Iraq sin que hubiera un largo período de violencia y derramamiento de sangre.

Los dirigentes estadounidenses creyeron que serían recibidos como libertadores. El Gobierno de Estados Unidos y muchos observadores creen que simplemente con que los Estados Unidos logre hacer funcionar los servicios básicos en Bagdad y, tal vez, atrapar a Sadam Hussein, se calmará la situación. El objetivo parece ser el de instalar un régimen dirigido por amigos del Pentágono, como Ahmed Chalabi. A su vez, se supone que dicho régimen invitará a permanecer más tiempo a las tropas estadounidenses y hará concesiones a la industria petrolera estadounidense.

Pero semejante régimen nunca tendrá legitimidad y estará expuesto a asesinatos, agitación política y ataques terroristas. Al final, derrochará vidas humanas —como las de los valientes y esforzados agentes de las Naciones Unidas—, por no hablar de centenares de miles de millones de dólares. Resulta escandaloso que Estados Unidos esté gastando ahora unos 4.000 millones de dólares al mes con el estacionamiento de sus tropas en Iraq y, al mismo tiempo, el Presidente Bush se esfuerce para que la contribución de Estados Unidos al Fondo Mundial de la Lucha contra el SIDA, la tuberculosis y el paludismo no supere los 200 millones de dólares durante todo un año.

Muchas voces estadounidenses están diciendo ya que, fuera o no acertada la guerra en Iraq, ahora Estados Unidos (y las Naciones Unidas) deben permanecer, preservar el honor nacional y mostrar que no se dejan amilanar por el terrorismo. Esas reacciones ante los ataques terroristas tienen resonancias favorables en la opinión pública estadounidense. A nadie le gusta que le intimiden y ningún estadounidense quiere que las brutales y avasalladoras acciones de quienes ponen coches-bomba les amedrenten o coaccionen.

Sin embargo, la respuesta emocional de plantarse más firmemente no hace sino agravar los errores políticos de la propia guerra. Estados Unidos no está en condiciones de pacificar Bagdad ni de proteger a las Naciones Unidas o a otros que trabajen junto a un ejército de ocupación, ni siquiera a quienes se dediquen a actividades humanitarias. En este caso, el terrorismo no es sólo un acto cobarde, es también un reflejo de la política envenenada que representa la ocupación militar por parte de Estados Unidos. Así, pues, es necesaria una respuesta política.

Malasia, ejemplo logrado de país musulmán moderado y estable, ha planteado la cuestión en sus términos justos. En lugar de defender la labor en verdad heroica de las Naciones Unidas, el Gobierno de Malasia pidió, con razón, que Estados Unidos abandonara Iraq. El ministro de Asuntos Exteriores, Syed Hamid Albar, observó en forma atinada que “la amenaza a la seguridad en Iraq persistirá mientras no se aborde de forma justa e imparcial el profundo resentimiento del pueblo contra la ocupación. Las Naciones Unidas no deben aparecer como participantes en la ocupación”.

Incluso a estas alturas, cuando soldados estadounidenses están muriendo con regularidad y ha habido las muertes en masa del atentado con coche-bomba contra la sede de las Naciones Unidas, Estados Unidos se opone a que las Naciones Unidas tenga mayor autoridad y —más aún— a que unas tropas encabezadas por ellas substituyan a las de Estados Unidos. El Gobierno de Bush sigue con su estrategia.

A comienzos del Siglo XXI, no bastará con brindar simplemente electricidad y agua corriente para ganarse los corazones y las mentes del pueblo iraquí, aun cuando Estados Unidos encuentre los medios para poner en marcha esos servicios públicos. Los iraquíes exigirán la dignidad de ser gobernados por iraquíes, mientras que los delincuentes y los terroristas se aprovecharán de esos sentimientos por todos los medios necesarios.
La invasión por parte de Estados Unidos fue un error grave. Enviar más soldados sólo servirá para agravar el error. Lo que hace falta ahora es la rápida retirada de las fuerzas de Estados Unidos y su sustitución temporal por tropas encabezadas por las Naciones Unidas, que devuelvan el poder al pueblo iraquí.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Economía y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.

 

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