| |

Breve
análisis
Abandonar
Bagdad
Los
iraquíes exigirán la dignidad de ser gobernados por
iraquíes, mientras que los delincuentes y los terroristas
se aprovecharán de esos sentimientos por todos los medios
necesarios.
El veneno del terrorismo ha irrumpido ahora en la labor humanitaria
de las Naciones Unidas con el trágico estallido de un coche-bomba
en la sede de su misión en el Iraq. Docenas de personas inocentes
murieron, incluido uno de los más consumados forjadores de
paz del mundo, Sergio Vieira de Mello.
Como era de esperar, el Presidente George Bush reafirmó su
determinación de luchar contra el terrorismo. Otros dirigentes
han declarado que las Naciones Unidas no debe abandonar su misión.
Sin embargo, el atentado plantea interrogantes políticas
que requieren respuestas. En lugar de reforzar su ocupación
militar, Estados Unidos debe abandonar Iraq y permitir a las Naciones
Unidas que continúe con su misión.
A comienzos del Siglo XX, los imperios podían reprimir a
las poblaciones descontentas. Ya no. Hace mucho que las ideologías
nacionalista y anticolonialista, apoyadas por una alfabetización
y una movilización política en aumento, han vuelto
virtualmente imposible el gobierno imperial. Resulta particularmente
cierto en el Oriente Medio, donde el anticolonialismo se mezcla
con el fundamentalismo religioso. Fue una insensatez por parte de
Estados Unidos creer que podía desplegar tropas en el Iraq
sin que hubiera un largo período de violencia y derramamiento
de sangre.
Los dirigentes estadounidenses creyeron que serían recibidos
como libertadores. El Gobierno de Estados Unidos y muchos observadores
creen que simplemente con que los Estados Unidos logre hacer funcionar
los servicios básicos en Bagdad y, tal vez, atrapar a Sadam
Hussein, se calmará la situación. El objetivo parece
ser el de instalar un régimen dirigido por amigos del Pentágono,
como Ahmed Chalabi. A su vez, se supone que dicho régimen
invitará a permanecer más tiempo a las tropas estadounidenses
y hará concesiones a la industria petrolera estadounidense.
Pero semejante régimen nunca tendrá legitimidad y
estará expuesto a asesinatos, agitación política
y ataques terroristas. Al final, derrochará vidas humanas
como las de los valientes y esforzados agentes de las Naciones
Unidas, por no hablar de centenares de miles de millones de
dólares. Resulta escandaloso que Estados Unidos esté
gastando ahora unos 4.000 millones de dólares al mes con
el estacionamiento de sus tropas en Iraq y, al mismo tiempo, el
Presidente Bush se esfuerce para que la contribución de Estados
Unidos al Fondo Mundial de la Lucha contra el SIDA, la tuberculosis
y el paludismo no supere los 200 millones de dólares durante
todo un año.
Muchas voces estadounidenses están diciendo ya que, fuera
o no acertada la guerra en Iraq, ahora Estados Unidos (y las Naciones
Unidas) deben permanecer, preservar el honor nacional y mostrar
que no se dejan amilanar por el terrorismo. Esas reacciones ante
los ataques terroristas tienen resonancias favorables en la opinión
pública estadounidense. A nadie le gusta que le intimiden
y ningún estadounidense quiere que las brutales y avasalladoras
acciones de quienes ponen coches-bomba les amedrenten o coaccionen.
Sin embargo, la respuesta emocional de plantarse más firmemente
no hace sino agravar los errores políticos de la propia guerra.
Estados Unidos no está en condiciones de pacificar Bagdad
ni de proteger a las Naciones Unidas o a otros que trabajen junto
a un ejército de ocupación, ni siquiera a quienes
se dediquen a actividades humanitarias. En este caso, el terrorismo
no es sólo un acto cobarde, es también un reflejo
de la política envenenada que representa la ocupación
militar por parte de Estados Unidos. Así, pues, es necesaria
una respuesta política.
Malasia, ejemplo logrado de país musulmán moderado
y estable, ha planteado la cuestión en sus términos
justos. En lugar de defender la labor en verdad heroica de las Naciones
Unidas, el Gobierno de Malasia pidió, con razón, que
Estados Unidos abandonara Iraq. El ministro de Asuntos Exteriores,
Syed Hamid Albar, observó en forma atinada que la amenaza
a la seguridad en Iraq persistirá mientras no se aborde de
forma justa e imparcial el profundo resentimiento del pueblo contra
la ocupación. Las Naciones Unidas no deben aparecer como
participantes en la ocupación.
Incluso a estas alturas, cuando soldados estadounidenses están
muriendo con regularidad y ha habido las muertes en masa del atentado
con coche-bomba contra la sede de las Naciones Unidas, Estados Unidos
se opone a que las Naciones Unidas tenga mayor autoridad y más
aún a que unas tropas encabezadas por ellas substituyan
a las de Estados Unidos. El Gobierno de Bush sigue con su estrategia.
A comienzos del Siglo XXI, no bastará con brindar simplemente
electricidad y agua corriente para ganarse los corazones y las mentes
del pueblo iraquí, aun cuando Estados Unidos encuentre los
medios para poner en marcha esos servicios públicos. Los
iraquíes exigirán la dignidad de ser gobernados por
iraquíes, mientras que los delincuentes y los terroristas
se aprovecharán de esos sentimientos por todos los medios
necesarios.
La invasión por parte de Estados Unidos fue un error grave.
Enviar más soldados sólo servirá para agravar
el error. Lo que hace falta ahora es la rápida retirada de
las fuerzas de Estados Unidos y su sustitución temporal por
tropas encabezadas por las Naciones Unidas, que devuelvan el poder
al pueblo iraquí.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Economía y director
del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia.
|
|