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EE.UU.
sigue en la oscuridad
Nunca
prestamos atención a las advertencias. Cuando el suministro
de electricidad falló el 14 de agosto pasado, estaba leyendo
un informe comisionado por el Consejo de Relaciones Exteriores,
el cual encontró que incluso actualmente -a dos años
de los trágicos atentados del 11 de septiembre del 2001-
Estados Unidos sigue "careciendo peligrosamente de preparación"
para enfrentar otro catastrófico ataque terrorista.
El
apagón que interrumpió mi lectura demostró,
una vez más, cuán repentinamente nos pueden arrancar
de nuestras rutinas cotidianas y lanzarnos hacia una emergencia
generalizada. Bajé caminando los 10 pisos desde mi oficina
en el edificio del Times y me dirigí hacia Times Square,
donde multitudes de personas asombradas y desorientadas, aterradas
por los pensamientos del terrorismo, estaban tratando de conducirse
por un ambiente que había sido transformado en un instante.
Era como si cada persona llevara consigo un teléfono celular
y ninguno de ellos estuviera funcionando. Eso suscitó alarma
entre muchos. Los teléfonos celulares han surgido como las
líneas vitales del siglo XXI, el artefacto por excelencia
para las emergencias. Es el único aparato que supuestamente
debe trabajar cuando todo lo demás se está desmoronando.
Para entonces ya existían informes en circulación
(ciertos, resultó posteriormente) de que el apagón
se extendía hasta Canadá y hasta Ohio, su alcance
más al poniente. Una mujer le preguntó a un reportero
si creía que todo el país estaba bajo ataque. El reportero
respondió negativamente, diciendo que pensaba que sólo
era un apagón, como los de 1965 y 1977. Quizás uno
más grande.
La noche traería consigo un nuevo conocimiento del profundo
silencio y las sombras titilantes, al igual que de la comodidad
de escuchar el béisbol en una radio operada con baterías.
Sin embargo, también estuvo presente el perturbador sentido
(fomentado en las largas, húmedas y oscuras horas de la noche)
de que buena parte de nuestra confianza está fuera de sitio,
de que en instancia tras instancia la gente que está a cargo
de aspectos cruciales de nuestra sociedad es incompetente o irresponsable,
o ambas, y de que las vidas estadounidenses están bajo un
riesgo mucho mayor del que deberían a causa de eso.
Apagón anunciado
Nunca debió haber ocurrido el enorme apagón en cascada.
Sabíamos que la red de electricidad estaba en condiciones
lamentables, y las experiencias de 1965 y 1977 aún estaban
en nuestra memoria colectiva. Los expertos nos dijeron una y otra
vez que deberíamos esperar una interrupción de esa
índole. Hace dos años, un funcionario perteneciente
al Consejo Norteamericano de Confiabilidad Eléctrica dijo:
"El interrogante no es si sucederá o no, sino cuándo
ocurrirá el siguiente gran desperfecto en la red".
Ignoramos las advertencias, lo cual siempre hacemos con ellas, y
pagamos un precio terrible. Ahora, nos quedamos preguntándonos
qué podría ocurrir si los terroristas unen su locura
con nuestras vulnerabilidades en el suministro de energía
eléctrica.
El informe que estaba leyendo cuando la energía falló
fue emitido hace menos de dos meses y se titula "Respuestas
a Emergencias: Drásticamente Escasas de Fondos, Peligrosamente
No Preparadas".
El informe reconocía que se ha logrado cierto progreso en
contra del terrorismo a través del Departamento de Seguridad
Territorial y otras instituciones en los niveles federal, estatal
y local. No obstante, decía: "Estados Unidos no ha alcanzado
un nivel suficiente de preparación en escala nacional ante
emergencias y sigue careciendo peligrosamente de preparación
para manejar un ataque catastrófico sobre territorio estadounidense,
particularmente uno que involucre agentes químicos, bacteriológicos,
radiológicos o nucleares, o la coordinación de medios
convencionales de alto impacto".
Otra
advertencia
La fuerza de tarea que llevó a cabo el estudio estuvo encabezada
por el senador Warren Rudman, republicano por Nueva Hampshire, quien,
junto al ex senador Gary Hart, demócrata de Colorado, escribió
dos importantes estudios previos que destacaron el deplorable estado
de nuestras defensas en contra de ataques terroristas en gran escala.
Su primer estudio fue emitido antes de la catástrofe del
11 de septiembre. Pronosticaba un ataque letal, diciendo, "Ciudadanos
de Estados Unidos probablemente morirán en suelo estadounidense,
posiblemente en grandes números".
Su segundo estudio fue dado a conocer el año pasado, y acusaba
a la Casa Blanca y el Congreso estadounidense de no haber logrado
emprender las costosas y extensas medidas que se necesitan para
defendernos de otro ataque catastrófico, lo cual según
sus palabras casi seguramente ocurriría.
Ahora tenemos incluso otra advertencia. Si llegara a ocurrir un
ataque, asentaba el informe, los denominados primeros faros de respuesta
-departamentos de policía y bomberos, personal de emergencias
médicas, funcionarios de obras públicas y manejo de
emergencias- no estarían preparados para responder eficazmente.
Asimismo, una de las razones radica en que no gastaremos el dinero
ni invertiremos el esfuerzo que se necesitan para capacitarlos y
pertrecharlos de forma adecuada.
Después del siguiente ataque tendremos otro estudio para
evauar qué salió mal. Y tampoco le prestaremos atención
a ese estudio.
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