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Palabras
Los “escuchas del mar”


Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Estos hombres llamados “escuchas del mar”, según las leyendas druidas, se iban a la orilla del mar para “escuchar” el futuro. Estos adivinos lograban entender los rumores del océano y predecir las tormentas o días de bonanza que vendrían.

Los modernos “escuchas” del universo son en la actualidad los astrónomos, encargados de detectar, mediante sofisticadas antenas y radares, toda señal que provenga del éter infinito, ya sea en onda de radio o en pulsaciones de estrellas lejanas. Aseguran escuchar cosas desconcertantes, o recibir extraños alfabetos de incomprensible significado, como lo fueron los códices mayas.

En fin, siempre la humanidad ha querido escuchar y predecir el futuro como los distantes druidas, magos del mar, de las tormentas...

Pero en vez de escuchar lejanas estrellas, los hombres debieran escucharse a sí mismos, para llegar a un entendimiento de evolución, de amor inteligente.

Tratando el hombre moderno de escuchar las estrellas, deja de escuchar su propio corazón.
Un pueblo no sólo habla con la voz, porque ésta puede no ser escuchada y, en el peor de los casos, amordazada. La gente habla con su trabajo, con su dolor, con su alegría, con su dieta y costumbres y, especialmente, con su fe en el porvenir.


Día a Día

Los que ahora se rasgan las vestiduras en favor de los delincuentes juveniles, no vacilaron durante la guerra, en reclutar niños de hasta diez años para mandarlos a combatir. Las pobres criaturas, secuestradas en cantones y caseríos, eran las avanzadas de las bandas; los niños servían de blancos móviles para que los guerrilleros descubrieran las posiciones del Ejército. La mayoría de esos niños quedó allí, mientras los que sobrevivieron son ahora fervientes militantes comunistas.

Perverso favor se hace a niños y jóvenes en este país, al cubrirlos de un manto de cuasi impunidad.

Comencemos con una tremenda realidad: que las principales víctimas de los delincuentes juveniles, son niños y jóvenes que estudian y llevan vidas encajadas en la decencia. Ningún vecino de barriada ignora que los jovencitos son aterrorizados por los menores delincuentes, que los presionan, amenazan y llegan a matar cuando no se unen a sus bandas. Conocemos sobrados casos de familiares que han tenido que mandar hijos e hijas a vivir a otras partes para salvarlos.

 

 

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