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Andamios
Los salvadoreños que van a chotiar a la USA (I)
El
Aeropuerto Internacional de El Salvador,en Comalapa, no sólo
es un lugar de encuentros, desuniones y despedidas definitivas.
Ese es un gran espejo de nuestra cultura, de los valores y de las
costumbres que nos identifican como salvadoreños.
A diario, se atestiguan historias tan jocosas como la siguiente:
La fila de pasajeros que iban a chequearse para volar hacia la ciudad
de Dallas, Estados Unidos, era tan grande, que bien parecía
una anaconda retorcida en los pantanos del purgatorio.
Una de las primeras en registrarse fue una señora muy humilde,
quien se había acomodado el pelo con una peineta. Sobre su
hombro, llevaba una pequeña toalla amarilla, por aquello
de la traicionera tos.
Cuando le tocó su turno, levantó con esfuerzo un maletín
negro, grande, y lo colocó sobre la mesa que le indicaron.
El empleado de la popular compañía aérea le
dijo que iba a revisar el contenido del maletín y procedió.
De repente, el rostro del joven trabajador se desencajó.
Entre los vestidos y fustanes de la viajera, encontró un
hacha, con todo y mango, recién afilada. ¡Jesús
bendito!
El hombre, muy asustado, imaginándose la carnicería
que podría ocurrir adentro del avión, le advirtió
a la señora: Usted no puede llevarla, está prohibido.
La anciana lejos de entender la gravedad de lo sucedido, se sintió
muy ofendida.
¡Ah no -contestó-, a yo me ha costado pisto lacha.
La verdad, yo ni viajar quiero, y si no va lacha, yo tampoco.
El empleado le explicó que por más que quisieran,
no era permitido.
Y ella insistió: A pues no, regrésenme la bolsa
(una atarraya que ya había sido registrada), porque me gua
a regresar.
A punto de perder la cordura, el hombre se comprometió con
ella y le aseguró que cuando regresará de su viaje
por el norte, él se le devolvería, intacta.
La anciana volvió a ver a la personas que tenía a
su alrededor, como para pedirles opinión. Y todos le dijeron
que sí, que todo iba a estar bien. La respuesta colectiva
no fue tanto por apoyarla, sino por el cansancio de la larga espera.
Mire señora - preguntó el empleado con curiosidad
cuando ya todo estaba resuelto- y para qué quería
llevar esa hacha.
- Es que viera, allá a mijo como le cuesta cortar los
palos, por eso le llevo lacha, para que haga su pante de leña,
el pobrecito.
La fila avanzó, pero se volvió a enredar. El de atrás
llevaba una caja repleta con tamales de carne. Pero este es otro
cuento.
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