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Tema para meditar
Diferencias que nos dividen sobre el Espíritu Santo

Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Antes de poder enviar al Espíritu Santo, que es el Consolador, Jesús tenía que dirigirse: Primero, a la muerte en la cruz; después, a la resurrección; luego, a su ascensión al cielo. Sólo entonces podía enviar al Espíritu Santo el día de Pentecostés.

Somos agudamente conscientes de que el tema del bautismo con el Espíritu Santo ha sido entendido de distintas maneras por algunos de nuestros hermanos creyentes.

No debemos eludir la responsabilidad de dejar claramente sentadas las diferencias específicas de opinión. Pero al mismo tiempo tenemos que hacer todo lo posible para un mutuo entendimiento, orar los unos por los otros, y estas dispuestos a aprender de los demás mientras escudriñamos para saber lo que nos enseña la Biblia.

Las diferencias de opinión en este tema son algo similares a las diferencias de opinión que existen en cuanto al bautismo en agua y al gobierno de la iglesia. Algunos bautizan a los párvulos; otros, no. Unos bautizan por aspersión o rociamiento; otros, únicamente por inmersión.

Algunos gobiernan sus iglesias con una política congregacional; otros se rigen por una democracia representativa, o sea, presbiteriana, y otros más, por la forma episcopal. Estas diferencias de ninguna manera debieran ser divisivas. Podemos sostener una maravillosa comunión cristiana, en especial en el área de evangelismo, con quienes mantienen distintos puntos de vista.

Pero, por otro lado, a nuestro juicio, la cuestión relativa al bautismo con el Espíritu Santo a menudo reviste mayor importancia que estos otros temas, en especial cuando se distorsiona la doctrina del bautismo con el Espíritu. Así, por ejemplo, ciertos cristianos sostienen que el bautismo del Espíritu ocurre sólo en algún momento subsiguiente a la conversión. Otros afirman que este último tipo de bautismo con el Espíritu es necesario, antes, que una persona pueda ser plenamente utilizada por Dios.

Y otros más aseguran que el bautismo con el Espíritu se acompaña, en todos los casos, con la señal exterior de un don en particular, y que a menos que esté presente esta señal, la persona no ha sido bautizada con el Espíritu. En lo personal, admito que a veces he deseado creer en esta enseñanza distintiva. He querido disfrutar de esa “experiencia”. Pero queremos que toda experiencia cuente con bases bíblicas.

La verdad bíblica, nos parece a nosotros, es de que en el momento de la conversión somos bautizados por el Espíritu e incorporados al cuerpo de Cristo.
Este es el único bautismo en el Espíritu. En este momento podemos y debiéramos ser llenados con el Espíritu Santo, y luego vueltos a llenar, y aun llenados a plenitud. Tal como se ha dicho a menudo: “Un bautismo, pero muchas interpretaciones”.

No vemos, a través de las Escrituras, que este llenado constituye un segundo bautismo, ni tampoco vemos que el hablar en lenguas acompañe necesariamente al hecho de ser llenados con el Espíritu. Lo que algunos denominan bautismo del Espíritu realmente es lo que la Escritura define como llenado del Espíritu, que puede ocurrir muchas veces en nuestras vidas luego de la conversión.

Digamos, de paso, que hay sólo siete pasajes en el Nuevo Testamento que hablan directamente del bautismo con el Espíritu. Cinco de estos siete pasajes se refieren al bautismo con el Espíritu como un acontecimiento futuro; cuatro fueron mencionados por Juan el Bautista (Mateo 3:11; Marcos 1: 7-8; Lucas 3:16 y Juan 1:33) y una vez fue mencionado por Jesús después de su resurrección (Hechos 1:4,5). Un sexto pasaje mira hacia atrás a los sucesos experimentados en el día de Pentecostés (Hechos 11:15-17). Sólo un pasaje —1 Corintios 12:13— habla de una ampliada experiencia para todos los creyentes.

A lo largo de nuestro ministerio hemos conocido muchos cristianos que agonizaron, porfiaron, lucharon y oraron para “obtener el Espíritu”. Solíamos preguntarnos si no estábamos en un error al pensar que cuando nos convertimos fuimos bautizados por el Espíritu e incorporados al cuerpo de Cristo y, por lo tanto, no necesitábamos de otro bautismo. Pero mientras más estudiamos las Escrituras, más nos persuadimos de que estamos en lo cierto. Isaías profetizó: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53.6).

Pablo dijo: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 corintios 5.21). Esto hizo que el Santo Jesús representara el pecado para toda la humanidad. Resulta nítidamente claro que Jesús no dijo que su muerte en la cruz significaría la cesación de su ministerio. La noche previa a su muerte Jesús repetidamente anunció a sus discípulos que enviaría al Espíritu Santo. Esa noche anterior al día de su muerte, dijo a sus discípulos: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros, mas si me fuere, os lo enviaré” (San Juan 16:7).

Antes de poder enviar al Espíritu Santo, que es el Consolador, Jesús tenía que dirigirse: Primero, a la muerte en la cruz; después, a la resurrección; luego, a su ascensión al cielo. Sólo entonces podía enviar al Espíritu Santo el día de Pentecostés. Con posterioridad a su muerte y resurrección, les ordenó que permanecieran en Jerusalén y esperaran el don del Espíritu.

*Pastor.

 

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