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Sentido común
La madre de las batallas

Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Frente a esta estrategia que en otras partes del mundo ha tenido ya efectos devastadores, lo peor que podemos hacer el resto de la sociedad es caer en la trampa del silencio.

El tema de la homosexualidad toma aire y espacio en los medios de comunicación. El asunto no es casualidad. Los homosexuales libran la madre de sus batallas: la batalla de la opinión pública. Esta columna intenta aportar argumentos que protejan la institución de la familia y de ninguna manera discriminar o atacar a los homosexuales, quienes, como personas, merecen respeto. Lógicamente, este respeto no implica ni supone la valoración positiva de todos sus actos.

He leído un documento escrito por Michael Medved, estadounidense, judío, crítico de cine y televisión, en donde muestra el abecedario de la estrategia homosexual para ganar la batalla de la opinión pública. El asunto no es invento de Medved. Lo que él detalla a continuación apareció publicado en 1984, en una revista especializada para gays. Los autores son dos dirigentes norteamericanos del movimiento homosexual en ese país, Marshall K. Kirk y Erastes Pill. La estrategia se centra en tres puntos básicos. Primero, insensibilizar y normalizar sobre el tema. Segundo, insistir en victimizar a los gays. Y tercero, satanizar a los defensores de la familia.

Por cuestiones de espacio, resumo sólo párrafos del contenido de este documento. Escriben Kirk y Pill: “Lo primero es insensibilizar al público con respecto a los gays, para que vean a la homosexualidad con indiferencia, y no ya con apasionamiento. Casi cualquier comportamiento empieza a parecer normal si se satura al público. El modo de ablandar la sensibilidad espontánea hacia la homosexualidad es que haya mucha gente que hable mucho sobre el tema en términos normales o favorables. Que se hable del tema continuamente da la impresión de que la opinión pública está dividida. Lo principal es hablar del tema hasta que llegue a resultar tremendamente aburrido”. Es decir, hasta que la gente lo vea natural.

Luego, los estrategas homosexuales prosiguen: “Dónde hablamos tiene su importancia. Los medios audiovisuales, el cine y la TV, son claramente los más poderosos creadores de imagen en la civilización occidental. El hogar medio norteamericano consume siete horas diarias de TV. Esto abre un portón en el mundo privado de los heterosexuales, por el que se puede introducir un caballo de Troya. Poco a poco, se han ido introduciendo personajes y temas gays en los programas de TV y en las películas —recordemos que esto se escribió en 1984—.

En lo segundo, en lo de victimizar a los homosexuales, los estrategas comienzan diciendo: “Podemos minar la autoridad moral de las iglesias homófobas, presentándolas como retrógradas y anticuadas, desfasadas con los tiempos y los últimos descubrimientos de la psicología. Frente al enorme empuje de la religión institucional, hay que oponer el poder de atracción, aún mayor, de la ciencia y la opinión pública. Semejante no-santa alianza ha demostrado ser buena arma contra las iglesias en temas como el divorcio o el aborto”. Después aterrizan: “En toda campaña para ganarse al público, los gays deben aparecer como víctimas necesitadas de amparo. Si se les presenta como un grupo fuerte y orgulloso, que promueve un estilo de vida rígidamente inconformista y desviado, entonces será más fácil que sean vistos como una amenaza pública”.

Y finalmente está el punto de satanizar al oponente. Dicen textualmente: “En una fase posterior de la campaña, habrá que arremeter contra los que todavía se opongan. Hablando claro, hay que vilipendiarlos. Hemos de procurar cambiar su arrogancia en sentimiento de vergüenza y de culpa por ser homófobos”. Esa misma presión hace que muy pocos escriban sobre las cosas que hoy escribimos. La andanada de insultos por parte de estas personas es siempre segura.

Frente a esta estrategia que en otras partes del mundo ha tenido ya efectos devastadores, lo peor que podemos hacer el resto de la sociedad es caer en la trampa del silencio; tampoco en la de satanizar a estas personas. Medved sugiere que más que ser anti algo, hemos de luchar desde todas las trincheras para fomentar y fortalecer la vida familiar, el matrimonio y la unión monógama entre el hombre y la mujer —hoy día, a quien se oprime y se victimiza de verdad es a la familia—. Esto no sólo neutralizará conductas anormales como la homosexualidad, sino ayudará a combatir el mayor cáncer que corroe a la institución familiar: la infidelidad matrimonial, el divorcio, las mujeres abandonadas, la violencia intrafamiliar, todas conductas que provienen de una cultura hedonista y poco solidaria como en la que hoy vivimos.

Con respecto a la homosexualidad, el autor del documento termina diciendo: “¿Podemos ganar en esta controversia? Podemos, más aún: debemos. Por el bien de nuestra fe, por el bien de nuestras familias y por el bien de nuestra civilización. Y, sobre todo, por nuestros hijos y nietos, y por su futuro”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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